1º: La Luna Roja sobre Somiedo
En el año de Nuestro Señor de 941, cuando el reino de León se extendía como una espada mellada entre las montañas del norte y las llanuras amenazadas por los ejércitos del califa, las brañas altas de Somiedo permanecían como un mundo olvidado por los reyes y bendecido por los antiguos dioses. Allí, donde los tejos centenarios extendían sus ramas como dedos negros hacia el cielo, y la niebla se enroscaba en los valles como el aliento de los espíritus, se alzaba la torre de Gundemaro, señor de aquellas tierras salvajes.
Era una fortaleza austera, construida con troncos de roble y bloques de granito extraídos de las propias peñas, coronada por un techo de pizarra que repiqueteaba bajo la lluvia como huesos de muertos. Desde sus almenas se dominaban pastos verdes en verano y blancos en invierno, ríos que corrían helados y brañas donde los vaqueiros trashumantes movían sus rebaños con la lentitud de los siglos.
Aquella noche de otoño, la luna se alzó plena y roja, teñida de sangre por los humos lejanos de algún incendio en las tierras bajas. Los pastores la miraron con temor y murmuraron que era presagio de grandes cambios: nacimientos, muertes o guerras.
En la cámara más alta de la torre, doña Aldara yacía sobre un lecho de pieles de oso y lanas teñidas. Su vientre, hinchado por el primer fruto de su matrimonio, se contraía con dolores que parecían arrancarle el alma. Era una mujer de belleza fría y distante, llegada de linajes más sureños, con cabellos del color del oro pálido y una piel tan blanca que parecía no haber conocido nunca el sol directo de los valles. Sus ojos, de un azul glacial, reflejaban la luz de las lámparas de sebo como lagos congelados.
A su lado, la comadrona Moriana trabajaba con manos expertas, curtidas por cientos de partos entre mujeres de braña y de torre. A sus pies, Xovita, la curandera de los antiguos caminos, mascaba hojas de tejo y verbena, susurrando palabras en la lengua que hablaban los astures antes de que llegaran los obispos con sus cruces.
Don Gundemaro aguardaba en la sala contigua, paseando cojeando sobre el suelo de madera. Había perdido un ojo en las guerras contra los moros y llevaba un parche de cuero negro que le daba aspecto de lobo viejo. Su rostro, surcado por cicatrices, mostraba la tensión de quien desea un hijo varón con la misma fuerza con que desea la victoria en batalla.
Cuando el grito final de doña Aldara se quebró en un sollozo agotado, Moriana levantó a la criatura recién nacida, envuelta en sangre y líquidos calientes.
—Es hembra, mi señora —dijo con voz temblorosa.
Pero al lavarla con agua de manantial recogida en un cuenco de madera de tejo, sus dedos se detuvieron entre las piernas de la niña. Allí, junto a la hendidura femenina, se alzaba un miembro pequeño pero perfectamente formado, como un brote que ya prometía fuerza y rectitud. Los testículos eran apenas perceptibles bajo la piel tierna y rosada.
Moriana retrocedió un paso, haciendo la señal de la cruz y luego el gesto antiguo contra el mal de ojo.
—Dioses del cielo y de la tierra… —murmuró—. Esta niña lleva en sí la marca de los tiempos antiguos.
Xovita se acercó, olió el aire como un animal y asintió lentamente.
—No es demonio ni maldición —dijo en voz baja—. Es la señal de las guardianas. Las que nacían con ambos sexos para hablar con los espíritus de los tejos y guiar a su gente. Fuerza doble en un solo cuerpo.
Doña Aldara, exhausta pero consciente, extendió los brazos temblorosos.
—Traédmela.
Moriana dudó, pero obedeció. Cuando la criatura descansó sobre el pecho de su madre, Aldara la miró largamente. Sus dedos pálidos rozaron el miembro diminuto con una ternura que no admitía miedo.
—Es perfecta —susurró, y una lágrima rodó por su mejilla—. Más perfecta que cualquier varón que pudiera haber deseado mi señor.
Don Gundemaro irrumpió entonces en la cámara, apoyado en su lanza como bastón. El parche negro ocultaba su cuenca vacía, pero el ojo sano brilló con impaciencia.
—¿Varón? —preguntó con voz de trueno contenido.
Moriana bajó la cabeza.
—Hembra, mi señor. Sana y fuerte.
Gundemaro se acercó. Tomó a la niña de los brazos de su esposa con brusquedad contenida. La miró. Vio lo que las mujeres habían visto. Su rostro se endureció, pero no había solo rabia en él: había también un temor reverencial, como el que sentía ante los tejos sagrados que nunca osaba talar.
—La llamaremos Luna —dijo al fin, con voz que resonó en las vigas de roble—. Porque nació bajo esa luna roja que todo lo ve y todo lo guarda. Y nadie, ¿me oís bien?, nadie hablará jamás de lo que hay entre sus piernas. Quien lo haga perderá la lengua, y luego la vida.
Aquella misma noche, bajo la misma luna roja que teñía de sangre los picos de Somiedo, en una braña humilde a pocas leguas de la torre, otra mujer daba a luz.
La cabaña era pequeña y cálida, de paredes de adobe y techo de colmo, con el suelo de tierra apisonada cubierto de pieles de oveja. Olía a humo de encina, a leche cuajada y a hierbas secas colgadas de las vigas. Briguala yacía sobre un jergón de lana, sudorosa y fuerte, con su esposo Antón a su lado sosteniéndole la mano callosa.
Antón era un vaqueiro de los buenos: alto, de espaldas anchas, con la piel curtida por el sol y el viento de los puertos altos. Vivía, y vivía bien, cuidando sus vacas y sus ovejas, libre como los hombres de aquellas brañas que no debían tributo más que al señor cuando pasaba a cobrar.
El parto fue limpio y rápido, como correspondía a una mujer acostumbrada al trabajo duro. Cuando la criatura lloró por primera vez, Antón soltó una carcajada de alegría que resonó hasta las vigas.
—Otra hija —dijo Briguala, agotada pero sonriente—. Y hermosa como la luna que brilla fuera.
La niña era perfecta: cabellos rubios como la miel de brezo, piel tan clara y fina que parecía traslúcida a la luz del fuego, y unos ojos que, cuando los abrió, mostraban el mismo azul pálido que los de la niña nacida en la torre.
Antón la tomó en sus brazos con una ternura que solo mostraba en la intimidad de su cabaña.
—La llamaremos Avelina —dijo, besando la frente de su hija—. Como mi madre, que en paz descanse. Y crecerá fuerte como su padre y hermosa como su madre.
Briguala asintió, acariciando la mejilla de la recién nacida.
—Mira cómo brilla su piel bajo la luz del fuego —susurró—. Parece hija de la misma luna que la de arriba.
Y así, en una sola noche, bajo la misma luna roja que parecía sangrar sobre las montañas de Somiedo, nacieron dos niñas destinadas a encontrarse. Una en la altura fría de la torre, marcada por un secreto antiguo; la otra en la calidez humilde de la braña, libre y sin saberlo aún unida por hilos invisibles.
La luna las miró a ambas, y guardó silencio.
2º: Las Niñas de la Niebla
Los años pasaron sobre Somiedo como la niebla que sube de los ríos al amanecer: lenta, silenciosa, envolviéndolo todo sin que nadie notara el cambio hasta que ya era tarde. La torre de Gundemaro seguía en pie, más oscura cada invierno, con sus muros de roble ennegrecidos por la lluvia y el humo. Los tejos del entorno crecían despacio, como guardianes pacientes, y los lobos aullaban más cerca cuando la nieve cubría las brañas.
Luna creció en la altura de la torre, lejos de las miradas de los hombres del señorío. Su mundo eran las cámaras altas, con ventanas estrechas que dejaban entrar la luz fría del norte y el olor a resina de los bosques. Doña Aldara había muerto, y con ella se fue la única ternura que Luna conoció en sus primeros años. Gundemaro, endurecido por la pérdida y por sus heridas antiguas, la criaba con mano firme: le enseñaba a leer las pocas letras que sabía, a manejar el arco corto de las mujeres de montaña, a montar los ponies resistentes de las brañas. Pero nunca la dejaba bajar sola al patio ni mezclarse con los hijos de los siervos.
—Eres mi heredera —le repetía con voz grave, mirándola con ese ojo sano que parecía perforar la carne—. Pero el mundo no está hecho para lo que tú llevas dentro.
Luna aprendió pronto a ocultar su cuerpo. Bajo las túnicas de lana gruesa y los jubones de cuero, su secreto crecía con ella. A los nueve inviernos ya no era un brote: era un miembro fuerte, venoso, que se alzaba con la misma rebeldía que sentía en el pecho cuando miraba por las ventanas y veía los valles lejanos cubiertos de niebla. Por las noches, sola en su lecho de pieles, lo tocaba con curiosidad y luego con rabia, preguntándose por qué los dioses antiguos y el nuevo la habían hecho así.
Los criados hablaban en susurros. La comadrona Moriana había muerto años atrás, pero Xovita, la curandera, aún vivía en una cabaña apartada y visitaba la torre de vez en cuando. Traía hierbas para las fiebres de Gundemaro y, en secreto, para Luna: infusiones que calmaban los dolores del crecimiento y las calenturas que venían con la luna nueva.
—No temas lo que eres —le dijo una vez Xovita, cuando Luna tenía 7 inviernos y ya lloraba en silencio por las noches—. En los tiempos antiguos, las que nacían como tú eran sagradas. Guardianas de los tejos. Nadie las tocaba sin permiso, y ellas elegían a quien querían.
Luna escuchaba, pero no entendía del todo. Solo sabía que estaba sola.
En la braña baja, Avelina crecía libre como el viento que bajaba de los puertos. Su cabaña era cálida en invierno y fresca en verano, llena del olor a leche cuajada, a queso curándose en las vigas y a la lana que su madre cardaba junto al fuego. Antón, su padre, era un hombre fuerte y risueño: regresaba de los pastos altos con historias de osos y de tormentas, cargando a Avelina sobre los hombros cuando ella era pequeña y enseñándole luego a manejar el cayado y a conocer las hierbas buenas de las venenosas.
Briguala, su madre, cantaba mientras trabajaba: canciones antiguas en lengua vaqueira que hablaban de amores entre pastores y espíritus de los ríos. Avelina aprendió pronto a ordeñar, a hacer queso, a tejer la lana con dibujos de tejos y lunas. Su cabello rubio crecía largo y brillante, y su piel seguía siendo tan clara que las otras niñas de la braña la llamaban “la hija de la niebla”.
A los nueve inviernos, Avelina ya era alta y delgada, con los mismos ojos azul pálido que Luna, aunque nadie lo sabía. Corría descalza por los pastos, trepaba a los tejos más bajos y soñaba con ver mundo más allá de las montañas que cerraban su valle.
Una primavera, cuando la nieve aún cubría los puertos altos, Gundemaro cayó enfermo de fiebre. Las heridas antiguas se abrieron de nuevo, y la podredumbre subió por su pierna coja. Los curanderos cristianos rezaban en latín; Xovita traía cataplasmas de musgo y corteza de tejo. Pero el señor empeoraba.
En su delirio, Gundemaro llamó a su hombre de confianza, un guerrero llamado Bermudo.
—Cuando muera —dijo con voz ronca—, Luna será la señora. Pero es mujer… y lo otro. Necesita una compañera. Alguien de su edad, que no hable, que no tema. Buscad en las brañas. Rubia como ella, de piel clara. Que parezca de su sangre. Que crezcan juntas como hermanas.
Bermudo asintió. Sabía el secreto; había estado en la cámara del nacimiento.
Días después, cuando Gundemaro aún luchaba contra la muerte, Bermudo cabalgó hasta la braña baja. Vio a Avelina junto al río, lavando lana con su madre. La niña levantó la vista: era hermosa, alta para su edad, con el cabello suelto al viento y los ojos del color del cielo de invierno.
—Tu hija nos servirá —dijo Bermudo a Antón y Briguala—. El señor Gundemaro la quiere como doncella de compañía para su hija Luna. Tendrá comida, ropa, techo. Y un día, cuando sea mayor, dote para casarse.
Antón frunció el ceño. No era siervo; los vaqueiros eran hombres libres. Pero la torre era poderosa, y negarse podía traer problemas.
—¿Qué dice la niña? —preguntó al final.
Avelina miró a sus padres. Sentía curiosidad y miedo a partes iguales. La torre era un lugar de cuentos: alto, oscuro, lleno de misterios.
—Quiero ir —dijo con voz firme—. Pero vendré a veros cuando pueda.
Briguala lloró en silencio. Antón asintió, orgulloso de la valentía de su hija.
Así, una mañana de niebla espesa, Avelina subió a la torre envuelta en una manta nueva de lana teñida. Llevaba en el hatillo sus pocas pertenencias: un peine de madera, una cinta que su madre le había tejido y un trozo de queso curado.
La llevaron por escaleras de roble crujiente hasta la cámara alta. Allí, junto a una ventana estrecha que daba al bosque de tejos, estaba Luna.
Tenía nueve inviernos, como ella. Era alta, delgada, con el cabello rubio recogido en una trenza sencilla y los ojos del mismo azul pálido. Vestía una túnica de lana fina, bordada con hilos de plata que parecían lunas crecientes.
Avelina se arrodilló, como le habían enseñado.
—Mi señora —dijo con voz temblorosa.
Luna la miró largo rato en silencio. Luego, con una voz suave pero clara, respondió:
—No me llames señora. Aquí arriba, solo somos Luna y Avelina.
Avelina levantó la vista. Por primera vez vio a la niña que, sin saberlo aún, sería su destino entero.
Fuera, la niebla se levantaba lentamente, descubriendo los tejos centenarios que parecían inclinar sus ramas como si saludaran a las dos niñas que, al fin, se habían encontrado.
3º: El Secreto Revelado en el Agua
El tiempo en la torre de Gundemaro transcurría con la lentitud de la nieve que se acumula sobre los tejos: capa tras capa, sin que nadie notara el peso hasta que ya era imposible moverlo. Las niñas, ya no tan niñas, habían cumplido trece inviernos. Sus cuerpos se estiraban como ramas jóvenes, sus voces se profundizaban ligeramente, y en sus ojos azul pálido brillaba una curiosidad que el encierro no había logrado apagar.
En la cámara alta habían instalado un gran barreño de roble, forrado de lino, que los criados llenaban cada quince días con agua caliente traída de la cocina en calderos humeantes. Era uno de los pocos lujos que Gundemaro permitía a su hija: bañarse en privado, lejos de las miradas de los hombres y mujeres de la torre. Hasta entonces, Luna siempre se había bañado sola, o con la ayuda distante de Xovita cuando las calenturas del crecimiento la aquejaban. Pero desde que Avelina llegó, las cosas habían empezado a cambiar poco a poco.
Aquella tarde de finales de primavera, el aire entraba tibio por la ventana entreabierta, trayendo olor a brezo en flor y a tierra mojada. Los relámpagos de una tormenta lejana parpadeaban en el horizonte, y el trueno lejano parecía un gruñido de los espíritus antiguos.
Avelina había preparado el baño con esmero: vertió en el agua un puñado de hierbas que Xovita le había enseñado —romero para la fuerza, lavanda para la calma— y dispuso junto al barreño una tela de lino limpia y un peine de madera de tejo. Luna, sentada en el borde del lecho, observaba en silencio. Llevaba una túnica larga de lana fina que le llegaba hasta los tobillos, y el cabello suelto caía como una cascada pálida sobre sus hombros.
—Ven —dijo Avelina con voz suave, como si hablara a un potro asustado—. El agua está en su punto. Te ayudará con el calor que dices que te quema por dentro estos días.
Luna dudó. Nunca había permitido que nadie la viera desnuda desde que tenía uso de razón. Ni siquiera Xovita en los últimos años. Pero Avelina era diferente. Avelina era de su misma edad, de su misma sangre clara, de su mismo silencio. Avelina no juzgaba.
Al fin, Luna se puso en pie. Se desató el cordón de la túnica con dedos temblorosos y dejó que la prenda cayera al suelo de madera. Se quedó de espaldas al barreño, como si aún pudiera esconderse.
Avelina no dijo nada al principio. Ayudó a Luna a entrar en el agua caliente, sosteniéndola por el brazo. El vapor subía en espirales, envolviendo sus cuerpos en una niebla íntima. Luna se sentó con las rodillas recogidas contra el pecho, el agua cubriéndola hasta los hombros, el cabello flotando como hilos de plata.
Avelina se arrodilló junto al barreño. Tomó un paño de lino, lo mojó y empezó a lavar la espalda de Luna con movimientos lentos, casi reverenciales. La piel de Luna era tan pálida que parecía traslúcida bajo el agua, y cada vértebra se marcaba como perlas bajo la superficie.
—Respira hondo —susurró Avelina—. Deja que el calor te quite la tensión.
Luna obedeció. Poco a poco, sus rodillas se separaron. El agua se movió, y entonces Avelina lo vio.
Entre las piernas de Luna, medio oculto por el agua turbia de hierbas, se alzaba su miembro: ya no era el brote pequeño de la infancia, sino una presencia fuerte, venosa, endurecida por el calor del baño y por algo más profundo que Luna no sabía nombrar. Era hermoso a su manera salvaje, como una rama de tejo joven que se niega a doblarse.
Avelina no retrocedió. Sus manos se detuvieron un instante, pero no por horror. Por asombro.
Luna se tensó. Intentó cerrar las piernas de nuevo, el rostro enrojecido no solo por el vapor.
—No mires —dijo con voz quebrada—. Por favor… no mires.
Avelina dejó el paño a un lado. Con infinita suavidad, tomó la mano de Luna entre las suyas.
—No voy a apartar la vista —dijo con voz firme, aunque temblaba ligeramente—. Porque no hay nada que esconder de mí.
Luna alzó los ojos. En ellos había miedo, vergüenza, rabia contenida durante años.
—Es… lo que soy —susurró—. Desde que nací. Mi padre lo sabe. Xovita lo sabe. Me dijo que es la marca de las guardianas antiguas, las que llevaban dos naturalezas en una sola carne. Pero el mundo lo llamaría monstruosidad. Por eso estoy aquí arriba. Por eso nunca bajo. Por eso un día tendré que casarme… y entonces todo se sabrá.
Avelina no soltó su mano. Con la otra, muy despacio, rozó el agua cerca del muslo de Luna, sin tocar aún el miembro.
—No es monstruosidad —dijo Avelina—. Es fuerza. Es belleza. Es… tú.
Y entonces, con una valentía que nacía de lo más hondo de su alma vaqueira, Avelina tomó agua en la palma y la vertió suavemente sobre el miembro endurecido, lavándolo como si fuera la parte más sagrada del cuerpo de Luna. Luna jadeó, un sonido mitad sorpresa, mitad alivio.
Avelina continuó, con movimientos lentos y devotos, hasta que el agua quedó limpia y el cuerpo de Luna relajado por primera vez en años.
Cuando terminó el baño, ayudó a Luna a salir y la envolvió en la tela de lino grande. Las dos se sentaron en el lecho, aún húmedas, envueltas en la misma tela como si fueran una sola.
Avelina tomó las manos de Luna entre las suyas y las apretó con fuerza.
—Juro por los tejos antiguos que nunca mueren —dijo con voz solemne, como si pronunciara las palabras ante los espíritus de la montaña—. Juro por la luna que nos vio nacer la misma noche. Juro por la sangre que corre por mis venas y por la que corre por las tuyas. Nunca diré a nadie lo que he visto hoy. Ni a mi padre Antón, ni a mi madre Briguala, ni a los hombres de la torre, ni al mismo rey de León si algún día lo viera. Este secreto es nuestro. Tuyo y mío. Y morirá conmigo si es preciso.
Luna la miró, los ojos llenos de lágrimas que al fin caían sin vergüenza.
—¿Por qué? —susurró—. ¿Por qué juras esto por mí?
Avelina sonrió, una sonrisa pequeña pero llena de fuego.
—Porque desde que llegué aquí, tú eres mi mundo. Porque tu fuerza es mi fuerza. Porque lo que el mundo llama monstruosidad, yo lo llamo sagrado.
Y entonces, sin más palabras, Avelina se inclinó y besó la frente de Luna, luego sus mejillas húmedas, y por último sus labios: un beso tímido, inocente aún, pero cargado de la promesa de todo lo que vendría después.
Fuera, la tormenta se acercaba. Los truenos retumbaban más cerca, y la luna, oculta tras las nubes, parecía aprobar en silencio el juramento que acababa de sellarse en la cámara alta.
Desde aquella tarde, el baño se convirtió en ritual compartido. Y el secreto, en lugar de separarlas, las unió con una fuerza que ni Gundemaro, ni los condes vecinos, ni el mismísimo tiempo podrían romper.
4º: La Primera Sangre y el Primer Fuego
El verano que cumplieron quince inviernos fue el más largo y abrasador que las montañas de Somiedo habían conocido en generaciones. Los ríos corrían delgados como venas secas, las vacas se apiñaban bajo la sombra escasa de los tejos, y el aire mismo parecía pesar sobre la torre, denso y cargado de aromas a resina caliente, brezo en flor y tierra removida por los rebaños.
En la cámara alta, el calor se hacía insoportable al mediodía. Las ventanas estrechas dejaban entrar apenas un hilo de brisa, y las muchachas pasaban las horas más cálidas semidesnudas, con túnicas de lino fino abiertas hasta la cintura, abanicándose con ramas de avellano. Sus cuerpos habían cambiado en los últimos meses: pechos pequeños pero redondos que se alzaban firmes bajo la tela, caderas que empezaban a ensancharse, piernas largas y musculosas de tanto subir y bajar las escaleras de roble. Ya no eran niñas. Eran mujeres en ciernes, y sus cuerpos lo sabían antes que sus mentes.
Gundemaro, recuperado de su gran fiebre pero más cojo y vigilante que nunca, había establecido una costumbre desde que Avelina llegó a la torre: cada luna llena, la doncella bajaba a la sala baja para informar al señor sobre el estado de su hija. No era una orden cruel, sino una precaución nacida del miedo: quería saber si Luna estaba sana, si comía, si dormía, si mostraba signos de las calenturas que él temía desde su nacimiento. Avelina, leal a su juramento de silencio sobre el secreto mayor, respondía siempre con verdad a medias, protegiendo a Luna con cada palabra cuidadosamente elegida.
Una tarde de luna nueva —esa noche sin luz que precede al renacer plateado—, Luna sintió un calor distinto, más profundo, que no venía del sol sino de dentro. Se levantó del lecho con las piernas temblorosas y vio la mancha en la túnica interior: sangre oscura, espesa, que había empapado la tela mientras dormía la siesta.
Avelina, que estaba bordando junto a la ventana, dejó caer el hilo al verla.
—Luna… —susurró, acercándose—. Es sangre.
Luna se sentó en el borde del barreño vacío, abriendo las piernas con pudor y curiosidad a la vez. La sangre era escasa, pero viva, roja como la luna de su nacimiento. Salía de la hendidura femenina que siempre había estado allí, oculta bajo el miembro que ahora colgaba flácido entre sus muslos.
—No duele —dijo Luna, tocándose con dedos vacilantes—. Solo… siento algo abierto por dentro. Como si mi cuerpo hablara por primera vez.
Avelina se arrodilló frente a ella, tomó un paño limpio mojado en agua de manantial y limpió la sangre con movimientos lentos, casi rituales. Los muslos de Luna temblaban bajo sus manos.
—Es tu primera sangre —dijo Avelina con voz baja y reverente—. La que marca que eres mujer completa. Mi madre decía que llega cuando el cuerpo está listo para llevar vida… o para darla.
Luna miró la sangre en el paño, luego a Avelina.
—Pero yo… llevo esto también —susurró, rozando su miembro con vergüenza—. ¿Cómo puedo sangrar como mujer si tengo lo otro?
Avelina alzó los ojos, llenos de certeza.
—Porque eres las dos cosas, Luna. Xovita lo dijo: las guardianas antiguas sangraban y eyaculaban. Llevaban la vida y la muerte en un solo cuerpo. Esta sangre es la prueba de que eres sagrada, no rota.
Esa misma noche, cuando la torre dormía y solo se oía el crujir lejano de la madera, Avelina sintió un calambre bajo en el vientre. Se levantó en silencio, fue al barreño que aún guardaba agua tibia del atardecer y se quitó la túnica. Entre sus piernas, la sangre había llegado: más abundante que la de Luna, acompañada de un dolor sordo y profundo, como si algo dentro de ella se desgarrara para abrirse al mundo.
Luna, que velaba el sueño de Avelina como siempre, se acercó.
—Tú también —dijo, y en su voz había alegría y ternura.
Tomó el paño limpio, lo mojó y se arrodilló frente a Avelina. Limpió la sangre con la misma devoción con que Avelina la había limpiado horas antes. Los muslos de Avelina temblaban, y la sangre seguía manando, caliente y viva.
—Duele más que la tuya —admitió Avelina, mordiéndose el labio.
Luna besó el interior de su muslo, justo encima de la sangre.
—Entonces déjame calmarlo.
Se tumbaron juntas en el lecho amplio, desnudas bajo la luz escasa de una lámpara de sebo. La sangre de ambas se mezcló ligeramente sobre las sábanas, un pacto rojo y caliente. Exploraron con manos temblorosas lo que la sangre había anunciado: los pliegues húmedos y sensibles de Avelina, ahora más hinchados por la luna; el miembro de Luna, que se endureció al instante al sentir el calor de Avelina contra su piel.
No se unieron del todo aún, pero se tocaron hasta que el dolor se volvió placer, hasta que las lágrimas de una fueron lamidas por los labios de la otra. Cuando el placer las alcanzó, fue silencioso y devastador: Avelina se mordió la mano para no gritar; Luna derramó semilla caliente entre los vientres de ambas, mezclándose con la sangre en un rojo más oscuro y sagrado.
Pero el cuerpo de Luna no se calmaba con una sola vez.
En las semanas siguientes, con la luna creciendo hacia la plenitud, Luna empezó a despertar por las noches con el miembro dolorosamente duro, palpitante, como si quisiera romper la piel. La primera polución nocturna llegó una madrugada, cuando soñaba con Avelina arrodillada frente a ella, lamiendo la sangre de sus muslos. Despertó jadeando, el lecho empapado de semilla caliente que había brotado sin tocarse, chorros abundantes que olían a vida y a deseo contenido.
Avelina, que dormía a su lado, se despertó con el movimiento.
—¿Qué pasa? —susurró, alarmada.
Luna, avergonzada, intentó cubrirse.
—He… soñado. Y ha salido solo. Como si mi cuerpo no pudiera guardarlo más.
Avelina no se apartó. Tomó la mano de Luna y la guió hacia el miembro aún palpitante, cubierto de restos de semilla.
—No es vergüenza —dijo—. Es tu fuego despertando. Como mi sangre. Como todo lo que somos ahora.
Desde entonces, las poluciones nocturnas se hicieron frecuentes. Luna despertaba dos, tres veces por semana con las sábanas pegajosas, el miembro sensible y vacío después de derramarse en sueños. Avelina aprendió a calmarla después: lamiendo la semilla restante con devoción, tragando lo que quedaba como si fuera ofrenda.
Y llegaron también las erecciones matinales: cada amanecer, Luna despertaba con el miembro completamente duro, alzado contra su vientre como una lanza joven, venoso y goteante ya en la punta. El primer día que ocurrió, Avelina lo vio al levantarse para abrir la ventana.
—Mira —susurró Luna, ruborizada—. Se pone así solo al despertar. Duele si no… lo calmo.
Avelina sonrió, arrodillándose junto al lecho.
—Entonces déjame ayudarte cada mañana.
Se convirtió en ritual: al primer rayo de luz que entraba por la ventana estrecha, Avelina tomaba el miembro matinal de Luna en su boca o en su mano, calmando la urgencia hasta que Luna se derramaba con un gemido ahogado contra la almohada. La semilla era abundante por las mañanas, caliente y espesa, y Avelina la recogía con la lengua o con los dedos, lamiendo hasta la última gota.
Las primeras sangres seguían viniendo con cada luna nueva, puntuales como las estaciones. La de Avelina era más abundante y dolorosa; la de Luna, más escasa pero acompañada siempre de erecciones feroces y poluciones que la dejaban temblando.
Cuando llegó la siguiente luna llena, Avelina bajó a la sala baja como cada mes. Gundemaro estaba sentado junto al fuego, el parche de cuero negro cubriendo su cuenca vacía, la pierna coja extendida sobre un escabel. La miró con su ojo sano, penetrante como siempre.
—¿Cómo está mi hija? —preguntó sin preámbulos.
Avelina se arrodilló, como mandaba la costumbre, y habló con voz clara pero cuidadosa.
—Mi señor, la señorita Luna está sana y fuerte. Come bien, duerme profundo, y su humor es sereno. Ha crecido este verano más que nunca; su piel brilla y sus ojos están vivos. Las calenturas del calor la aquejan como a todas las mujeres en estas fechas, pero las hierbas de Xovita la calman.
Gundemaro asintió lentamente, escudriñando el rostro de Avelina en busca de mentiras.
—¿Y su… cuerpo? ¿Algún cambio que deba saber?
Avelina bajó la vista, recordando su juramento, pero también su lealtad al señor que la había acogido.
—Ha empezado a sangrar, mi señor —dijo al fin, con voz firme—. Como mujer. La primera sangre llegó hace semanas. Es señal de que su naturaleza femenina es completa y sana.
Gundemaro se quedó en silencio largo rato. En su rostro pasó una sombra de alivio mezclado con temor antiguo.
—Bien —dijo por fin—. Eso la hará más aceptable para un matrimonio. Que siga así. Y tú, muchacha, sigue cuidándola como hasta ahora.
Avelina inclinó la cabeza.
—Como ordenéis, mi señor.
Al volver a la cámara alta, encontró a Luna esperando junto a la ventana, pálida de ansiedad.
—¿Qué te ha preguntado?
Avelina la abrazó, besando su frente.
—Solo si estabas sana. Le dije la verdad: que has empezado a sangrar como mujer. Se alivió. Pero no sabe nada más. Nunca sabrá nada más.
Una noche de luna llena posterior, cuando la plata inundaba la cámara, ambas sangraban al mismo tiempo. Se bañaron juntas en el barreño, la sangre tiñendo el agua de rosa pálido. Después, se tumbaron desnudas, miembro contra coño, sangre contra semilla, y se tocaron hasta que el placer las unió en un solo temblor.
—Esta sangre y esta semilla nos unen —susurró Luna, besando los labios de Avelina manchados de ambas cosas.
Avelina respondió con un beso más profundo.
—Y nadie nos separará. Ni mi padre en la braña, ni el tuyo en la torre, ni todos los condes del reino.
Fuera, la luna llena brillaba como la noche en que nacieron: testigo silenciosa del fuego y la sangre que ahora corrían juntas por sus venas, imparables como los ríos de Somiedo en primavera.
5º: El Despertar Nocturno
El otoño había descendido sobre Somiedo con vientos fríos que bajaban de los puertos altos, trayendo el aroma de hojas muertas y tierra húmeda. Las nieblas se enroscaban en los tejos centenarios como velos de novia enlutada, y en la torre el aire estaba impregnado del olor a leña recién cortada y a cera de las velas que se consumían lentamente.
Don Gundemaro, cada vez más consciente del peso de los años y de la fragilidad de su linaje, había acelerado las negociaciones matrimoniales. Un conde viudo de las tierras bajas, ambicioso y rico en campos fértiles, había aceptado la alianza: su hijo mayor, un hombre de veinticinco inviernos que jamás había contemplado el rostro de Luna, llegaría al mediodía siguiente con todo su séquito para el cortejo formal. La boda se celebraría antes de que el invierno cerrara los caminos con nieve.
Luna lo sabía desde hacía semanas. Lo sabía por los preparativos febriles en la sala baja, por las miradas evasivas de Bermudo, por la forma en que su padre subía menos a la cámara alta, como si ya la considerara perdida para siempre. Pero aquella noche, la víspera del día que lo cambiaría todo, la verdad cayó sobre ella como una losa de granito frío.
La cámara estaba iluminada apenas por unas velas casi consumidas, que proyectaban sombras largas y danzantes sobre las paredes de roble oscuro, y por el resplandor rojizo de la chimenea que crepitaba quedamente. Las cortinas pesadas de lana teñida, bordadas con hilos de plata que dibujaban lunas crecientes, colgaban inmóviles, cerrando el mundo exterior. Fuera, el viento golpeaba los ventanales con dedos invisibles, como si quisiera entrar y llevarse los secretos guardados entre aquellas paredes.
Luna, la señora de la torre, yacía en el amplio lecho, envuelta en una túnica de seda azul que se abría por delante, dejando al descubierto su piel pálida como porcelana antigua. Su miembro enorme y venoso ya estaba completamente erecto, palpitante contra su vientre, goteando ligeramente en la punta por la tensión que la devoraba. Avelina, su doncella íntima, estaba arrodillada junto al lecho, con una túnica blanca de lino fino pegada al cuerpo por el sudor de la noche inquieta; su cabello rubio caía suelto sobre los hombros como una cascada de luz.
El silencio era denso, roto solo por el crepitar de la chimenea y el aullido lejano del viento.
Luna habló primero, con esa voz dominante, baja y ronca que siempre surgía cuando el deseo y la rabia se entretejían en su interior.
—Despierta, Avelina…
Avelina abrió los ojos lentamente; un gemido suave escapó de sus labios mientras se incorporaba. La túnica se le adhería al cuerpo, marcando cada curva que el tiempo había esculpido con delicadeza.
Luna se acercó más, su aliento cálido rozando el oído de la doncella.
—El cortejo del novio llega al mediodía —susurró—. El salón debe estar despejado: ventanas abiertas, cortinas recogidas, el servicio de oro pulido dos veces, hasta que brille como el sol.
Hizo una pausa; sus dedos rozaron la mejilla de Avelina, un gesto que era orden y caricia al mismo tiempo.
—Y tú… te pondrás la seda azul. Habla de dignidad, no de desesperación.
Avelina alzó la vista; su voz temblaba aún por el sueño y por algo más profundo.
—¿Creéis que importa lo que me ponga, mi señora?
Luna sonrió, una sonrisa peligrosa que no llegaba a iluminar sus ojos.
—Todo importa, Avelina. Cómo hablas, cómo doblas las manos en el regazo, cómo bajas la mirada. El novio puede estar medio ciego… pero su mayordomo no lo está, y sus ojos lo verán todo.
Avelina dejó escapar una ironía suave, teñida de tristeza infinita.
—Entonces… ¿debería hacer una reverencia al mayordomo, mi señora?
Luna soltó una risita baja, casi un gruñido animal que resonó en la cámara.
—Haz reverencia al deber, Avelina. Él sobrevivirá a los dos… y nosotros también, si sabemos fingir.
Hubo una pausa larga; la respiración de ambas se hizo más pesada. Las sábanas crujieron cuando Luna se levantó y caminó hacia la puerta con paso firme, como si diera una orden a los criados invisibles.
—Déjame sola ahora.
La puerta se cerró con un golpe suave. Pasos descalzos sobre la madera fría. Avelina se acercó de nuevo, la túnica blanca pegada al cuerpo, los pezones marcados bajo la tela fina por el sudor y por el deseo que ya empezaba a arder.
Luna habló entonces con voz más íntima, casi un susurro vulnerable que rara vez permitía salir.
—Dime algo, Avelina… ¿qué hay más allá del huerto que nunca he pisado?
Avelina respondió con voz suave, casi triste, evocando recuerdos de su braña lejana.
—Campos abiertos, mi señora… un río que canta sobre las piedras… tres brañas viejas donde el aire huele a vacas y a humo de teito. Odiaríais el olor, mi señora; es demasiado… vivo.
Luna dejó escapar una amargura que era casi un sollozo contenido.
—No lo sé… nunca he visto más que la escarcha en la puerta del jardín, brillando bajo la luna.
Se acercó más; sus dedos rozaron el brazo de Avelina con una ternura desesperada.
—Dicen que debo estar agradecida por ser elegida… pero estas paredes me protegen como el cristal protege a un pájaro del cielo: lo guarda, sí, pero también le impide volar.
El silencio volvió, cargado de respiraciones entrecortadas. Luna se acercó hasta que sus labios rozaron el oído de Avelina.
—¿Te doy miedo, Avelina?
Avelina gimió casi, el cuerpo temblando bajo el toque.
—Solo cuando no puedo adivinar qué estáis pensando, mi señora.
Luna sonrió de nuevo, peligrosa y excitada a la vez.
—La mitad del tiempo… ni yo misma lo sé.
La respiración se hizo pesada, jadeante. Luna se quitó la túnica de seda de un solo movimiento fluido, dejándola caer al suelo como un charco azul. Su miembro enorme se alzó libre, venoso y duro, goteando ya copiosamente en la punta, palpitando con una necesidad urgente.
—Presiona… como ayer —ordenó con voz dominante, susurrando ronca—. Esta vez lo tomaré todo.
Avelina, la voz entrecortada por la excitación.
—Pero mi señora… nunca habéis…
Luna gruñó, agarrando con firmeza el cabello rubio de Avelina, tirando suavemente para inclinar su cabeza hacia atrás.
—Tendrás que dejarlo muy mojado entonces, mi devota.
Avelina gimió bajo, arrodillándose con devoción absoluta.
—Oh… lo haré, mi señora… lo haré hasta que brilléis.
Abrió la boca obediente; la lengua lamió el glande ancho y sensible, saliva chorreando por los lados mientras gemidos largos y húmedos llenaban la cámara. Luna empujaba con control, el miembro entrando profundo hasta la garganta de Avelina. Sonidos de arcadas suaves y devotas resonaban; saliva goteando por la barbilla y el cuello de la doncella.
Luna jadeaba, embistiendo con más fuerza.
—Sí… más adentro… ¡más adentro, Avelina!
Avelina gemía gutural, la garganta apretando alrededor, lágrimas de placer rodando por sus mejillas. Luna agarró su cabeza con ambas manos y folló la boca con pasión contenida.
—Oh… ya está dentro… ¡has tragado toda mi polla, mi devota!
El orgasmo llegó potente, gutural. Luna rugió bajo; semen caliente y abundante llenó la boca de Avelina, chorros desbordando por los labios, goteando por barbilla, cuello y salpicando los pechos bajo la túnica blanca.
Luna jadeaba, voz temblosa de placer y emoción.
—No puedo aguantar más…
Avelina, ronca, la boca llena de semen, tragando con avidez.
—Yo sí puedo, mi señora… siempre puedo más por vos.
Luna se corrió otra vez, más fuerte; semen chorreando por la cara de Avelina, quien lamía cada gota con devoción absoluta, los ojos alzados hacia su señora en adoración completa.
Cuando el último temblor pasó, Luna acarició la mejilla manchada y húmeda de Avelina con ternura inesperada.
—Déjame limpiarte la cara… creo que las dos necesitamos cambiarnos de ropa.
Fue entonces cuando Luna, aún jadeante, con el cuerpo temblando por el placer y por la angustia que llevaba dentro desde hacía días, alzó los ojos hacia Avelina y dejó escapar las palabras que habían estado quemándola por dentro.
—Ayúdame a escapar, Avelina.
Avelina parpadeó, un gemido de sorpresa escapando de sus labios manchados.
—¿Escapar, mi señora?
Luna, decidida, la voz cargada de fuego y desesperación.
—Sí. No lejos… solo más allá de estas paredes. Déjame ver un amanecer donde no sea hija de mi padre, ni novia de un hombre que no conozco, ni prisionera de estas piedras.
Avelina, con los ojos brillando de emoción.
—Si nos pillan, mi señora…
Luna, voz firme, excitada de nuevo, rozando los labios de Avelina con los suyos.
—Culparé a un sueño. Ya estoy arriesgando todo, Avelina… cada noche contigo es un riesgo. Conozco un sitio… reúnete conmigo en la cuadra antes del amanecer.
Avelina, gemido bajo, sumiso y lleno de amor.
—¿La cuadra, mi señora?
Luna, susurrando contra sus labios manchados.
—Necesitarás algo más sencillo… nadie llega lejos vestida como realeza. Yo me pondré ropa de criada; tú, algo de mi guardarropa viejo. Cabalgaremos la yegua más vieja, la que nadie echará de menos al principio.
Avelina sonrió, nerviosa pero coqueta, completamente devota.
—Entonces… llamaré bajito, mi señora. Como siempre. Y os seguiré hasta el fin del mundo si es preciso.
La puerta se cerró una vez más. Pasos descalzos sobre la madera. Respiración acelerada en la oscuridad.
La noche aún guardaba horas preciosas, y el amanecer traería la fuga desesperada de la señora y su doncella hacia lo más profundo de Somiedo, donde los tejos antiguos las esperarían como guardianes silenciosos de su amor prohibido y de la libertad que, al fin, Luna había decidido reclamar.
6º: La Fuga bajo las Estrellas
La noche era profunda y fría cuando Luna y Avelina abandonaron la cámara alta. El viento había cesado, dejando un silencio pesado que solo rompía el ocasional crujido de la madera vieja de la torre. Las velas se habían consumido del todo, y la única luz provenía del resplandor mortecino de la chimenea y de la luna menguante que asomaba entre nubes desgarradas.
Luna se había vestido con ropa sencilla robada del cuarto de las criadas: una túnica de lana burda, calzones toscos de lino y una capa corta de piel de oveja que olía a humo y a establo. Bajo la capa, su miembro aún palpitaba levemente, sensible después del placer compartido, pero la urgencia de la fuga lo mantenía controlado. Avelina, por su parte, llevaba una de las túnicas viejas de Luna, de seda descolorida pero aún demasiado fina para una huida; se la había remetido bajo un jubón de cuero prestado y calzaba botas resistentes que había escondido durante semanas.
Bajaron las escaleras de servicio con el corazón en la garganta, descalzas para no hacer ruido sobre la madera. Cada escalón parecía gemir bajo su peso, como si la torre misma quisiera delatarlas. Al llegar al pasillo inferior, se detuvieron tras una columna; dos guardias dormitaban junto a la puerta principal, borrachos del vino de la cena. Luna apretó la mano de Avelina y susurraron un plan improvisado: esperar a que uno roncara más profundo y luego deslizarse por la puerta lateral que daba a la cuadra.
La cuadra olía a caballo, a paja húmeda y a cuero viejo. La yegua más vieja, una mansa llamada Estrella por el manchón blanco en la frente, relinchó suavemente al verlas. Luna la había preparado días atrás: silla ligera, alforjas con pan duro, queso curado, una cantimplora de agua y unas monedas de plata escondidas en el fondo.
—Sube detrás de mí —susurró Luna, montando con agilidad a pesar de la cojera heredada de su padre en el ánimo—. Agárrate fuerte.
Avelina obedeció, rodeando la cintura de Luna con los brazos. Sintió el calor del cuerpo de su señora a través de la lana burda, y por un instante el miedo se mezcló con el deseo que nunca se apagaba entre ellas.
Salieron al patio con sigilo. La puerta trasera de la torre estaba entreabierta; Bermudo, quizá intuyendo algo, había dejado la cadena floja. O tal vez solo era descuido. Cruzaron el umbral y se adentraron en la noche.
El camino descendía serpenteante entre tejos y robles. La luna menguante apenas iluminaba el sendero, pero Luna lo conocía de memoria por los paseos vigilados de su infancia. Cabalgaron en silencio durante lo que parecieron horas, el casco de la yegua pisando nieve recién caída con un crujido sordo que resonaba como un latido.
Cuando calcularon que habían puesto dos leguas entre ellas y la torre, Luna tiró de las riendas junto a un hórreo antiguo, medio hundido en la nieve, con la madera negra por los siglos y el techo cubierto de musgo. Era un lugar que Avelina le había descrito una vez: un refugio de pastores abandonado, oculto entre un bosquecillo de tejos.
Bajaron. Luna ató la yegua a un tronco cercano y cubrió su lomo con la capa de piel para que no se enfriara. Luego empujó la puerta podrida del hórreo de una patada suave. Dentro olía a maíz seco, a cuero viejo y a orines de animales salvajes. Un rayo de luna entraba por las rendijas de las tablas, cayendo justo sobre el suelo como un altar pagano.
No pudieron contenerse más.
Luna agarró a Avelina por la nuca y la estampó contra la pared del hórreo con una urgencia feroz. La capa de lana cayó al suelo. La túnica burda de Luna se subió hasta la cintura, revelando que no llevaba nada debajo. Su miembro, endurecido de nuevo por la adrenalina y por la cercanía de Avelina, se alzó libre y palpitante.
—Aquí nadie nos oye —gruñó Luna contra su oído—. Ni Dios, ni mi padre, ni el rey.
Avelina gimió, abriendo las piernas por instinto, la espalda contra la madera fría.
—Tomadme como si mañana fuéramos a morir ahorcadas, mi señora.
Luna escupió en la palma, untó su miembro con rapidez y lo clavó de una sola embestida profunda. El hórreo entero crujió como si también estuviera siendo poseído. Avelina soltó un grito que se perdió entre las vigas antiguas.
Los sonidos fueron brutales, húmedos: carne contra carne, madera gimiendo, respiraciones entrecortadas. Luna levantó a Avelina del suelo agarrando sus caderas; las piernas de la doncella se enroscaron en su cintura. Cada embestida levantaba polvo de maíz centenario que se pegaba al sudor de sus cuerpos.
Avelina lloraba de placer, la voz rota.
—Más fuerte… rompedme… haced que no pueda volver aunque me atrapen…
Luna mordió su cuello, dejando una marca morada que al día siguiente sería visible como un sello de propiedad. Una mano bajó entre ellos; dedos ásperos encontraron el sexo hinchado de Avelina y lo frotaron sin piedad.
—Este cuerpo es mío —gruñó Luna contra su oreja—. Este coño es mío. Esta vida que estamos robando… también es mía.
Avelina se corrió con un grito ahogado, el cuerpo convulsionando, chorros calientes bajando por los muslos de ambas. Luna no paró; siguió embistiendo a través del orgasmo, el miembro entrando y saliendo con sonidos obscenos que resonaban en el silencio de la montaña.
De pronto, lejos en el valle, se oyó el ladrido de perros. Luego luces: antorchas. Los guardias habían descubierto la fuga más pronto de lo esperado.
Luna tapó la boca de Avelina con la mano, sin dejar de penetrarla. Sus ojos se encontraron en la penumbra: puro fuego, puro desafío.
—Cállate y córrete otra vez —susurró Luna con voz salvaje—. Que se acerquen. Que nos encuentren así, unidas.
Avelina asintió, los ojos en blanco, y apretó el miembro de Luna con su interior como si quisiera fundirse con él. Luna se hundió hasta el fondo y se corrió con un rugido silencioso, llenándola hasta que el semen chorrea por las piernas de ambas y goteaba sobre la madera antigua del hórreo.
Permanecieron pegadas, respirando el mismo aire, mientras las luces de las antorchas se acercaban lentamente por el valle.
Luna besó a Avelina con ferocidad, casi hasta hacer sangre.
—Cuando amanezca estaremos en lo más profundo de Somiedo —susurró—. Y nadie nos tocará. Ni rey, ni marido, ni verdugo.
Avelina, sonriendo entre lágrimas, sudor y semen.
—Entonces tomadme otra vez antes de que lleguen, mi señora. Que al menos me maten con vuestra semilla dentro.
Luna sonrió en la oscuridad, el miembro endureciéndose de nuevo dentro de ella.
La puerta del hórreo crujió ligeramente con la brisa. Afuera, la nieve empezó a caer más fuerte, borrando sus huellas y cubriendo el mundo con un manto blanco que parecía bendecir su fuga.
Y en la distancia, un lobo aulló largo, como si celebrara la libertad recién conquistada de las dos almas que, al fin, habían roto sus cadenas.
7º: La Persecución en la Niebla
El alba aún no despuntaba cuando Luna y Avelina abandonaron el hórreo, dejando atrás el calor de sus cuerpos entrelazados y el suelo manchado de su unión desesperada. La nieve caía ahora con más intensidad, copos gruesos que se pegaban a las capas como dedos helados. La yegua Estrella resoplaba nerviosa, su aliento formando nubes blancas en el aire frío. Luna montó primero, extendiendo la mano para ayudar a Avelina a subir detrás de ella.
—Agárrate fuerte, mi devota —susurró Luna, su voz ronca por el esfuerzo reciente—. Los perros se acercan, pero la nieve borrará nuestro rastro si cabalgamos rápido.
Avelina rodeó la cintura de su señora con los brazos, sintiendo el miembro de Luna aún semiendurecido bajo la lana burda, rozando contra su vientre con cada movimiento de la yegua. El placer de momentos antes se mezclaba ahora con el miedo, un nudo apretado en el estómago que las impulsaba hacia adelante.
Galoparon por un sendero estrecho que Avelina recordaba de su infancia en la braña: un camino de pastores que serpenteaba entre tejos y rocas, ascendiendo hacia los puertos altos de Somiedo. La niebla se levantó de pronto, espesa como leche cuajada, envolviéndolas en un velo blanco que amortiguaba los sonidos. Los ladridos de los perros se oían lejanos, confusos, como ecos de un sueño malo.
—Mi señor Gundemaro debe haber descubierto ya la cuadra vacía —dijo Avelina contra la nuca de Luna, el aliento cálido rozando su piel—. Bermudo liderará la búsqueda; conoce estos caminos mejor que nadie.
Luna apretó las riendas, guiando a la yegua con mano firme.
—Que busquen —gruñó—. Para cuando nos encuentren, estaremos en las brañas altas, donde ni siquiera los lobos se atreven en invierno. Allí, entre los tejos sagrados, nadie nos reclamará.
Cabalgaron durante horas, o eso les pareció. La nieve acumulada ralentizaba el paso, y la yegua empezaba a fatigarse, resbalando en las pendientes heladas. En un claro rodeado de tejos milenarios, cuyas ramas se entrelazaban como guardianes eternos, Luna detuvo la marcha. Bajaron para dar descanso al animal; Avelina sacó de las alforjas un poco de pan y queso, que compartieron en silencio, sentadas sobre una roca plana cubierta de musgo.
Luna miró a Avelina, los ojos azul glacial brillando con una mezcla de ternura y posesión.
—¿Te arrepientes, mi devota? —preguntó, rozando con los dedos la marca morada en el cuello de Avelina, recuerdo de su mordisco en el hórreo.
Avelina negó con la cabeza, inclinándose para besar los labios de su señora.
—Nunca, mi señora. Moriría mil veces antes que veros casada con ese desconocido. Pero… ¿y vos? Sois la heredera; la torre es vuestra por derecho.
Luna soltó una risa amarga, mirando hacia el valle envuelto en niebla.
—Esa torre nunca ha sido mía; era mi prisión. Mi padre me crió como a un secreto, ocultando lo que soy para que algún día un hombre me tomara y gobernara en mi nombre. Pero contigo… contigo soy libre, Avelina. Y si tenemos que vivir como vaqueiras en las brañas, lo haré con gusto.
Avelina se arrodilló entonces, ignorando el frío de la nieve en sus rodillas. Sus manos subieron por los muslos de Luna bajo la túnica burda, encontrando el miembro que respondía al instante, endureciéndose bajo su toque.
—Entonces dejadme adoraros una vez más, mi señora —susurró—. Antes de que sigamos.
Luna jadeó, pero miró hacia el valle.
—Los perros… se acercan de nuevo.
Avelina no se detuvo; abrió los calzones de Luna y tomó el miembro en su boca, lamiendo con devoción mientras la nieve caía alrededor. Luna agarró su cabello, embistiendo suavemente, los gemidos ahogados por el viento que empezaba a levantarse.
El placer fue rápido, urgente: Luna se corrió con un gruñido bajo, llenando la boca de Avelina, quien tragó cada gota como si fuera el último sacramento.
—Ahora sí —dijo Luna, jadeante, ayudando a Avelina a levantarse—. Sigamos.
Pero el destino intervino. Al montar de nuevo, oyeron voces cercanas: Bermudo y los guardias habían seguido el rastro pese a la nieve. Los perros ladraban furiosos, y las antorchas parpadeaban como ojos demoníacos en la niebla.
Luna espoleó a la yegua, pero el animal resbaló en una pendiente helada. Cayeron rodando por una ladera cubierta de nieve, el mundo girando en un caos blanco. Cuando se detuvieron al fondo de un barranco, la yegua cojeaba gravemente, y Avelina se había torcido el tobillo.
—Sigue tú, mi señora —gimió Avelina, intentando levantarse—. Yo los distraeré.
Luna negó con la cabeza, alzándola en brazos a pesar del dolor en su propia rodilla.
—Juntas o nada. Mira: allí hay una cueva bajo el tejo grande. Xovita me habló de ella; es sagrada, un lugar donde las antiguas guardianas se ocultaban.
Se arrastraron hasta la entrada oculta, una grieta en la roca cubierta de raíces de tejo. Dentro, el aire era cálido por alguna fuente termal subterránea, y el suelo estaba cubierto de musgo suave. Se acurrucaron en la oscuridad, escuchando cómo los perros y las voces pasaban de largo, confundidos por la niebla y la nieve.
Luna abrazó a Avelina, besando su frente sudorosa.
—Hemos llegado a Somiedo, mi devota. Aquí empezamos de nuevo.
Avelina sonrió entre el dolor, rozando el miembro de Luna que, incluso ahora, respondía a su toque.
—Entonces tomadme de nuevo, mi señora. Que esta cueva sea nuestro castillo.
Y en la penumbra sagrada, mientras la persecución se alejaba, se unieron una vez más, gemidos ecoando contra las rocas como plegarias antiguas a los tejos que las protegían.
Fuera, la nieve seguía cayendo, borrando todo rastro de su pasado.
8º: El Refugio de los Tejos Sagrados
La cueva bajo el gran tejo se convirtió en su primer hogar verdadero. El aire dentro era sorprendentemente cálido, gracias a una veta de agua termal que brotaba de la roca y formaba un pequeño estanque en el fondo. El musgo cubría las paredes como un tapiz verde y suave, y las raíces del tejo milenario penetraban el techo como columnas vivas, goteando resina que perfumaba el espacio con un aroma antiguo y sagrado. Xovita había hablado de aquel lugar en sus cuentos: un santuario de las guardianas de antaño, donde las que llevaban dos naturalezas en una sola carne venían a parir, a curarse o a amar sin miedo.
Luna y Avelina pasaron los primeros días escondidas, escuchando el mundo exterior con el corazón en un puño. Los perros ladraron cerca una vez, al segundo día; voces de hombres resonaron en el barranco, llamando el nombre de Luna con tono de mando y de súplica a la vez. Pero la niebla espesa y la nieve incesante confundieron la búsqueda. Bermudo, leal hasta el final, quizá guió a los guardias en dirección equivocada; o tal vez los espíritus de los tejos, como decía Xovita, protegieron a sus hijas.
La yegua Estrella cojeaba demasiado para seguir; Luna la dejó pastar en un claro cercano, confiando en que encontrara refugio entre los rebaños salvajes. Las alforjas aún guardaban provisiones para unas semanas: pan duro, queso curado, cecina ahumada y unas manzanas arrugadas. El agua termal era potable, tibia y mineral, y Avelina encontró raíces comestibles y bayas de tejo no tóxicas que Xovita le había enseñado a reconocer.
El tobillo de Avelina sanó despacio, vendado con tiras de la túnica vieja de Luna. Luna, por su parte, cojeaba ligeramente de la rodilla golpeada en la caída, pero el dolor era un precio pequeño por la libertad. En la intimidad de la cueva, sus cuerpos se curaban mutuamente.
La primera noche completa en el refugio, con la nieve silbando fuera como un lobo guardian, Luna extendió las capas sobre el musgo y atrajo a Avelina hacia sí.
—Aquí nadie nos manda —susurró Luna, quitándose la túnica burda con lentitud deliberada—. Ni padre, ni conde, ni rey.
Avelina, los ojos brillando en la penumbra, se arrodilló como siempre, pero esta vez con una sonrisa nueva, libre.
—Entonces dejadme serviros como nunca antes pude, mi señora… mi Luna.
Desnudaron sus cuerpos con calma, explorando las magulladuras de la fuga como mapas de su victoria. Luna tomó a Avelina contra la pared de musgo, embistiendo despacio al principio, luego con la urgencia acumulada de años de contención. Avelina gritó sin miedo, su voz resonando en la cueva como un canto antiguo. Cuando Luna se corrió dentro de ella por primera vez —sin prisa, sin interrupción—, Avelina lloró de placer, apretando a su señora como si quisiera fundirse para siempre.
Los días se convirtieron en una rutina sagrada. Al amanecer, salían con cautela a recolectar leña seca y bayas. Avelina enseñaba a Luna a reconocer las huellas de los animales, a leer el viento que traía olor a humo lejano de brañas. Luna, a cambio, contaba historias que había leído en los pergaminos viejos de la torre: de reyes godos, de astures rebeldes, de mujeres que disfrazadas de hombres luchaban en batallas.
Una tarde, mientras la nieve cedía paso a una lluvia fina, encontraron una cabaña abandonada de vaqueiros en una braña alta, a media legua de la cueva. El techo de teito estaba medio hundido, pero las paredes de piedra resistían. Con esfuerzo, la repararon: Luna cortaba ramas de tejo con un cuchillo robado, Avelina tejía paja para el techo. En pocos días tuvieron un hogar más amplio, con un hogar de piedra donde encender fuego sin que el humo delatara su posición.
Allí, por primera vez, Luna se permitió soñar en voz alta.
—Viviremos como vaqueiras libres —dijo una noche, mientras Avelina ordeñaba una cabra salvaje que habían atraído con sal—. Tendremos un rebaño pequeño. Yo cazaré con arco; tú harás queso como en tu braña. Y cuando llegue la primavera, bajaremos a las ferias lejanas, disfrazadas, vendiendo lana y comprando lo que necesitemos.
Avelina sonrió, acercándose con la leche tibia en un cuenco de madera.
—Y por las noches… seremos solo nosotras. Sin títulos, sin secretos que esconder.
Luna tomó el cuenco, bebió y luego atrajo a Avelina al lecho de pieles que habían cosido.
—Sin secretos —repitió, quitándole la túnica con manos ansiosas—. Solo esto.
Se amaron con una ternura nueva, sin la urgencia de la fuga. Luna entró en Avelina despacio, mirándola a los ojos mientras embestía, susurrando palabras que nunca había dicho en la torre: te quiero, eres mía, soy tuya. Cuando ambas se corrieron juntas —Avelina apretando el miembro de Luna con su interior, Luna derramándose profundo—, permanecieron unidas largo rato, escuchando la lluvia sobre el teito.
Pero la paz no era completa. Una mañana clara, cuando la nieve se había retirado lo suficiente para ver el valle, Avelina subió a un risco y divisó humo lejano: la torre aún buscaba, o quizá Gundemaro había enviado mensajeros a brañas vecinas. Regresó corriendo.
—Vienen hacia aquí, mi señora. No muchos, pero vienen.
Luna apretó los labios, el fuego de siempre en los ojos.
—Entonces nos iremos más alto. Hay otra braña, la que Xovita llamaba “el techo de Somiedo”. Allí nadie sube en invierno.
Avelina asintió, pero antes de partir, se arrodilló una vez más en la cabaña.
—Dejadme llevaros dentro una última vez en este hogar —susurró.
Luna la tomó contra la pared de piedra, embistiendo con fuerza, como si quisiera dejar su marca en el lugar. Se corrieron juntas de nuevo, gemidos resonando en la cabaña vacía.
Cuando partieron, con las alforjas llenas y una cabra atada con cuerda, la cabaña quedó atrás como un recuerdo. Pero en su interior, sobre el musgo del suelo, quedó una mancha seca de su unión: semilla y humedad mezcladas, ofrenda silenciosa a los tejos que las habían protegido.
Más alto, en lo más profundo de Somiedo, las esperaba la verdadera libertad. Y mientras caminaban tomadas de la mano, Luna sintió por primera vez que su cuerpo —con sus dos naturalezas— no era maldición, sino bendición.
Porque al fin tenía a alguien que lo amaba entero.
9º: La Vida en el Techo de Somiedo
Los inviernos se sucedieron en lo más alto de Somiedo como estaciones de un ciclo eterno, marcado solo por la nieve que cubría los pastos y la luna que guiaba sus noches. La braña que Xovita llamaba “el techo de Somiedo” era un lugar casi mítico: una meseta amplia rodeada de picos perpetuamente nevados, con un lago pequeño que nunca se helaba del todo gracias a las fuentes termales subterráneas. Allí, entre tejos que parecían haber visto nacer al mundo mismo, Luna y Avelina construyeron su vida lejos de toda mirada humana.
La cabaña creció con los años. Lo que empezó como un refugio improvisado se convirtió en una casa sólida y acogedora: paredes de piedra seca reforzadas con barro y musgo, un techo de teito bien tejido que resistía las peores tormentas, un hogar amplio donde el fuego ardía día y noche, un corral para las cabras y ovejas que habían ido reuniendo poco a poco. Luna cazaba con arco ciervos, conejos y perdices; Avelina hacía queso curado que sabía a libertad, ordeñaba al amanecer y tejía lana con dibujos de lunas y tejos.
Nadie las encontró jamás. Gundemaro seguía vivo abajo, en la torre. Los años lo habían encorvado, la cojera se había agravado y la podredumbre de sus antiguas heridas lo obligaba a pasar largos periodos en cama, pero su voluntad de hierro lo mantenía con vida. Había enviado partidas de búsqueda durante los primeros inviernos, guiadas por Bermudo, pero la nieve y la niebla siempre las devolvían con las manos vacías. Con el tiempo, el viejo señor aceptó el silencio: Luna había desaparecido, quizá muerta en la montaña, quizá llevada por los espíritus antiguos de los que Xovita hablaba. Nunca pronunció su nombre en público nuevamente, pero en la soledad de su cámara alta —la misma donde Luna había crecido prisionera— guardaba una pequeña figura de madera de tejo que ella había tallado de niña. Algunas noches, cuando el viento aullaba como entonces, la tocaba en silencio, con un gesto que nadie veía.
La torre seguía bajo su mando nominal, gobernada día a día por Bermudo y luego por un sobrino lejano cuando Gundemaro se volvió demasiado débil para las decisiones. El matrimonio concertado se deshizo; el conde de las tierras bajas buscó otra alianza. La leyenda de la heredera desaparecida se convirtió en cuento para las brañas: la dama de la torre que huyó con su doncella y fue acogida por los tejos sagrados.
Arriba, en la paz absoluta de la montaña, Luna y Avelina vivieron sin títulos. Se llamaban simplemente por sus nombres cuando hablaban del día a día, aunque en los momentos de pasión los antiguos roles regresaban como un juego íntimo y excitante: “mi señora” en labios de Avelina, “mi devota” en los de Luna. Su amor se hizo profundo, cotidiano y feroz: besos robados al amanecer mientras la leche hervía en el caldero, manos entrelazadas junto al fuego contando estrellas a través del humo del hogar, cuerpos unidos cada noche como si temieran que el sueño los separara.
El miembro de Luna seguía siendo parte esencial de su unión. Por las mañanas, Avelina calmaba las erecciones inevitables con la boca o la mano, tragando la semilla abundante como un ritual de bienvenida al día. Por las noches, Luna tomaba a Avelina contra la pared de piedra o sobre las pieles del lecho, embistiendo hasta que ambas gritaban sin miedo a ser oídas por nadie más que los lobos. Aprendieron también otras formas de placer: dedos expertos, lenguas pacientes, roces largos que llevaban a orgasmos temblorosos y silenciosos.
Pasaron seis primaveras desde la fuga. La séptima trajo el milagro, y con él la tragedia.
Una mañana de nieve tardía, Avelina despertó con náuseas violentas. Corrió fuera de la cabaña y vomitó junto al lago, el cuerpo temblando. Luna la sostuvo por la cintura, preocupada, hasta que Avelina se volvió con los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa radiante.
—Creo… creo que llevo vida dentro, Luna.
Luna se quedó sin aliento, arrodillándose en la nieve para apoyar la frente contra el vientre aún plano de Avelina.
—¿Estás segura, mi amor?
Avelina asintió, guiando la mano de Luna.
—Mi sangre no ha venido hace cuatro lunas. Y siento… algo que se mueve, muy leve, como un aleteo de pájaro. Es vuestro. Vuestra semilla ha prendido en mí.
Luna lloró entonces, lágrimas calientes sobre la nieve fría. Besó el vientre de Avelina una y otra vez.
—Un hijo nuestro —susurró, la voz quebrada por la emoción—. Llevará lo que los dioses hayan querido darle. Pero nacerá libre, aquí arriba, donde nadie lo esconderá ni lo avergonzará.
Los meses siguientes fueron de una ternura infinita. Luna cazaba más, seleccionando las piezas más tiernas y nutritivas; traía raíces y bayas que sabía buenas para el embarazo. Avelina tejía ropa pequeña con la lana más suave, bordando lunas crecientes y ramas de tejo como protección. El vientre de Avelina creció redondo y firme, la piel estirada brillando al fuego del hogar como porcelana bajo la luna.
El deseo no desapareció; solo se volvió más cuidadoso y profundo. Cuando el vientre fue demasiado grande para la penetración habitual, se amaron de otras formas: Luna sentada en el lecho mientras Avelina, con delicadeza, tomaba su miembro en la boca hasta derramar la semilla con gemidos contenidos; o Avelina tumbada de lado mientras Luna la acariciaba desde atrás, dedos expertos llevando a su amada al placer sin presionar el vientre. Algunas noches, simplemente se abrazaban, Luna hablando al niño nonato con voz baja y ronca.
—Serás fuerte como tu madre Avelina —decía, besando la curva del vientre—. Y valiente como yo he aprendido a serlo contigo.
Una noche de luna llena, en lo más crudo del invierno siguiente, las contracciones comenzaron con violencia. Luna había preparado todo como recordaba de los cuentos de Xovita y de lo que Avelina le había contado de su braña: agua caliente del lago termal, paños limpios de lino, hierbas para calmar el dolor. Pero el parto fue más duro de lo esperado; el niño venía grande, y Avelina, aunque fuerte como las mujeres de braña, perdió sangre en abundancia.
Gritó durante horas, aferrándose a las manos de Luna, el rostro pálido por el esfuerzo. Luna lloraba con ella, sosteniéndola, limpiando su sudor, susurrando palabras de amor y aliento.
—Resiste, mi devota… mi vida… resiste por mí, por nuestro hijo…
Al alba, cuando el primer sol tiñó de rosa la nieve de los picos, nació un varón.
Tenía el cabello rubio claro como ambas, y entre sus piernas… un miembro pequeño pero perfectamente formado, como el de su madre Luna al nacer: la marca de las guardianas antiguas había pasado a él.
Pero Avelina no lo vio.
La hemorragia no cesó. A pesar de las hierbas, de los paños apretados, de las plegarias desesperadas de Luna a los tejos y a los espíritus, Avelina se debilitó rápidamente. Su piel se volvió más pálida que nunca, sus labios azules.
—Luna… —susurró al fin, con voz apenas audible, tomando la mano de su amada—. Cuídalo… llámalo… Antón, como mi padre… Enséñale a ser libre…
Luna sollozaba, abrazándola, el niño recién nacido lloriqueando entre ellas.
—No te vayas… no puedes dejarme… Avelina, mi amor…
Avelina sonrió débilmente, rozando con dedos temblorosos la mejilla de Luna.
—Siempre estaré… en él… en ti… en estas montañas…
Y con un último suspiro, cerró los ojos.
Luna aulló entonces, un grito de dolor que resonó en la braña como el de un lobo herido. Durante días, no comió ni durmió; solo mecía al niño, que lloraba de hambre, y lloraba ella misma hasta que no le quedaban lágrimas.
Cuando la nieve permitió moverse, Luna cavó la tumba con sus propias manos bajo un tejo joven junto al lago. Envolvió a Avelina en la túnica blanca que tanto había llevado, la que aún guardaba el olor de su piel. La bajó a la tierra con delicadeza infinita, besando sus labios fríos una última vez.
Cubrió la tumba con piedras blancas recogidas del lago y con flores secas que Avelina había tejido en coronas. Sobre la piedra mayor talló con su cuchillo: “Avelina, mi devota, mi amor, mi libertad. Los tejos te guardan”.
Y allí terminó el capítulo de su vida compartida: en la quietud de la montaña, bajo la nieve que caía suave como una caricia final, con el niño Antón en sus brazos y el corazón de Luna roto para siempre.
10º: El Regreso a la Torre
Los días después del entierro fueron un vacío que Luna no sabía cómo llenar. El niño Antón lloraba de hambre y frío; ella lo alimentaba con leche de cabra mezclada con agua hervida, lo mecía contra su pecho, pero sus ojos estaban siempre fijos en la tumba bajo el tejo joven. Hablaba con Avelina en voz alta, como si aún pudiera oírla: le contaba cómo el niño había abierto los ojos por primera vez, cómo su cabello rubio brillaba al sol pálido, cómo entre sus piernas llevaba la misma marca que ella.
Pero la montaña, que antes había sido refugio y libertad, se volvió ahora una prisión de recuerdos. Cada rincón de la cabaña olía a Avelina: el telar donde tejía, el caldero donde preparaba el queso, el lecho donde se amaban. Cada sendero traía el eco de su risa. Luna cazaba por necesidad, pero ya no con el placer de antes; ordeñaba las cabras con manos mecánicas, y por las noches, cuando Antón dormía al fin, se acurrucaba junto a la tumba y lloraba hasta que el agotamiento la vencía.
El niño creció rápido los primeros meses. A los seis, ya gateaba por el musgo y emitía sonidos que parecían querer decir “mamá”. Luna lo miraba y veía en él los ojos de Avelina, su sonrisa suave, pero también su propia marca: el miembro pequeño que ya se intuía. Y entonces la duda la asaltó como un lobo en la noche.
¿Qué vida podía darle aquí arriba, sola?
Sin otra mujer que lo ayudara a criarlo cuando las fiebres llegaran, sin manos expertas que supieran curar las heridas de la montaña, sin nadie que enseñara al niño a hablar más que sus propias palabras roncas de dolor.
Y sobre todo: ¿podía criar a un hijo con la marca de las guardianas en completa soledad, sin que aprendiera a amarla como bendición y no como vergüenza?
Una mañana de primavera temprana, cuando la nieve se retiraba dejando al descubierto los primeros brotes verdes, Luna tomó la decisión que le desgarraba el alma. Miró la tumba de Avelina por última vez, besó la piedra fría y habló con voz quebrada.
—Perdóname, mi devota, mi amor. Te prometí libertad eterna, pero no puedo dejar que nuestro hijo crezca salvaje y solo. Él necesita más que estas montañas. Necesita saber de dónde viene… y quizá, algún día, elegir su propio camino. Volveré a la torre, no por mí, sino por él. Por ti.
Empacó lo imprescindible: mantas tejidas por Avelina, el cuchillo de caza, provisiones secas, y envolvió a Antón en una capa de lana suave contra su pecho. Bajó por senderos que había evitado durante años, senderos que conocía de memoria pero que ahora le dolían como heridas abiertas.
El viaje duró semanas. Luna evitaba las brañas grandes, dormía en cuevas y hórreos abandonados, cazaba para comer y robaba leche de rebaños lejanos cuando Antón lloraba de hambre. El niño, sorprendentemente fuerte, aguantó el trayecto con llantos breves y sonrisas inesperadas que partían el corazón de Luna.
Cuando al fin divisó la torre desde un risco lejano, el sol se ponía rojo detrás de los picos. La fortaleza parecía más pequeña de lo que recordaba, más oscura, como si los años la hubieran encogido. El humo salía de las chimeneas, y las antorchas iluminaban el patio. Luna sintió un nudo en la garganta: odio, miedo, nostalgia, todo mezclado.
Llegó al atardecer, cuando las puertas aún estaban abiertas para los últimos pastores que traían tributo. Los guardias la reconocieron al instante: la figura alta, el cabello rubio claro, los ojos azul glacial. Uno cayó de rodillas; otro corrió gritando hacia la torre.
—¡La señora Luna! ¡La heredera ha vuelto!
Luna avanzó por el patio con Antón envuelto contra su pecho, la cabeza alta aunque las piernas le temblaban. La gente salía de las casas, murmurando, haciendo la señal de la cruz o el gesto antiguo contra los espíritus. Bermudo, ahora viejo y canoso, salió cojeando al encuentro, los ojos llenos de lágrimas.
—Mi señora… pensábamos que los tejos os habían reclamado para siempre.
Luna no respondió con palabras. Siguió caminando hasta la sala baja.
Allí, en el sitial principal junto al fuego, estaba el sobrino lejano que había tomado las riendas de la torre en los últimos años: un hombre de mediana edad llamado Rodrigo, de sangre Velasco pero rama menor, serio y competente. Gundemaro, postrado en una cámara contigua desde hacía temporadas, apenas podía moverse; era Rodrigo quien dirigía todo en su nombre, con la aprobación silenciosa del viejo señor.
Rodrigo se levantó al verla entrar, el rostro pálido por la sorpresa.
—Prima Luna… —dijo, la voz temblando ligeramente—. Los rumores decían que habíais muerto en la montaña. Vuestra… desaparición dejó la torre en luto.
Luna se detuvo frente a él. Desenvolvió lentamente a Antón y lo mostró: el niño rubio, de ojos azul glacial, que miraba al mundo con curiosidad inocente.
—Mi hijo —dijo Luna con voz firme, aunque temblaba por dentro—. Antón. Hijo mío… y de Avelina, que murió dándome la vida que esta torre nunca me dio. Murió en la montaña, sola conmigo, para que este niño naciera libre.
Rodrigo miró al niño, luego a Luna, y algo en su expresión se suavizó. Extendió una mano vacilante, tocando la mejilla del pequeño.
—Un varón… —murmuró—. Un heredero directo. El señor Gundemaro… aunque postrado, querrá verlo.
Luna lo miró fijamente, el dolor y la rabia contenidos durante años saliendo al fin.
—No un heredero para alianzas ni para secretos. Un hijo libre, criado en la montaña como yo debí serlo. He vuelto porque sola no puedo criarlo como merece. Pero la torre es mía por derecho, y si alguien intenta quitármelo, o esconder lo que lleva entre las piernas como hicieron conmigo, juro por los tejos y por la memoria de Avelina que me iré de nuevo… y esta vez no regresaré.
Rodrigo bajó la cabeza, reconociendo la autoridad que siempre había sido de Luna.
—La torre es vuestra, prima. Siempre lo ha sido. Yo solo he administrado en nombre del señor Gundemaro, que ya no puede. Venid… él os espera.
Llevaron a Luna a la cámara contigua, donde Gundemaro yacía en un lecho amplio, demacrado y débil, pero vivo. Sus ojos se abrieron al verla, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla arrugada.
—Luna… hija…
Luna se acercó, mostrando a Antón.
—Tu nieto —dijo simplemente.
Gundemaro extendió una mano temblorosa, tocando al niño.
—Un varón… —susurró—. Perdóname…
Luna no respondió. Se sentó junto al lecho, con Antón en el regazo, exhausta pero entera. Los criados trajeron comida caliente, leche fresca, mantas limpias. Ella comió en silencio, mirando las llamas del hogar cercano, sintiendo el peso de los años, de la ausencia de Avelina y de la presencia inesperada de su padre aún vivo, aunque reducido a una sombra.
Esa noche, subió a la cámara alta que había sido su prisión. Todo estaba igual: las cortinas pesadas, el barreño de roble, el lecho amplio. Se tumbó con Antón contra su pecho y lloró en silencio hasta el amanecer, el niño durmiendo ajeno a todo.
Había regresado.
No por amor a la torre, ni por reconciliación completa.
Solo por el niño.
Por darle un futuro que ella y Avelina habían soñado.
Y en la quietud de la cámara, con el viento golpeando los ventanales como aquella noche de la fuga, Luna susurró al niño dormido:
—Tu madre Avelina te dio la vida a costa de la suya. Yo te daré la libertad que ella soñó para nosotras… aunque tenga que luchar contra el mundo entero para conseguirla.
Fuera, los tejos del jardín susurraban, como si Avelina, desde algún lugar entre sus raíces eternas, aprobara el regreso y velara por su hijo y por la mujer que había amado más que a su propia vida.
11º: La Señora de Hierro
Los primeros meses del regreso de Luna transcurrieron en una calma tensa, como la quietud que precede a la tormenta en las montañas de Somiedo. La torre volvió a reconocerla como señora legítima: los criados inclinaban la cabeza al pasar, los pastores traían tributos con respeto renovado, y hasta los guardias parecían caminar más erguidos. Antón crecía sano, alimentado por una nodriza joven traída de una braña lejana, y Luna pasaba las horas con él en la cámara alta, enseñándole a gatear sobre las mismas alfombras donde ella había jugado de niña, contándole en susurros historias de una mujer valiente llamada Avelina que había vivido libre en la montaña.
Gundemaro, postrado en su lecho, recibía visitas diarias de su hija. Hablaban poco: él preguntaba por el niño, ella respondía con monosílabos. Pero en sus ojos debilitados brillaba algo nuevo: arrepentimiento, quizá, o alivio por ver continuada su sangre. Nunca mencionaba la marca de Antón; Luna se aseguraba de que solo ella y la nodriza la conocieran.
Rodrigo, el sobrino lejano que había administrado la torre durante los años de ausencia, observaba todo desde las sombras. Era un hombre de unos cuarenta inviernos, de rostro anguloso y ojos calculadores, viudo sin hijos, que había llegado a considerar las tierras de Velasco como suyas por derecho de esfuerzo. Durante la “muerte” presunta de Luna, había gestionado las brañas con mano firme, ampliado los rebaños, negociado alianzas ventajosas con condes vecinos. En su mente, el viejo Gundemaro no duraría mucho más, y él, como pariente masculino más cercano, heredaría todo por costumbre y por la ley que favorecía a los varones en ausencia de heredera directa.
El regreso de Luna lo cambió todo.
Al principio, Rodrigo fingió lealtad. Inclinó la cabeza ante ella en la sala baja, ofreció banquetes en su honor, elogió la belleza del niño Antón. Pero Luna, curtida por años de supervivencia en la montaña, notó pronto las grietas: los criados leales a Rodrigo tardaban en obedecer sus órdenes; las provisiones para la cámara alta llegaban escasas; en las brañas, algunos pastores pagaban tributos directamente a él. Una noche, encontró una nota anónima bajo su puerta: “El sobrino trama. Cuidado con la leche del niño”.
No dudó. Convocó a Bermudo, el único en quien confiaba plenamente, y le ordenó vigilar en silencio. Al día siguiente, Luna tomó las riendas con la autoridad que había forjado en la soledad de Somiedo: no como una dama delicada, sino como un señor de guerra, con la presencia y el mando que muchos hombres envidiarían.
Reunió a todos los hombres de la torre en el patio al amanecer, con Antón en brazos de la nodriza y Bermudo a su lado. Vestía calzones de cuero, jubón ajustado y botas altas, el cabello recogido en una trenza práctica, una espada al cinto que había elegido del armero. Su voz resonó firme y ronca, como la de un capitán curtido en batallas.
—Escuchadme bien —dijo desde lo alto de las escaleras, su mirada glacial recorriendo las filas sin vacilar—. Soy Luna de Velasco, hija de Gundemaro, señora por derecho de sangre. He vuelto de la montaña donde sobreviví sola, cazando con arco, luchando contra lobos y tormentas, criando a mi hijo con mis propias manos. No soy la niña que huyó; soy la mujer que regresó para reclamar lo suyo. Desde hoy, yo mando aquí. Bermudo será mi mano derecha. Las órdenes salen de mi boca, no de la de Rodrigo.
Hubo murmullos. Algunos guardias leales a Rodrigo vacilaron, mirándola con escepticismo: una mujer al mando era algo inaudito. Luna no esperó dudas. Bajó al patio, tomó una espada de práctica y señaló al guardia más fuerte, un hombretón que había servido bajo Rodrigo.
—Tú. Entrena conmigo.
El hombre rio al principio, pero Luna lo desarmó en tres movimientos rápidos, la espada volando de su mano al suelo. Luego tomó un arco del armero y, desde cincuenta pasos, clavó tres flechas seguidas en el centro de la diana, una proeza que ni el mejor arquero de la torre igualaba. Los hombres callaron, impresionados. Luna era diestra como el mejor guerrero: años cazando en Somiedo habían afinado su ojo y su brazo hasta la perfección; su fuerza, nacida de la necesidad, superaba la de muchos hombres; y su don de mando —esa capacidad para leer el miedo y el respeto en los ojos ajenos, para comprender las necesidades de la gente sencilla— los conquistó.
—Quien me sirva con lealtad tendrá recompensa: tierras, ganado, protección —continuó, sin alzar la voz pero con una autoridad que no admitía réplica—. Quien conspire con mi primo traidor será expulsado… o peor. He vivido entre lobos; sé reconocer a los que muerden por la espalda. Y sé cuidar a los míos, como cuidé a mi hijo en la montaña.
Los hombres inclinaron la cabeza uno a uno, convencidos no por palabras dulces, sino por la demostración de fuerza y comprensión. Bermudo detuvo a dos guardias sospechosos esa misma tarde. Luna revisó los libros de cuentas personalmente, descubriendo desvíos de Rodrigo: monedas escondidas, ganado marcado con su sello privado. Ordenó confiscarlo todo y redistribuirlo entre los leales y los pastores más pobres, ganándose su devoción inmediata.
Rodrigo, acorralado, intentó resistir. Convocó a sus hombres más cercanos en los establos y murmuró planes de rebelión abierta.
—La prima Luna vuelve como un fantasma, con un bastardo de doncella —decía en voz baja, el veneno destilando—. ¿Vamos a obedecer a una mujer, por diestra que sea con el arco?
Pero Luna actuó primero. Esa noche, con Bermudo y un puñado de guardias fieles —ahora suyos por completo—, irrumpió en los aposentos de Rodrigo. Lo encontró preparando la fuga, con alforjas llenas de oro.
—Se acabó, primo —dijo Luna, la voz fría como la nieve de Somiedo, la espada en la mano—. Has robado lo que es mío. Podría hacerte ahorcar por traición, pero te daré una oportunidad que mi padre nunca me dio a mí: vete. Con lo puesto. Si vuelves o envías hombres contra mí, te cazaré como a un lobo, y mi flecha no fallará.
Rodrigo palideció, la rabia en los ojos, pero vio la determinación en los de Luna —la misma que había desarmado al guardia más fuerte— y en las espadas de los hombres que ahora la seguían a ella. Partió al amanecer, con solo su caballo y una capa, rumbo a las tierras del conde que una vez había pretendido a Luna. Pero sin oro ni hombres, su amenaza se desvaneció como niebla al sol.
Luna consolidó su poder con mano firme, mandando como si hubiera nacido hombre… o mejor. Entrenaba cada mañana con los guardias: espada en mano, desarmando a los más expertos hasta que ellos mismos pedían lecciones; arco en ristre, acertando blancos imposibles que inspiraban admiración. Pero no solo era fuerza: comprendía a la gente. Bajaba a las brañas, escuchaba quejas de pastores, reducía tributos a los más pobres, mediaba disputas con justicia rápida y ecuántrica. Los vaqueiros la llamaban pronto “la Señora de Hierro”, con respeto y cariño.
Reformó las defensas de la torre, entrenó a los guardias con tácticas aprendidas en la montaña, negoció alianzas con condes vecinos desde posición de fuerza. Gundemaro, desde su lecho, vio cómo su hija se convertía en la señora que él nunca imaginó. Una tarde, la llamó a su lado.
—Has hecho lo que yo no pude —susurró—. Mandas mejor que cualquier hombre que conocí. Perdóname, Luna.
Luna tomó su mano arrugada.
—Te perdono, padre. Pero la torre ya no es como antes. Es mía ahora. Y de Antón.
El viejo sonrió débilmente y, semanas después, murió en paz.
Luna gobernó entonces sin sombra alguna. Criaba a Antón con amor feroz, enseñándole a amar su marca como fuerza, no como secreto; lo entrenaba temprano con arco pequeño, preparándolo para ser tan diestro como ella. Y cada noche, en la cámara alta, hablaba con el viento que traía olor a tejos.
—Avelina, mi devota… mira lo que hemos conseguido. Tu hijo vivirá libre, y yo mandaré como la guardiana que siempre fui.
La torre de Velasco, bajo el mando de Luna, se convirtió en leyenda: la señora que regresó de la montaña, diestra con la espada y el arco como el mejor guerrero, con un don de mando que conquistaba corazones y comprendía almas, gobernando mejor que cualquier hombre.
Los tejos susurraban aprobación, como si Avelina, desde sus raíces eternas, sonriera orgullosa de la mujer que había amado y que ahora era dueña absoluta de su destino.
12º: La Muerte del Padre y la Corte del Rey
El invierno que siguió al regreso de Luna fue el más duro que la torre había conocido en años. La nieve cubrió las brañas hasta las rodillas de los hombres, los lobos aullaban cerca de los corrales, y el frío se colaba por las rendijas como un enemigo invisible. Gundemaro, ya reducido a una sombra de sí mismo, pasó los días postrado en su lecho de la sala baja, calentado por brasas constantes y envuelto en pieles de oso. Luna lo visitaba cada atardecer, llevando a Antón en brazos para que el viejo viera crecer a su nieto.
Hablaban poco, pero con una paz nueva. Gundemaro ya no intentaba mandar; solo preguntaba por el niño, por las brañas, por cómo Luna entrenaba a los guardias. Una tarde, con la voz apenas un hilo, dijo:
—Has hecho de esta torre algo que yo nunca logré, hija. Fuerte… y justa.
Luna tomó su mano arrugada, sin rencor ya.
—Aprendí en la montaña, padre. Donde nadie manda por miedo, sino por respeto.
Gundemaro sonrió débilmente y, esa misma noche, murió en silencio mientras la nieve caía fuera. No hubo agonía; solo un suspiro largo, como si al fin soltara el peso de los años y de los secretos.
La torre entró en luto. Los criados vistieron de negro, las campanas tañeron graves, y los pastores de las brañas subieron con ofrendas de queso y lana. Luna organizó el entierro con mano firme: Gundemaro fue sepultado junto a su esposa Aldara, bajo el tejo del jardín que él mismo había plantado años atrás. No hubo lágrimas públicas de su hija; solo una mirada larga a la tumba antes de volver a la sala baja.
Allí, ante Bermudo y los hombres principales, Luna habló con voz clara y ronca.
—Mi padre ha muerto. La torre de Velasco es mía por completo, por derecho de sangre y por su última voluntad. Pero el reino de León exige confirmación: los señores deben presentarse ante el rey para jurar lealtad y recibir el reconocimiento formal. Iré a la corte en León. Bermudo quedará al mando aquí; defended la torre como si yo estuviera presente.
Los hombres asintieron sin duda. Luna ya no vestía como dama: desde su regreso, había abandonado las túnicas de seda y los camisones finos. Llevaba calzones de cuero resistente, jubón ajustado que marcaba su figura fuerte pero práctica, botas altas y una capa de lana gruesa con el emblema del tejo bordado. La espada colgaba siempre a su cinto, el arco largo a la espalda, el cabello recogido en una trenza guerrera. Parecía un capitán de mesnada más que una señora noble, y así la respetaban: por su fuerza, por su ojo infalible con el arco, por su don de mando que comprendía el alma de los hombres sencillos.
Partió al amanecer siguiente, con una escolta de veinte guardias escogidos —los mejores arqueros y espadachines que ella misma había entrenado—. Antón quedó en la torre con la nodriza y criados leales, besado una y mil veces, con promesa de regreso pronto.
El viaje a León duró diez días, por caminos cubiertos de nieve que Luna guiaba con seguridad, leyendo el terreno como en Somiedo. Llegaron a la ciudad real al atardecer: León, con su muralla romana aún en pie, la catedral creciente y el palacio del rey Ordoño IV rodeado de tiendas de nobles y mercaderes.
La corte era un hervidero de condes, obispos y caballeros, todos convocados para asuntos de frontera y tributos. Luna entró en la sala del trono sin anuncio previo, vestida como guerrera: capa echada atrás, espada al cinto, botas manchadas de barro. Los murmullos corrieron como fuego: “La señora de Velasco… la que huyó y volvió… la que viste y manda como hombre…”
El rey Ordoño IV, un hombre joven pero endurecido por las guerras contra Córdoba, la recibió sentado en su trono de roble tallado. A su lado, consejeros y condes la miraron con curiosidad y escepticismo.
—Luna de Velasco —dijo el rey, la voz resonando en la sala—. Habéis venido a jurar lealtad por las tierras de vuestro padre, ahora fallecido.
Luna se arrodilló brevemente, pero se levantó rápido, la cabeza alta.
—Mi rey, vengo a confirmar lo que ya es mío por sangre: la torre y las brañas de Velasco. Mi padre ha muerto; yo soy la señora única. Juro lealtad al reino de León… y exijo el reconocimiento pleno de mi autoridad.
Un conde gallego rio bajo.
—¿Una mujer al mando pleno de tierras y hombres? ¿Vestida como un soldado? Esto es novedad, majestad. La ley favorece a los varones, y el niño Antón, aunque heredero directo, es menor.
Otros nobles murmuraron aprobación. El rey miró a Luna largo rato, sopesando.
—Vuestra fama os precede, señora Luna: la guardiana de Somiedo que regresó de entre los tejos, diestra con el arco y la espada. Habéis gobernado vuestras tierras con mano firme, eso es cierto. Pero el reino necesita estabilidad. Antón es varón y heredero directo. Hasta que alcance la mayoría, os nombro regente de sus tierras. Gobernaréis en su nombre, pero bajo supervisión de la corte. Cuando cumpla los catorce inviernos, él asumirá el mando pleno.
El silencio fue absoluto. Luna apretó los puños bajo la capa, la rabia contenida como una flecha tensada. Dio un paso adelante, la voz ronca y cortante como una hoja recién afilada.
—¿Acaso tengo que tener polla para no ser regente y mandar en mis tierras como merezco? —dijo, las palabras cayendo en la sala como una piedra en agua quieta—. He demostrado más valía que muchos hombres aquí: con el arco, con la espada, con el mando que hace que mis hombres me sigan por respeto, no por miedo. ¿Por qué el reino me niega lo que es mío solo porque nací mujer?
Los condes jadearon; algunos palidecieron, otros rieron nerviosos. El rey alzó una ceja, sorprendido por la crudeza, pero no interrumpió. Luna sabía que no podía mostrar su secreto —esa polla que llevaba desde el nacimiento, la marca de las guardianas antiguas que la hacía única—, porque revelarlo sería su ruina: rumores de hechicería, acusaciones de pacto con los espíritus paganos de los tejos, la pérdida de todo ante la Iglesia y la corte. Así que se contuvo, el fuego en los ojos pero las palabras medidas.
—Mi rey —continuó, la voz controlada pero vibrando de furia—. He defendido mis tierras sola en la montaña, he entrenado hombres que valen por dos de cualquier conde aquí presente. Comprendo la guerra y la paz mejor que muchos. ¿Por qué negarme el mando pleno, si he demostrado ser capaz?
El rey suspiró, influido por los consejeros que murmuraban sobre tradición y ley.
—La costumbre es clara, señora. Una mujer no hereda mando pleno cuando hay varón directo, aunque menor. Seréis regente: poderosa, sí, pero no señora absoluta hasta que Antón sea mayor. Jurad lealtad en esos términos, y la corte os reconocerá.
Luna miró a los condes: algunos con sorna, otros con respeto contenido. Tomó su arco entonces, tensó una flecha y la clavó en el centro de un escudo decorativo al fondo de la sala, a cincuenta pasos, con un silbido preciso que hizo callar a todos.
—Mi flecha no distingue género ni edad —dijo fría—. Pero juro lealtad, mi rey. Seré regente de mi hijo… y haré que la torre de Velasco sea más fuerte que nunca. Cuando Antón sea mayor, él decidirá si yo sigo mandando… o si alguien osa quitármelo.
El rey asintió, concediendo al menos eso.
—Quedad en pie, regente Luna de Velasco. Vuestra autoridad en las tierras del norte es reconocida… en nombre de vuestro hijo.
Los condes aplaudieron a regañadientes, pero la demostración y la crudeza de sus palabras habían sembrado respeto —y miedo— en muchos. Luna inclinó la cabeza, aceptando por ahora, pero en su interior juró que su regencia sería tan absoluta que nadie osaría cuestionarla.
Esa noche, en los aposentos asignados en el palacio, Luna miró por la ventana hacia el norte, donde Somiedo esperaba.
—Mi padre ha muerto —susurró al viento—. Y el rey me da solo la mitad de lo que es mío por miedo a lo que no tengo… o a lo que sí tengo y no puedo mostrar. Pero seré regente… y haré que Antón crezca sabiendo que su madre mandó como la guardiana que Avelina me ayudó a ser.
La corte del rey había visto nacer una nueva figura: la regente que vestía como guerrero, hablaba con crudeza de hombre, disparaba como un dios antiguo y gobernaría con mano de hierro hasta que su hijo —y ella— reclamaran lo que era suyo por derecho.
Los tejos lejanos susurraban aprobación, como si Avelina sonriera desde ellos, lista para guiar a su amada en la lucha que aún quedaba por venir.
13º: La Llamada del Rey y la Aceifa del Sur
Los años de regencia de Luna transcurrieron como las estaciones en las altas brañas de Somiedo: duros inviernos de nieve perpetua que cubría los pastos hasta las caderas de los hombres, primaveras que brotaban verdes y violentas con el deshielo de los ríos, veranos cortos donde el sol calentaba las piedras de la torre y los rebaños subían a los puertos altos, y otoños teñidos de rojo por los brezos y el aroma a humo de las cabañas. Era el año 958 del Señor, en tiempos del rey Ordoño IV, cuando el reino de León resistía con uñas y dientes las aceifas del califato de Córdoba, aún poderoso bajo Al-Hakam II. Las fronteras del Duero eran una herida abierta: aldeas repobladas un año con colonos cristianos traídos del norte, saqueadas al siguiente por jinetes moros que llegaban como tormenta del sur; parias pagadas en oro y ganado para comprar una paz que nunca duraba más de una estación.
En la torre de Velasco, Luna gobernaba con autoridad que nadie osaba cuestionar ya. Aunque el rey la había nombrado solo regente en nombre de Antón, ella mandaba como señora absoluta, con la mano firme de quien había sobrevivido sola en la montaña. Vestía siempre como guerrera: calzones de cuero curtido al estilo de los vaqueiros, jubón ajustado de lana gruesa sobre camisa de lino, botas altas reforzadas para el barro y la nieve, y una capa de piel de lobo con el emblema del tejo bordado en plata tosca. La espada colgaba a su cinto, el arco largo —hecho de tejo sagrado traído de Somiedo— siempre a la espalda. Su cabello rubio se recogía en una trenza práctica, y su voz ronca resonaba en el patio cada amanecer mientras entrenaba a los guardias con paciencia de cazadora.
Antón, ya un niño de siete inviernos, corría por la torre con arco pequeño de madera, imitando a su madre. Luna le enseñaba desde temprano a tensar la cuerda, a leer el viento antes de soltar la flecha, a amar la marca entre sus piernas como señal de los antiguos guardianes de los tejos, no como secreto vergonzoso. “Tu madre Avelina dio su vida por ti”, le repetía junto al fuego de la sala baja, mientras los criados escuchaban en silencio. “Yo te daré la fuerza para que nadie te doblegue, ni rey ni conde ni obispo”.
La paz se rompió una mañana de otoño, cuando el viento del sur trajo olor a humo lejano y el galope de un caballo exhausto anunció malas nuevas.
Luna estaba en el patio, corrigiendo la postura de un joven arquero. “El hombro más bajo, el aliento contenido… así”, decía con voz calmada pero firme, demostrando con su propio tiro una flecha que se clavó en el centro de la diana a sesenta pasos, con un silbido que hizo callar a los hombres. Los guardias aplaudieron; Antón, desde las escaleras de piedra, imitó el gesto con su arco de juguete y gritó emocionado: “¡Como madre!”.
Bermudo llegó corriendo desde la atalaya, el rostro pálido bajo la barba gris.
—Mi regente —jadeó—, un mensajero del rey. Viene de León, el caballo casi reventado por el galope.
El mensajero, un hombre joven con el emblema real cosido en la capa —un león rampante sobre fondo púrpura—, se arrodilló ante Luna en el patio, ante la mirada curiosa de guardias, criados y pastores que se habían acercado.
—Regente Luna de Velasco —dijo con voz entrecortada por el cansancio, el polvo del camino aún en el rostro—. El rey Ordoño os convoca con urgencia. Una aceifa grande ha cruzado el Duero. Liderada por Ibn Abi Amir, capitán joven pero cruel del califa Al-Hakam. Han saqueado Toro y Zamora, quemado aldeas enteras, llevado cientos de cristianos como esclavos a Córdoba. Iglesias profanadas, campos incendiados. El rey reúne a todos los señores del norte: tropas para defender la ciudad de León y rechazarlos al sur antes de que lleguen más refuerzos cordobeses.
Luna envainó la flecha que aún sostenía, el rostro endurecido como el granito de las montañas.
—¿Cuántos hombres pide de Velasco? —preguntó, la voz resonando en el patio.
—Todos los que podáis enviar, mi regente. Cincuenta, cien si es posible. Y que vos misma os pongáis al frente. El rey dice que vuestras flechas y vuestro mando valen por un ejército entero. Habla de vos como “la guardiana del norte”, la que doblega a los hombres con una sola mirada.
Los guardias rugieron aprobación, golpeando escudos con lanzas. Luna miró a Antón, que la observaba con ojos grandes y curiosos desde los brazos de la nodriza.
—Preparad sesenta hombres —ordenó con voz firme, sin vacilar—. Los mejores arqueros y lanceros. Bermudo quedará al mando de la torre y de mi hijo. Partiremos al alba. Que las mujeres preparen provisiones: pan duro cocido dos veces, queso curado envuelto en tela, cecina ahumada, cantimploras llenas. Y que los herreros afilen todas las flechas; quiero puntas de hierro que atraviesen las cotas moras.
Esa noche, Luna veló sola en la cámara alta, junto a la ventana que daba a Somiedo. El viento traía olor a brezo y a lluvia lejana, y la luna menguante iluminaba los tejos del jardín como guardianes plateados.
—Avelina, mi devota —susurró al viento, la voz quebrada por un instante—. Los moros vienen otra vez, como en los tiempos de mi padre. Defenderé lo nuestro como tú me defendiste a mí con tu vida. Nuestro hijo crecerá en un reino que no se doblega ante Córdoba.
Al amanecer, la mesnada partió: sesenta hombres bajo el estandarte del tejo plateado sobre fondo azul, bordado por manos de las mujeres de la torre. Luna cabalgaba al frente, vestida para la guerra: cota de malla ligera sobre cuero curtido, yelmo simple de hierro con nasal, espada al cinto, arco largo a la espalda. Antón la despidió desde el patio en brazos de la nodriza, agitando su manita y gritando “¡Madre vuelve pronto!” con voz infantil que partió el corazón de Luna.
El camino al sur fue rápido y duro, por senderos de montaña que Luna guiaba con seguridad, leyendo el terreno como en sus cacerías de Somiedo. Se unieron a otras huestes por el camino: condes gallegos con lanceros pesados armados con lanzas largas y escudos redondos, señores astures con arqueros de montaña como los suyos. Todos miraban con respeto a la regente que mandaba como capitán de batalla, su presencia imponente en el caballo.
En el campamento real cerca de la frontera del Duero —un hervidero de tiendas de lana teñida, fuegos humeantes donde se asaban cabras robadas a los moros, y hombres rezando ante cruces improvisadas de madera—, el rey Ordoño la recibió en su tienda de campaña, rodeado de mapas dibujados en piel de ciervo y consejeros con rostros cansados por las vigilias.
—Regente Luna —dijo el rey, más viejo y cansado que en su última visita, pero con ojos vivos bajo la corona simple de hierro—. Vuestra fama ha crecido hasta las fronteras. Dicen que vuestros arqueros son los mejores del norte, y que mandáis hombres como el gran Ramiro.
Luna inclinó la cabeza, pero con firmeza.
—Mi rey, mis sesenta hombres están listos. Dadnos el flanco derecho: terreno elevado como mis montañas de Somiedo. Desde allí, mis flechas detendrán su carga antes de que lleguen a vuestras líneas.
El rey asintió, impresionado.
—Concedido. Vuestra posición será clave.
La batalla llegó días después, en las llanuras cerca de Simancas, donde años atrás Ramiro II había vencido gloriosamente. La aceifa mora, cargada de botín pero desorganizada por el peso del saqueo —carros de grano robado, rebaños de ovejas y vacas, prisioneros cristianos encadenados—, fue sorprendida por el ejército cristiano unido. Los jinetes cordobeses cargaron con furia bajo banderas verdes bordadas con versos del Corán, al grito de “Allahu Akbar”, lanzas en ristre y cimitarras curvas reluciendo al sol poniente.
Luna, desde la colina asignada, ordenó la lluvia de flechas con voz que resonó sobre el viento y el clamor de la batalla.
— ¡Tensad! —gritó a sus arqueros—. ¡Apuntad a los caballos y a los estandartes! ¡Soltad!
Las flechas volaron precisas, mortales: una nube negra que desmontó a decenas de jinetes antes de que tocaran las líneas cristianas, rompiendo su formación como un martillo rompe el yunque. Los moros vacilaron; Luna bajó entonces con sus hombres al cuerpo a cuerpo, espada en mano. Luchaba con ferocidad salvaje: desarmaba enemigos con movimientos fluidos nacidos de años cazando en Somiedo, protegía a sus guardias como una loba a sus cachorros, comprendiendo en cada instante dónde golpear para romper la línea enemiga.
—“¡Por León! ¡Por Velasco! ¡Por los tejos!” —gritaban sus hombres, inspirados por su regente que peleaba en primera línea, el cabello suelto al viento bajo el yelmo.
Los cristianos vencieron decisivamente. Los moros huyeron en desbandada hacia el sur, dejando botín abundante, prisioneros liberados que lloraban de alegría y caían de rodillas ante las cruces, y cientos de muertos en el campo, sus cuerpos cubiertos de flechas como erizos.
Pero Luna, desde la colina, vio que muchos escapaban aún organizados, con su capitán Ibn Abi Amir al frente, arrastrando carros de botín y cadenas de prisioneros.
Al atardecer, en la tienda del rey, mientras los hombres celebraban con vino aguado de odres y cantos a Santiago Matamoros, Luna entró sin anuncio, aún con la armadura manchada de sangre mora y polvo.
—Mi rey —dijo con voz firme, arrodillándose brevemente pero levantándose rápido—. Hemos vencido, pero no basta. Los moros huyen con botín y prisioneros cristianos. Debemos perseguirlos ahora, sin descanso. No dejar que ninguno llegue vivo a Córdoba. Que sepan que si cruzan el Duero, ninguno regresará jamás. Una carga rápida con jinetes ligeros los destrozará antes de que crucen el río y se refugien en sus fortalezas.
El rey la miró, impresionado por su audacia, pero vaciló, mirando a sus consejeros y condes que murmuraban.
—Vuestra idea es buena, regente Luna. Una persecución rompería su moral para años. Mandaré un grupo de doscientos jinetes ligeros, los más rápidos, para alcanzarlos y hostigarlos hasta el Duero.
Luna inclinó la cabeza, esperando.
—Dadme el mando de ellos, mi rey. Mis hombres conocen la caza en terreno abierto; sabemos perseguir presa herida hasta el agotamiento.
El rey suspiró, influido por los murmullos de condes y obispos que hablaban de tradición y decoro.
—No puedo, regente. Sois mujer, aunque valiente como ninguna. Los hombres no aceptarían una mujer al mando en persecución abierta; murmurarían, desobedecerían en momento crítico, y la unidad se rompería. Nombraré a Don Nuño de Lara, conde de Castilla, para liderar. Él tiene experiencia en estas fronteras. Vos podréis aconsejar, pero no mandar.
Luna apretó los puños bajo la capa, la rabia contenida, pero asintió con frialdad.
—Como ordenéis, mi rey. Que Don Nuño mande, pero incluya a mis arqueros de Velasco en vanguardia; son los que mejor conocen el tiro largo.
Partieron al alba siguiente: doscientos jinetes ligeros, con Don Nuño de Lara al frente —un conde arrogante de mediana edad, de barba negra y mirada desdeñosa hacia Luna— y los arqueros de Velasco como punta de lanza.
La persecución fue implacable durante días: hostigando la retaguardia mora, cortando rezagados, liberando prisioneros que se unían a la carga con furia cristiana. Pero en una emboscada en un vado del Esla, los moros contraatacaron con arqueros ocultos en los carrizos. Don Nuño, al frente por orgullo, cayó atravesado por tres flechas en el pecho, su caballo relinchando en agonía mientras se hundía en el río.
El caos amenazó con romper la formación cristiana. Los hombres vacilaron, mirando al cuerpo del conde muerto flotando en el agua turbia, sin líder claro.
Luna no dudó. Espoleó su caballo al frente, espada en alto, voz resonando como trueno sobre el río.
— ¡A mí, hombres de León! ¡Por Santiago y por la cruz! ¡Yo mando ahora! ¡Arqueros de Velasco, a la orilla izquierda! ¡Lanceros, flanquead por el bosque! ¡No dejéis que escapen!
Sus guardias de Velasco obedecieron al instante; los otros, viendo su determinación y recordando su valía en Simancas, la siguieron sin cuestionar. Luna reorganizó la línea en minutos: flechas cubriendo la retirada mora, lanceros flanqueando el vado. Rompieron la emboscada, matando a los arqueros ocultos y continuando la persecución con renovada furia.
Desde entonces, nadie cuestionó su mando. Luna lideró la carga con ferocidad: cruzaron el Duero en un vado poco vigilado, adentrándose en tierras moras por primera vez en años. Hostigaron la columna en fuga noche y día, cortando suministros, incendiando carros de botín, liberando todos los prisioneros. Ibn Abi Amir escapó por poco con un puñado de jinetes exhaustos, pero su aceifa fue aniquilada: ninguno de los saqueadores regresó a Córdoba con vida o con oro. Los campos al sur del Duero quedaron sembrados de cadáveres moros, y las guarniciones cordobesas temblaron al oír el nombre de la “mujer del norte” que había cruzado el río como un demonio cristiano.
Mensajeros llevaron noticias al rey: victoria total, la mayor desde Simancas, pero lograda por la desobediencia de una mujer que había tomado mando sin permiso, cruzado el Duero y prolongado la guerra en tierras infieles.
El rey, presionado por condes envidiosos —que veían en Luna una amenaza a su propio poder— y obispos escandalizados por una mujer guerrera profanando tierras musulmanas con sangre, no premió a Luna. En cambio, la castigó con severidad: una multa pesada en oro y ganado por “exceder su autoridad como regente y mujer”, supervisión más estricta de la corte en sus tierras —con un administrador real impuesto en Velasco—, y prohibición expresa de liderar tropas nuevamente “hasta que el heredero sea mayor y la costumbre sea respetada”.
Luna recibió la noticia en un campamento improvisado al sur del Duero, rodeada de sus hombres exhaustos pero victoriosos, con prisioneros liberados cantando himnos cristianos alrededor de las hogueras.
Sonrió con amargura, la mirada fija en el horizonte donde Córdoba se ocultaba lejana.
—Que el rey castigue —dijo a sus capitanes junto al fuego, la voz ronca pero inquebrantable—. Nosotros sabemos la verdad: ningún moro regresó para contar su saqueo, y el Duero es ahora frontera de miedo para ellos. Yo me quedo aquí, al sur del río, con quienes quieran seguirme. Hostigaremos sus guarniciones, liberaremos aldeas, fortaleceremos la marca hasta que el califa tiemble al oír el nombre de Velasco.
Sus hombres rugieron aprobación. Luna no regresó a la torre. Se quedó en la frontera, con un grupo reducido de voluntarios leales —sus arqueros de Velasco y lanceros endurecidos por la campaña—, viviendo en campamentos móviles, atacando convoyes moros, incendiando almacenes, liberando cristianos cautivos. Se convirtió en sombra temida para los cordobeses: la “mujer del norte” que aparecía como fantasma en la niebla y desaparecía con botín enemigo.
Meses se convirtieron en estaciones. El rey enviaba cartas furiosas exigiendo su regreso, amenazando con confiscar tierras; Luna respondía con mensajeros que traían cabezas de capitanes moros como prueba de su utilidad. La corte la castigaba con multas y decretos, pero no osaba enviar tropas contra ella: sus victorias mantenían la frontera segura, y los hombres del norte la admiraban en secreto.
Luna miró una noche al norte, desde un campamento en las llanuras del Duero, el fuego crepitando y sus hombres durmiendo alrededor.
—Avelina, mi devota… el rey me castiga por ser mujer. Pero yo he hecho lo que ningún hombre osó: cruzar el Duero y hacer que los moros teman nuestro nombre. Antón crecerá sabiendo que su madre no se doblegó.
La regente Luna se convirtió en leyenda viva al sur del río: la Señora de Hierro exiliada por su propia victoria, la mujer que vestía como guerrero, luchaba como león y gobernaba la frontera con sabiduría que ningún hombre igualaba… pagando el precio de su valentía con el desprecio de una corte que temía su fuerza.
Los tejos lejanos de Somiedo susurraban aprobación, como si Avelina, desde sus raíces eternas, sonriera orgullosa de la mujer que había amado y que ahora protegía su legado con sangre y acero, desafiando incluso al rey.
14º: La Dama Irresistible ante el Rey
Los meses al sur del Duero convirtieron a Luna en una figura mítica. Lo que empezó como un grupo reducido de leales se hinchó como un río en deshielo. A sus hombres de Velasco se unieron desertores de otras mesnadas, cristianos liberados de las cadenas moras que juraban venganza, pastores fronterizos que conocían los vados ocultos, incluso algunos jinetes gallegos y castellanos que, hartos de condes indecisos, preferían seguir a la “Señora de Hierro” que no perdía batalla.
Sus incursiones eran legendarias: ataques relámpago a guarniciones cordobesas, convoyes incendiados en la noche, prisioneros liberados que se unían a su bando. Ibn Abi Amir, el capitán que había escapado por poco, enviaba mensajeros al califa contando historias de una mujer demonio del norte, rubia como el oro franco, que disparaba flechas infalibles y mandaba con voz de trueno. En las aldeas repobladas del Duero, los curas predicaban sobre “la nueva Judith cristiana”; en Córdoba, los poetas la llamaban “la loba de los tejos”.
Luna no regresaba a la torre. Vivía en campamentos móviles, durmiendo bajo tiendas de cuero o en cuevas, comiendo lo que la caza y el saqueo daban. Su fama creció hasta el punto de que el rey Ordoño, presionado por obispos que temían una rebelión abierta en la frontera y por condes envidiosos de su éxito, envió un ultimátum: “Regresad a vuestras tierras o seréis declarada fuera de la ley”.
Luna decidió ir a la corte, pero esta vez a su manera.
Llegó a León un día de primavera, cuando la ciudad bullía con mercaderes y peregrinos camino a Santiago. No entró como guerrera: dejó la armadura y el arco en el campamento, se bañó en un río cercano y se vistió como dama por primera vez en años.
Eligió con cuidado: una túnica de seda azul traída de botín moro, ceñida a la cintura con un cinturón de plata que marcaba su figura fuerte pero femenina. El escote era generoso, revelando la piel pálida de su cuello y el inicio de sus pechos firmes. El cabello rubio, lavado y peinado, caía suelto en ondas hasta la cintura, sujeto solo por una diadema de oro sencilla. Se pintó los labios con carmín sutil, los ojos con kohl traído de un mercader árabe capturado, y se perfumó con esencia de rosas. Calzaba zapatos de cuero fino, y sobre todo llevaba una capa de terciopelo verde bordada con tejos plateados.
Era hermosa, irresistible: la fuerza de la guerrera contenida en la gracia de una dama de alta cuna. Los hombres de la ciudad se volvían al verla pasar; las mujeres murmuraban con envidia. Sus guardias, ahora cientos, la escoltaban a distancia respetuosa, pero ella cabalgaba sola al frente, erguida y serena.
En la sala del trono, la corte estaba reunida para un consejo sobre la frontera. El rey Ordoño, rodeado de condes y obispos, la vio entrar y se quedó sin palabras. Los murmullos corrieron: “Es ella… la Señora de Hierro… pero vestida como princesa…”
Luna se acercó al trono con paso elegante, arrodillándose brevemente pero levantándose con gracia felina.
—Mi rey —dijo con voz suave pero firme, la misma que había resonado en campos de batalla—. Vengo a responder a vuestra llamada. He mantenido la frontera sur segura estos meses, como ningún hombre lo hizo. Mis acciones han salvado más cristianos que todas las parias pagadas en años.
El rey la miró largo rato, los ojos recorriendo su figura: la belleza irresistible que contrastaba con la fama de guerrera feroz.
—Regente Luna —dijo al fin, la voz algo temblorosa—. Vuestra… fama os precede en doble medida. Habéis excedido órdenes, cruzado el Duero, prolongado la guerra sin permiso. La corte exige castigo.
Luna sonrió, una sonrisa peligrosa y seductora que hizo palidecer a algunos condes.
—Castigadme si queréis, mi rey. Multadme, quitadme tierras. Pero sabed que mientras yo viva al sur del Duero, ningún moro cruzará sin pagar caro. Mis hombres me siguen porque ven resultados, no títulos. Y el pueblo canta mi nombre en las aldeas liberadas.
Un obispo murmuró sobre decoro; un conde envidioso habló de traición. Pero muchos nobles jóvenes la miraban con admiración abierta, y algunos veteranos asentían en silencio.
El rey, dividido entre la tradición y la necesidad de su valía militar, habló al fin.
—Quedaos en León unos días, regente. Hablaremos en privado. Vuestra… presencia es necesaria en la corte.
Luna inclinó la cabeza, los ojos brillando con victoria contenida.
—Como ordenéis, mi rey.
Esa noche, en los aposentos reales asignados —cámara lujosa con cortinas de seda y baño caliente—, Luna se miró en un espejo de bronce pulido por primera vez en años. Vio a la dama guapa e irresistible que había sido una vez, pero con los ojos de la guerrera que nunca dejaría de ser.
—Avelina, mi devota —susurró al reflejo—. He vuelto vestida como ellos quieren… pero mi fuerza sigue siendo la misma. Usaré su deseo y su miedo para que Antón herede libre.
La corte de León bullía con rumores: la Señora de Hierro había llegado como dama irresistible, y nadie sabía si conquistaría al rey con belleza o lo desafiaría con acero.
Los tejos lejanos susurraban aprobación, como si Avelina sonriera desde ellos, orgullosa de la mujer que había aprendido a usar todas sus armas —la espada, el arco y su propia belleza— para proteger su legado.
Capítulo Quince: La Reunión Privada
La corte de León bullía con rumores durante los días que Luna permaneció en la ciudad. La “Señora de Hierro” vestida como dama irresistible había conquistado miradas y susurros: nobles jóvenes la cortejaban con poemas torpes, obispos la miraban con recelo, condes envidiosos murmuraban sobre su “arrogancia femenina”. Pero el rey Ordoño IV, intrigado como nunca, la convocó a una audiencia privada en sus aposentos reales al tercer atardecer.
La cámara era lujosa para los estándares del reino: paredes tapizadas con telas traídas de comercio con los francos, un lecho amplio con cortinajes de seda, un hogar donde crepitaba fuego de encina, y una mesa con vino de las tierras del sur y frutas secas. El rey, ya en la madurez pero aún vigoroso, la esperaba vestido con túnica de lana fina bordada en oro, la corona dejada a un lado para dar intimidad.
Luna entró sola, sin escolta. La túnica de seda azul se adhería a su cuerpo como una segunda piel, el escote generoso dejando ver la curva de sus pechos firmes, la cintura ceñida marcando la fuerza contenida de sus caderas. El cabello suelto caía en ondas doradas, los labios pintados de carmín sutil, los ojos realzados con kohl que los hacía parecer más profundos y glaciales. Se movía con gracia felina, pero con la seguridad de quien sabe portar espada bajo la seda.
—Mi rey —dijo con voz suave, inclinándose en una reverencia perfecta pero breve—. Me habéis llamado.
Ordoño se levantó, los ojos recorriéndola sin disimulo. La belleza de Luna, combinada con la fama de su ferocidad, lo había obsesionado desde su llegada.
—Regente Luna… o debería decir simplemente Luna —respondió, acercándose con una copa de vino en la mano—. Sentíos como en casa. Hemos de hablar de la frontera… y de otras cosas.
Ofreció la copa; Luna la aceptó, bebiendo despacio mientras él se sentaba en un escabel cercano, invitándola a hacer lo mismo en el lecho. La conversación empezó con política: la frontera del Duero, las victorias de Luna al sur del río, la necesidad de mantener la presión sobre Córdoba.
—Habéis hecho lo que mis condes no osaron —admitió el rey, la voz baja—. Pero una mujer… en guerra abierta… escandaliza a la corte.
Luna sonrió, cruzando las piernas con elegancia, la seda subiendo ligeramente por sus muslos fuertes.
—Escandalice o no, mi rey, mis acciones han salvado más cristianos que vuestras parias. Y mis hombres me siguen porque ven resultados, no porque tema su género.
El rey se acercó más, el vino soltando su lengua y avivando su deseo. La tomó de la mano, rozando con el pulgar su piel.
—Sois hermosa como ninguna dama que haya visto… y valiente como el mejor caballero. Quizá la corte se equivoque. Quizá una mujer como vos merezca más que regencia.
Luna dejó que la mano del rey subiera por su brazo, que rozara su cuello. Sabía lo que venía; lo había planeado. Dejar que el deseo del rey nublara su juicio, que viera en ella no solo amenaza, sino mujer irresistible. Se inclinó ligeramente, dejando que el escote revelara más, que su perfume de rosas lo envolviera.
—Mi rey… —susurró, la voz ronca ahora con un matiz seductor—. Si me veis como mujer, quizá podáis concederme lo que como guerrera me negáis.
Ordoño, excitado, la atrajo hacia sí. Besó su cuello, sus labios, las manos bajando por la seda hacia sus pechos. Luna respondió con besos calculados, dejando que la túnica se abriera, que él explorara su cuerpo fuerte pero femenino. Cuando las manos del rey bajaron más, hacia la cintura y los muslos, Luna se dejó llevar un instante, guiando su toque.
El rey jadeaba ya, la pasión desatada. Desató el cinturón de Luna, levantó la seda… y entonces lo vio.
Entre las piernas de Luna, bajo la suavidad femenina, se alzaba su miembro: grande, venoso, endurecido por la excitación del momento y por la adrenalina de la revelación planeada.
Ordoño retrocedió como si hubiera tocado fuego, los ojos abiertos en horror y fascinación.
—Dios mío… —balbuceó—. ¿Qué… qué sois?
Luna se incorporó despacio, sin cubrirse, la cabeza alta, el miembro erecto como desafío. Su belleza irresistible ahora se mezclaba con lo imposible, lo sagrado y lo prohibido.
—Soy lo que los antiguos tejos guardan, mi rey —dijo con voz firme, sin vergüenza—. Mujer y guardiana. Llevo esta marca desde mi nacimiento, como las sacerdotisas de antaño que mandaban y amaban sin pedir permiso. He gobernado, he luchado, he vencido… con esto y con mi arco. Ahora lo sabéis. ¿Me castigaréis por ello… o me reconoceréis como la fuerza que vuestro reino necesita?
El rey retrocedió más, pálido, haciendo la señal de la cruz. Pero en sus ojos había algo más: temor reverencial, deseo confuso, cálculo político.
—Esto… esto es brujería… o milagro —murmuró—. La corte… los obispos…
Luna se acercó, aún descubierta, irresistible en su desnudez poderosa.
—Elige, mi rey. Castígame y pierde la frontera que he defendido. O reconóceme como soy: tu mejor capitana, tu regente plena. Y quizá… algo más, si lo deseas.
Ordoño tragó saliva, dividido entre dogma, deseo y necesidad. La habitación olía a sexo interrumpido, a perfume y a miedo.
Luna esperó, erguida como una diosa pagana en la cámara cristiana.
La decisión del rey cambiaría todo.
Y Avelina, desde los tejos lejanos, parecía susurrar aprobación por la valentía de su amada.
15º: La Reunión Privada y el Secreto Revelado
La corte de León bullía con rumores durante los días que Luna permaneció en la ciudad. La “Señora de Hierro” vestida como dama irresistible había conquistado miradas y susurros: nobles jóvenes la cortejaban con poemas torpes, obispos la miraban con recelo, condes envidiosos murmuraban sobre su “arrogancia femenina”. Pero el rey Ordoño IV, intrigado como nunca por la mujer que combinaba belleza devastadora con fama de guerrera invencible, la convocó a una audiencia privada en sus aposentos reales al cuarto atardecer.
La cámara era lujosa para los estándares del reino: paredes tapizadas con telas traídas de comercio con los francos que representaban cacerías y batallas antiguas, un lecho amplio con dosel de seda roja traída de botín moro, un hogar donde crepitaba fuego de encina perfumada con resina, y una mesa baja con vino dulce de las tierras del sur, frutas secas, pan fresco y queso curado. El rey la esperaba vestido con túnica de lana fina bordada en oro, sin corona para dar intimidad, la barba recortada y los ojos oscuros brillando con anticipación.
Luna entró sola, como había sido convenido. La túnica de seda azul se adhería a su cuerpo como una caricia, el escote profundo revelando la curva pálida de sus pechos firmes y altos. La cintura ceñida con el cinturón de plata marcaba la fuerza contenida de sus caderas anchas pero musculosas, fruto de años cabalgando y entrenando en Somiedo. El cabello rubio caía suelto en ondas perfectas hasta la cintura, brillando como oro líquido a la luz de las velas. Los labios pintados de carmín sutil, los ojos realzados con kohl que los hacía parecer lagos glaciales profundos e hipnóticos. Se perfumaba con esencia de rosas y ámbar, un aroma exótico que envolvía la habitación al moverse. Calzaba zapatos de cuero fino que acentuaban la gracia de sus pasos, y la capa de terciopelo verde había quedado en la antecámara.
Era irresistible: una dama de belleza devastadora, con la fuerza de una guerrera contenida bajo la seda, una presencia que hacía que el aire pareciera más denso, más cargado de promesas.
Ordoño se levantó al verla, los ojos devorándola sin disimulo.
—Luna… —dijo con voz baja, ofreciéndole una copa de vino—. Sentíos como en casa. Hemos de hablar… de muchas cosas.
Luna aceptó la copa, bebiendo despacio mientras él se sentaba en un escabel cercano, invitándola con un gesto a hacer lo mismo en el borde del lecho. La conversación empezó con cautela: la frontera del Duero, las victorias de Luna al sur del río que habían hecho temblar a Córdoba, la necesidad de mantener la presión sobre el califato sin provocar una guerra total que agotara el reino.
—Habéis hecho lo que mis condes no osaron —admitió el rey, acercándose más, la voz bajando de tono—. Pero una mujer… en guerra abierta… escandaliza a la corte y a la Iglesia.
Luna sonrió, cruzando las piernas con elegancia felina, la seda subiendo ligeramente por sus muslos fuertes y pálidos.
—Escandalice o no, mi rey —respondió con voz suave pero firme—, mis acciones han salvado más cristianos que vuestras parias pagadas en años. Y mis hombres me siguen porque ven resultados, no porque tema su género.
El rey tomó su mano, rozando con el pulgar la piel cálida.
—Sois hermosa como ninguna dama que haya visto en esta corte… y valiente como el mejor caballero. Quizá la tradición se equivoque. Quizá una mujer como vos merezca más que regencia… más que títulos.
Sus ojos brillaban con deseo evidente. Luna dejó que la mano del rey subiera por su brazo, que rozara su cuello, que bajara hacia el escote. Se inclinó ligeramente, dejando que el perfume la envolviera, que su aliento cálido rozara la oreja del rey.
—Mi rey… —susurró, la voz ronca ahora con matiz seductor—. Si me veis como mujer, quizá podáis concederme lo que como guerrera me negáis.
Ordoño, excitado, la atrajo hacia sí con urgencia contenida. Besó su cuello, sus labios, las manos bajando por la seda hacia sus pechos firmes. Luna respondió con besos calculados, dejando que la túnica se abriera, que él explorara su cuerpo fuerte pero femenino: los pechos altos y redondos, la cintura marcada, los músculos sutiles bajo la piel pálida. Jadeos llenaron la cámara; el rey la tumbó suavemente en el lecho, desatando el cinturón, levantando la seda con manos temblorosas de deseo.
Cuando las manos del rey bajaron más, hacia la entrepierna, rozando la piel caliente… lo encontró.
Entre las piernas de Luna, bajo la suavidad femenina húmeda de excitación, se alzaba su miembro: grande, venoso, completamente erecto, palpitante y goteando en la punta por la tensión del momento.
Ordoño retrocedió como si hubiera tocado fuego, los ojos abiertos en horror y fascinación.
—Dios mío… —balbuceó—. ¿Qué… qué sois?
Luna se incorporó despacio, sin cubrirse, la cabeza alta, el miembro erecto como desafío. Su belleza irresistible ahora se mezclaba con lo imposible, lo sagrado y lo prohibido.
—Soy lo que los antiguos tejos guardan, mi rey —dijo con voz firme, sin vergüenza—. Mujer y guardiana. Llevo esta marca desde mi nacimiento, como las sacerdotisas de antaño que mandaban ejércitos y amaban sin pedir permiso. He gobernado, he vencido batallas, he hecho temblar a Córdoba… con esto y con mi arco. Ahora lo sabéis. ¿Me castigaréis… o me reconoceréis como la fuerza que vuestro reino necesita?
El rey se quedó paralizado un instante, el horror religioso luchando con un deseo confuso y prohibido. Sus ojos se fijaron en el miembro erecto de Luna, grande y venoso, palpitante ante él. Tragó saliva, la respiración pesada.
—Esto… esto es imposible —murmuró, pero no llamó a los guardias. Se acercó de nuevo, vacilante, como hipnotizado.
Luna vio la oportunidad. Tomó la mano del rey y la guió hacia su miembro, dejando que lo rozara.
—Tócalo, mi rey —susurró seductora—. Siente lo que soy. No demonio, sino bendición de los antiguos. Puedo dar placer como mujer… y como esto.
Ordoño, vencido por la curiosidad y la lujuria, no se apartó. Sus dedos rozaron el miembro, luego lo rodearon con mano temblorosa. Luna jadeó suavemente, endureciéndose más bajo su toque.
El rey, dividido entre dogma y deseo, se arrodilló lentamente ante ella. Miró el miembro erecto, goteando ya, y luego alzó los ojos hacia Luna, que lo observaba con dominio sereno.
—Mi… guardiana —murmuró el rey, la voz rota.
Y entonces, inclinándose, tomó el miembro de Luna en su boca. Chupó despacio al principio, explorando con lengua torpe pero ansiosa, la saliva envolviendo el glande ancho. Luna gimió bajo, agarrando el cabello del rey con gentileza dominante, guiando sus movimientos.
—Sí… así, mi rey —susurró ronca—. Chupa mi polla como el secreto que ahora compartimos.
Ordoño obedeció, chupando con más urgencia, la boca subiendo y bajando por el tronco venoso, lengua lamiendo las gotas que brotaban. Luna embistió suavemente su boca, follando los labios reales con control, gemidos resonando en la cámara.
El placer subió rápido. Luna se corrió con un gruñido bajo, semen caliente llenando la boca del rey, chorros desbordando por sus labios mientras él tragaba con devoción inesperada, los ojos cerrados en éxtasis prohibido.
Cuando terminó, Ordoño se apartó jadeante, el rostro manchado, mirando a Luna con mezcla de sumisión y adoración.
—Sois… un milagro —dijo al fin—. O un pacto con poderes antiguos. Pero nadie sabrá esto. Vuestra autoridad será plena: señora absoluta de Velasco, mando sobre tierras y tropas sin supervisión. Y la frontera… queda en vuestras manos.
Luna sonrió, acariciando su mejilla.
—Sabia decisión, mi rey. Este secreto nos une ahora. Vuestra frontera estará segura… y quizá volvamos a compartirlo.
El rey asintió, vencido por completo. Pero entonces, con voz aún temblorosa por el placer reciente, añadió:
—Hay alguien más que debe saberlo… para que sea secreto de tres, no de dos. Mandaré llamar a la reina. Ella llegará mañana de su retiro en el monasterio cercano. Los tres juntos… sellaremos esto.
Luna alzó una ceja, intrigada y divertida.
—Como deseéis, mi rey. Esperaré a la reina.
Ordoño llamó a un sirviente y dio la orden en voz baja. La reina llegaría al día siguiente.
Luna se vistió con calma, irresistible incluso después del acto. Salió de la cámara con la cabeza alta, el secreto sellado con placer real… y la promesa de algo más.
La corte nunca supo lo ocurrido. Pero al día siguiente, un decreto real confirmó a Luna como señora plena de Velasco, con mando absoluto sobre tierras y tropas.
Luna permaneció en León, esperando la llegada de la reina.
—Avelina, mi devota —susurró al viento esa noche—. He conquistado al rey con mi cuerpo y mi verdad. Mañana… veremos qué trae la reina.
Los tejos lejanos susurraban curiosidad, como si Avelina esperara el siguiente acto en la leyenda de su amada.
16º: La Llegada de la Reina
La reina doña Urraca llegó a León al mediodía siguiente, escoltada por un séquito numeroso de damas de compañía, clérigos y guardias reales. Era una mujer de unos treinta inviernos, de belleza serena pero ardiente: el cabello negro azabache recogido en trenzas elaboradas adornadas con perlas finas, la piel oliva heredada de linajes gallegos que brillaba suavemente al sol de mediodía, los ojos verdes profundos como esmeraldas que ocultaban una inteligencia aguda y una pasión contenida. Su figura era voluptuosa, acentuada por los partos: los pechos plenos y altos que presionaban la túnica de seda verde bordada en oro, la cintura marcada que se ensanchaba en caderas anchas y redondas, las piernas largas ocultas bajo el manto de terciopelo que arrastraba ligeramente al caminar con gracia regia. Su reputación era de piedad pública y discreción en la corte, pero quienes la conocían de cerca sabían de su fuego interior: había sido la confidente del rey en asuntos de Estado y de alcoba, y su consejo valía más que el de muchos obispos.
El rey la recibió en la sala del trono con cortesía pública, besando su mano ante la corte reunida, pero sus ojos traicionaban ansiedad y excitación contenida. Le susurró al oído que necesitaba hablar en privado con ella y con la regente Luna de Velasco esa misma tarde. Urraca alzó una ceja perfectamente arqueada; los rumores de la corte ya habían llegado a sus oídos durante el viaje: la hermosa guerrera del norte que había llegado vestida como dama irresistible y había cautivado al rey hasta el punto de que él apenas dormía.
—¿Otra amante, esposo mío? —preguntó Urraca en voz baja mientras caminaban hacia los aposentos privados, la sonrisa fría pero los ojos brillando con celos—. La corte murmura que habéis perdido la cabeza por esa mujer de las montañas, que la miráis como si fuera una diosa pagana.
Ordoño palideció ligeramente, pero su voz tembló de excitación.
—Esperad y veréis, mi reina. No es una amante común. Es… algo más. Algo que nos unirá a los tres como nunca.
Urraca frunció el ceño, los celos ardiendo como brasas.
—¿Unirnos? ¿Qué locura es esta? Si es vuestra nueva concubina, no pienso compartir alcoba con una salvaje del norte.
El rey sonrió misterioso.
—Venid y lo entenderéis.
La cámara privada estaba preparada con esmero: el fuego crepitaba en el hogar y perfumaba el aire con resina y canela; las velas aromáticas de mirra proyectaban sombras danzantes en los tapices de cacerías salvajes; el lecho amplio con dosel de seda roja invitaba al placer, y una mesa baja ofrecía vino dulce, frutas maduras y copas de plata.
Luna esperaba ya dentro, sentada en un escabel junto al hogar con gracia felina. Vestía la misma túnica de seda azul que había usado la víspera, ceñida y escotada; el escote profundo dejaba ver la curva pálida y perfecta de sus pechos firmes y altos. El cabello rubio caía suelto en ondas doradas hasta la cintura, los labios carnosos pintados de carmín, los ojos glaciales realzados con kohl. El perfume de rosas y ámbar envolvía la habitación, prometiendo éxtasis.
Urraca entró primero, seguida del rey. Al ver a Luna sola en la cámara íntima, su rostro se endureció al instante. Los ojos verdes brillaron con furia y celos, la mano apretando el manto.
—¿Esto es lo que queríais mostrarme, esposo? —dijo con voz fría y cortante, deteniéndose en el umbral—. ¿Vuestra nueva amante del norte, esperando en nuestros aposentos como si fueran suyos? La corte ya murmura bastante sobre vuestra obsesión; no necesito verlo con mis propios ojos para sentirme humillada.
Ordoño cerró la puerta tras él, nervioso pero excitado.
—Mi reina, sentaos. No es una amante común. Luna… mostradle.
Luna se levantó con lentitud deliberada, acercándose a Urraca con paso elegante y dominante. La reina retrocedió un paso, pero sus ojos recorrieron la figura de Luna con involuntaria admiración mezclada con rabia: la belleza devastadora, la piel pálida como porcelana, los labios carnosos, el escote que dejaba ver pechos perfectos, la cintura marcada que prometía fuerza y placer.
—No os enojéis, mi reina —dijo Luna con voz suave y ronca, seductora como miel caliente—. El rey me llamó para hablar de la frontera… y de placeres que no esperabais. Pero lo que vais a ver no es traición, sino un regalo que nos unirá a los tres en éxtasis eterno.
Urraca cruzó los brazos, los celos aún ardiendo.
—¿Un regalo? ¿Qué locura es esta? Si es vuestra concubina, no pienso participar en vuestros juegos.
Luna sonrió, una sonrisa peligrosa y encantadora que hizo vacilar a la reina. Con movimiento lento y deliberado, desató el cinturón de plata. La túnica de seda se abrió, cayendo ligeramente por los hombros, revelando los pechos firmes y altos, los pezones rosados endurecidos por la anticipación y el aire cálido. Urraca jadeó, la furia mezclándose con una fascinación involuntaria.
El rey se acercó por detrás, abrazando a Urraca, besando su cuello.
—Mirad, mi amor —susurró excitado—. Mirad lo que es.
Luna dejó que la túnica cayera más, hasta la cintura, mostrando el vientre plano y musculoso. Luego, con calma dominante, levantó la seda por debajo, revelando su secreto.
Entre las piernas de Luna, bajo la suavidad femenina húmeda y depilada, palpitante de deseo, se alzaba su miembro: grande, venoso, completamente erecto, más allá de lo humano en su perfección magnífica, grueso y largo como el de un dios pagano, palpitante y goteando copiosamente precum que brillaba al fuego.
Urraca retrocedió, los ojos abiertos en shock absoluto, la mano en la boca.
— ¡Por la Virgen y todos los santos! —exhaló, la voz temblando—. ¿Qué… qué maravilla sobrehumana es esta?
El horror inicial dio paso a una fascinación devoradora. Sus ojos se fijaron en el miembro erecto, grande y perfecto, venoso y palpitante, goteando deseo abundante. El rostro de la reina enrojeció, la respiración acelerándose, los pechos subiendo y bajando rápido bajo la seda verde.
Luna se acercó más, la túnica abierta dejando ver todo: pechos firmes, miembro erecto goteando, caderas anchas.
—No maravilla demoníaca, mi reina —susurró Luna, tomando la mano de Urraca y guiándola hacia su miembro—. Regalo de los antiguos dioses de los tejos. Mujer completa… y esto. Tocad. Sentid el placer sobrehumano que puedo daros a ambos.
Urraca vaciló un instante, los celos disolviéndose en lujuria pura. Sus dedos rozaron el miembro, caliente como fuego, duro como acero bajo terciopelo, palpitante con vida propia. Luna jadeó profundo, endureciéndose más, goteando más precum sobre los dedos de la reina.
El rey, detrás, desató la túnica de Urraca, manos bajando por sus pechos voluptuosos, pezones endurecidos bajo la seda.
—Probad, mi amor —gruñó Ordoño, excitado al máximo—. Anoche yo lo hice. Es… divino. SobreHumano. Lo queremos disfrutar a tope, los tres.
Urraca, encantada ya por completo, los ojos brillando de pasión desatada, rodeó el miembro con la mano, explorando con avidez: la longitud impresionante, las venas gruesas, el glande ancho y sensible que goteaba sin cesar. Luna gimió, embistiendo suavemente en su mano.
—Chupadlo, mi reina —ordenó Luna con voz ronca y dominante—. Adorad esta polla sobrehumana que os ofrezco a ambos.
Urraca, los celos olvidados en una ola de deseo, se arrodilló lentamente. Miró el miembro erecto, goteando abundantemente, y luego alzó los ojos hacia Luna, que la observaba con dominio absoluto.
Abrió los labios carnosos y tomó el glande en la boca, chupando con pasión febril desde el primer instante, lengua explorando cada vena, cada pulso, saliva chorreando por el tronco grueso mientras gemía como poseída. Luna agarró su cabello negro con fuerza, embistiendo su boca con ritmo creciente.
—Sí… así, mi reina —gruñó Luna, la voz llena de fuego—. Chupad mi polla divina. Tragaosla toda, sentid su poder llenándoos.
Urraca obedeció con devoción absoluta, la boca subiendo y bajando con urgencia salvaje, garganta apretando alrededor del miembro sobrehumano, lengua lamiendo las gotas abundantes que brotaban sin cesar. El rey, detrás, quitó la túnica de Urraca por completo, manos explorando sus pechos plenos, pezones duros, bajando luego a su sexo húmedo, dedos penetrándola mientras ella chupaba.
Luna embistió más fuerte, follando la boca real con pasión desatada, gemidos resonando en la cámara como rugidos de éxtasis. El placer subió como marea imparable; Luna se corrió con un grito gutural, semen caliente y abundante —más de lo humano, chorros interminables y espesos— llenando la boca de Urraca, desbordando por sus labios carnosos, goteando por su barbilla y cuello mientras ella tragaba con avidez devota, los ojos en blanco de placer absoluto, el cuerpo temblando en orgasmo solo por el acto.
Cuando el último chorro brotó, Urraca se apartó jadeante, el rostro y pecho manchados de semen, mirando a Luna con adoración completa.
—Sois… una diosa encarnada —dijo al fin, la voz rota por el placer—. Este miembro divino… este placer sobrehumano… lo quiero todo. Siempre. Los tres juntos… disfrutémoslo a tope, hasta el agotamiento.
Luna sonrió, dominante y satisfecha, el miembro aún erecto goteando restos.
—Y lo tendremos, mi reina. Esta noche… y las que vengan.
El rey, excitado al máximo, los atrajo a los tres al lecho. La noche fue un torbellino de pasión: Luna tomando a la reina con su miembro sobrehumano mientras el rey penetraba a Luna por detrás, bocas devorando pechos y sexos, manos explorando cada curva, gemidos y gritos resonando hasta el alba en un éxtasis compartido que parecía no tener fin.
Al amanecer, exhaustos pero unidos por placer divino, Urraca —con la mente clara y astuta de siempre— habló primero, acurrucada contra Luna, besando su miembro aún palpitante.
—Esto no puede saberse nunca como es —dijo con voz práctica, aunque temblorosa de placer—. La corte, los obispos… nos destruirían a todos. Pero tu poder debe ser absoluto, mi diosa. Yo lo arreglaré. En todos los decretos, en toda la corte, te trataremos como hombre. Serás “don Luna de Velasco”, señor de tus tierras, capitán de frontera. El rey firmará, y yo me encargaré de que nadie cuestione. Así no habrá oposición: una mujer al mando escandaliza, pero un “señor” valiente y victorioso… será admirado.
El rey, aún jadeante, asintió.
—Como diga la reina. Don Luna de Velasco… señor pleno, con mando absoluto.
Luna sonrió, dominante entre los reyes.
—Sabia decisión, mis soberanos. Este secreto nos une… y mi nombre será don Luna en pergaminos y proclamas. Vuestra frontera estará segura… y vuestras noches, eternas.
La corte nunca supo lo ocurrido. Pero los decretos reales concedieron a “don Luna de Velasco” poder absoluto, tratado como varón noble para evitar escándalos.
Luna permaneció unos días más en León, disfrutando del placer compartido con la pareja real, antes de partir al sur del Duero, donde le concedieron una fortaleza y tierras nuevas.
—Avelina, mi devota —susurró al viento al partir—. Ahora soy “don Luna” en el mundo, pero contigo siempre seré tu guardiana.
Los tejos lejanos susurraban victoria eterna, como si Avelina celebrara la astucia de su amada.
17º: Las Dos Lunas en la Fortaleza del Duero
El rey Ordoño, cautivado por completo por el secreto sobrehumano de Luna y por la promesa de placeres compartidos con la reina, cumplió su palabra con rapidez inusitada. Un decreto real, sellado con el león de León y promulgado ante la corte —que murmuró sorprendida pero no osó cuestionar—, concedió a “don Luna de Velasco” tierras nuevas al sur del Duero, en la marca fronteriza recién consolidada tras la victoria contra la aceifa. Le otorgó la fortaleza de San Esteban de Gormaz, una plaza fuerte repoblada años atrás pero parcialmente abandonada tras incursiones moras, junto con aldeas circundantes, campos fértiles para cultivar trigo y cebada, pastos extensos para rebaños y derechos sobre los bosques cercanos para leña y caza. “Para que don Luna de Velasco defienda la frontera como solo él sabe hacerlo”, decía el pergamino, nombrándolo deliberadamente como varón noble para evitar escándalos y oposición, tal como la reina Urraca había urdido con su astucia en la corte.
Luna no regresó a la torre de Velasco en el norte. Dejó a Bermudo como administrador leal de sus tierras originales, con órdenes estrictas de proteger a Antón hasta que ella lo mandara traer, y de mantener la torre como baluarte secundario. Partió hacia el sur con su mesnada fiel —ahora ampliada con voluntarios atraídos por su fama creciente— y con la promesa real de autonomía absoluta en la nueva frontera. Cabalgaba al frente, vestida como guerrera: calzones de cuero curtido al estilo de los vaqueiros, jubón ajustado de lana gruesa sobre camisa de lino, botas altas reforzadas para el barro y la nieve residual, y una capa de piel de lobo con el emblema del tejo bordado en plata tosca. La espada colgaba a su cinto, el arco largo —hecho de tejo sagrado traído de Somiedo— siempre a la espalda. Su cabello rubio se recogía en una trenza práctica, y su voz ronca resonaba en las paradas del camino, dando órdenes con esa mezcla de firmeza y comprensión que hacía que los hombres la siguieran sin cuestionar.
La fortaleza de San Esteban de Gormaz se alzaba sobre un risco escarpado que dominaba el río Duero como un halcón vigilante sobre la llanura infinita. Sus murallas, construidas por los antiguos reyes de León sobre restos romanos y visigodos, eran de piedra sólida y gruesa, altas y coronadas con almenas que permitían a los arqueros disparar con ventaja. Torres cuadradas flanqueaban las esquinas, y la puerta principal estaba reforzada con hierro forjado y un rastrillo que crujía al bajar. Dentro del recinto, el patio era amplio y empedrado, con un pozo profundo que nunca se secaba, establos espaciosos para caballos de guerra y mulas de carga, un horno de pan que olía a hogaza recién hecha, un herrero con fragua constante y una capilla pequeña dedicada a Santiago Matamoros, donde los hombres rezaban antes de las patrullas y daban gracias por las victorias.
La torre del homenaje, de tres plantas altas, ofrecía vistas infinitas desde sus ventanas estrechas: al norte, las tierras cristianas seguras y verdes; al sur, las llanuras áridas donde los moros aún acechaban como sombras lejanas. El viento del Duero traía olor a río fresco y a tierra fértil en primavera, a humo de hogueras en invierno, y por las noches se oía el aullido de lobos en las sierras cercanas o el canto de los grillos en verano.
Luna llegó al frente de su mesnada, el estandarte del tejo plateado ondeando al viento del sur. Los pocos colonos que quedaban en las aldeas cercanas —familias endurecidas por años de frontera, con rostros curtidos y manos callosas— la recibieron con mezcla de temor reverencial y esperanza renovada: habían oído hablar de “don Luna de Velasco”, el señor guerrero del norte que había destrozado la aceifa mora y hecho huir a Ibn Abi Amir. Ella bajó del caballo con movimiento fluido, la espada resonando al cinto, y habló desde lo alto de las murallas, su voz ronca llevando lejos en el viento.
—Esta fortaleza es ahora nuestra —dijo, la mirada glacial recorriendo a colonos y guardias—. Yo soy don Luna de Velasco, vuestro señor por decreto del rey Ordoño. Defenderemos estas tierras de todo enemigo, sea moro que cruce el río o cristiano que ose codiciar lo nuestro. Trabajad la tierra con paz, criad vuestros ganados, raised a vuestros hijos sin miedo… y yo os protegeré como protegí a mis hombres en la montaña de Somiedo, donde sobreviví sola contra lobos y tormentas.
Los colonos aclamaron, algunos arrodillándose. Luna organizó todo con mano firme y visión clara: reparó murallas con piedra traída de canteras cercanas, mandó limpiar fosos y reforzar puertas, entrenó a los hombres locales como arqueros y lanceros, enviando patrullas constantes para limpiar bandidos, exploradores moros y lobos que bajaban de las sierras. Las aldeas revivieron bajo su mando: campos sembrados de trigo y cebada que verdeaban en primavera, rebaños multiplicados con cruces selectas, ferias pequeñas en el patio de la fortaleza donde se intercambiaba lana del norte por vino del sur, y colonos nuevos atraídos por la fama de seguridad que corría de boca en boca.
Antón llegó meses después, escoltado por Bermudo y una docena de guardias leales. El niño, ahora de ocho inviernos, corrió a los brazos de su madre en el patio empedrado, bajo la mirada orgullosa de los hombres que ya adoraban a “don Luna” como a un capitán legendario. Luna lo alzó alto, besando su cabello rubio y mirando sus ojos glaciales iguales a los suyos.
—Aquí crecerás, mi hijo —le dijo con voz ronca pero llena de ternura, mientras Antón reía—. En la frontera que yo guardo, entre el río que nos separa de los infieles y las montañas que nos protegen. Aprenderás a mandar como yo, a disparar como yo, a ser libre como tu madre Avelina soñó para nosotros.
La nueva vida de Luna era intensa, plena y marcada por el ritmo implacable de la frontera. Al amanecer entrenaba con los guardias en el patio amplio, espada y arco en mano, corrigiendo posturas con voz ronca y precisa, comprendiendo el cansancio o el miedo en sus ojos y motivándolos con palabras que tocaban el alma: “El miedo es bueno si lo usas para afinar la flecha”. Al mediodía inspeccionaba las murallas y las aldeas cercanas, cabalgando con escolta ligera, hablando con colonos sobre sus cosechas, resolviendo disputas con justicia rápida y ecuánime: un ladrón azotado públicamente para ejemplo, un trabajador honrado recompensado con tierra adicional o un caballo joven. Por las tardes lideraba patrullas ella misma, explorando la frontera, cazando venados para la mesa común o hostigando pequeñas partidas moras que osaban acercarse al río, regresando con flechas ensangrentadas y botín que repartía generosamente entre sus hombres y las familias más necesitadas.
Por las noches, en la cámara del homenaje —amplia y cálida, con lecho de pieles gruesas, tapices de batallas colgados en las paredes y fuego crepitante que proyectaba sombras danzantes—, Luna velaba sola o con Antón dormido a su lado. Miraba por la ventana estrecha hacia el sur, donde Córdoba se ocultaba lejana tras las llanuras, y susurraba al viento que traía olor a río y a jazmín salvaje.
—Avelina, mi devota —susurraba, la voz llena de amor eterno—. Esta es nuestra nueva vida. La frontera que defendemos con sangre y acero, la fortaleza que he hecho mía con mi propia voluntad. Tu hijo crece fuerte a mi lado, aprendiendo a ser guardián como nosotras lo fuimos. Te siento en cada flecha que disparo, en cada orden que doy, en cada noche que paso sola pero completa.
Desde León, la reina Urraca, aún encantada y adoradora del secreto sobrehumano de Luna —ese placer divino que había probado y que anhelaba repetir—, cumplía su parte con maestría sutil y apasionada. En la corte, tejía alianzas como una araña paciente: hablaba con damas influyentes sobre el “valiente don Luna del sur”, convencía a obispos amigos de que era “instrumento de Dios contra los infieles”, y neutralizaba a condes envidiosos con favores, amenazas veladas o rumores calculados que los desacreditaban. “Quien cuestione a don Luna de Velasco cuestiona la seguridad del reino”, decía con sonrisa serena pero ojos de acero, su adoración secreta por el placer sobrehumano que Luna ofrecía impulsándola a eliminar toda oposición con artes diplomáticas impecables. En privado, escribía cartas cifradas a Luna, llenas de deseo: “Mi dios del norte, ansío volver a adorar vuestro milagro. El rey y yo contamos los días”.
Las visitas de la pareja real a la fortaleza del Duero se convirtieron en costumbre disfrazada de “inspecciones fronterizas” o “consejos de guerra”. Llegaban con séquito reducido, alegando privacidad para asuntos de Estado. En realidad, pasaban noches de pasión desatada en la cámara del homenaje: Luna, dominante y generosa, ofreciendo su miembro sobrehumano a los labios y cuerpos de los reyes, que lo adoraban con devoción febril, chupando, lamiendo, montando hasta el agotamiento en un torbellino de gemidos y placeres que parecía no tener fin. Urraca, en particular, se perdía en la adoración: arrodillada horas, lengua explorando cada vena, tragando semen abundante como elixir divino, mientras Ordoño participaba con igual pasión. “Sois nuestro dios”, susurraban exhaustos al alba, prometiendo más decretos favorables.
El rey enviaba provisiones y hombres, pero era Urraca quien movía los hilos para que nadie osara desafiar a “don Luna de Velasco”. Visitas secretas de la pareja real a la fortaleza del Duero se convirtieron en costumbre disfrazada de “inspecciones fronterizas”, noches de pasión compartida donde disfrutaban a tope del milagro carnal de Luna.
Luna, en su fortaleza del Duero, se convirtió en señor indiscutido de la marca: la figura que había conquistado tierras con acero y placer, que gobernaba con mano de hierro y corazón de fuego, que criaba a su hijo en la libertad que Avelina había soñado.
Los tejos lejanos de Somiedo susurraban victoria eterna, como si Avelina celebrara desde sus raíces la nueva vida de su amada, fuerte y libre en la frontera que había forjado con su propia voluntad inquebrantable, protegida por la adoración secreta de los reyes que se arrodillaban ante su secreto divino.
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