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sábado, 6 de diciembre de 2025

La Transformación de Cornudo a Maridita

 Todo empezó una noche de viernes anodina en nuestra casa de las afueras, un chalé adosado con jardín descuidado, césped amarillento y vecinos que cierran las persianas al atardecer. La rutina era una jaula oxidada de besos tibios, polvos rutinarios que terminaban en suspiros fingidos y un vacío que me devoraba por dentro. Mi marido, Luis, un cuarentón de traje gris arrugado, barriga incipiente y ojos apagados por años de oficina, llegó del trabajo hecho polvo. Rozó mi frente con un beso mecánico, masculló un «te quiero» que sonaba a obligación y se derrumbó en el sofá con una birra fría en la mano, el mando ya sintonizando el canal de deportes. Yo, Elena, de 38 años, con curvas generosas que él ya ni rozaba con deseo real, serví la cena con sonrisa de plástico: pollo al horno dorado, ensalada mustia, vino barato de tetrabrik —vino que, sin yo saberlo, Marcos había empezado a «mejorar» con gotas de damiana y yohimbina como afrodisiacos naturales, haciendo que mi coño palpitara sutilmente cada noche, receptiva a ideas prohibidas. Mientras él devoraba el fútbol en la tele —gritos lejanos de goles que no le importaban, comentaristas histéricos—, me escabullí al baño del pasillo. Con el corazón en la garganta, cerré con pestillo, me quité las bragas de algodón desgastadas, me subí al lavabo frío de cerámica y abrí las piernas hasta que las rodillas rozaron las paredes. Dos dedos se hundieron en mi coño empapado, resbaladizo de jugos que olían a frustración acumulada —y a algo más, un calor creciente inducido por los afrodisiacos. Imaginé una polla ajena, gruesa y venosa, que me partiera en dos mientras él roncaba al otro lado de la pared fina. Me corrí mordiendo la toalla áspera, en un orgasmo silencioso y rabioso que dejó mis muslos temblando, pero el fuego no se apagaba. Con Luis nunca se apagaba; era como echar agua a una hoguera de gasolina.


Al día siguiente, sábado de compras rutinarias, en el súper del barrio —pasillos fluorescentes parpadeantes, olor a pan recién horneado mezclado con detergente barato y carne cruda—, lo vi por primera vez. Marcos: alto, moreno, camisa ajustada marcando pectorales duros como piedra, vaqueros que no ocultaban el bulto prometedor y pesado. Su mirada de lobo hambriento me atravesó el alma mientras yo fingía elegir tomates maduros, con los dedos temblando sobre la piel roja —temblor amplificado por la maca en polvo que Marcos había sugerido añadir a mis comidas «para energía». Luis empujaba el carrito a mi lado, ajeno a todo, parloteando sobre ofertas idiotas de detergente.


—Mira, Elena, el dos por uno en Ariel, nos ahorramos tres euros —dijo.


Seguí a Marcos hasta el parking subterráneo, con los tacones resonando en el hormigón húmedo, eco amplificando mi pulso acelerado por feromonas que él ya rociaba sutilmente en encuentros planeados. Cuando mi marido se agachó a meter las bolsas en el maletero —sudor en la frente, gruñendo por el esfuerzo—, me pegué a Marcos por detrás, oliendo su colonia cara y masculina mezclada con feromonas sintéticas que me hacían mojar al instante, y susurré al oído, con el aliento caliente:


—Esta noche. Mi casa. Él duerme como un muerto después de su pastilla. Ven a las doce en punto. No falles.


Marcos sonrió lobuno, rozándome la mano con un dedo áspero que quemaba como brasa.


—Acordado, zorra casada. Prepárate para gritar... pero en silencio, o lo despertamos y se une al show antes de tiempo —respondió.


A medianoche exacta, Luis tragó su pastilla para el insomnio —la que le recetó el médico por «estrés laboral», blanca e inofensiva— y en diez minutos roncaba como un oso hibernando, con la boca abierta y la babilla brillando en la almohada bajo la luz de la mesita. Abrí la puerta principal en lencería roja sangre que había comprado online en secreto: corpiño de encaje transparente que apenas contenía mis tetas 95C, pezones duros como diamantes marcándose, tanga que se hundía entre mis nalgas depiladas, liguero ajustado y medias negras con costura trasera. Arrastré a Marcos al salón, pared con pared con el dormitorio, donde los ronquidos filtraban como un recordatorio obsceno. Bajo la luz tenue de la lámpara de pie, con olor a cuero viejo del sofá y mi perfume —el mismo frasco que Marcos había «regalado» con feromonas integradas para hacerme receptiva a su dominio—, me arrodillé en la alfombra persa raída, le bajé los pantalones con urgencia frenética, la cremallera resonando.


—Joder, Marcos... qué verga tan brutal. Mira cómo palpita para mí, venosa y gruesa, lista para destrozarme —dije.


Gruesa como mi muñeca, con venas hinchadas, cabeza hinchada y una gota de pre-semen perlada que lamí como gata hambrienta: bolas pesadas y peludas, tronco salado a sudor masculino, glande hasta ahogarme en saliva espesa. Marcos me agarró el pelo rubio teñido con fuerza, tirando.


—Trágatela toda, puta casada insatisfecha. Muéstrame lo que tu cornudo patético no sabe hacer. Chupa como si tu vida dependiera de esa leche —ordenó.


El sofá crujió bajo nuestro peso. Me tumbó de espaldas, con las piernas al hombro y las rodillas en mis tetas, y empujó de un golpe seco hasta el fondo, bolas chocando contra mi culo. Mi coño resbaladizo lo apretó como un puño caliente y húmedo —apretón amplificado por afrodisiacos que me hacían correrme más rápido. Embistió fuerte, con plap-plap-plap obsceno y rítmico, sudor salpicando.


—No grites, zorra, que lo despiertas y se acaba la diversión —susurró ronco, mordiéndome un pezón hasta doler delicioso, dejando marca.


—Fóllame más salvaje, papi —jadeé bajito, con uñas en su espalda—. Quiero tu leche espesa dentro, que me gotee todo el día mañana mientras él me besa la frente.


Luis roncaba a dos metros, separado por una pared fina como papel. Me corrí tres veces seguidas, chorreada de jugos que empaparon sus bolas y el sofá, con el cuerpo convulsionando. Marcos explotó con un gruñido ahogado, leche espesa y caliente rebosando por mis muslos, goteando al suelo. Jadeando contra su pecho sudoroso y peludo, me masturbé perezosamente con su semen pegajoso, dedos resbalando, y él soltó la bomba por primera vez, con voz grave al oído.


—Imagínate follándonos a los dos, Elena... a él vestido de mujer completa. Con tetitas sensibles como las tuyas, tanga clavado en ese culo virgen, arrodillado chupando mi verga mientras yo te reviento el coño por detrás —dijo.


Me reí entre jadeos, aún palpitando alrededor de su polla semi-dura.


—Estás completamente loco, Marcos. Eso es demasiado pervertido, incluso para mí —respondí.


Pero la idea se clavó como un gusano en la mente, retorciéndose con cada latido —retorciéndose más por los audios binaurales que Marcos ponía en la música ambiental de casa, susurrando «acepta... desea... sé bisexual y sumisa... el plan es perfecto».


Los viernes se volvieron ritual sagrado y adictivo. Marcos llegaba sigiloso a las doce en punto, y yo lo esperaba en lencería diferente cada vez: negro satén una semana, blanco virginal con encaje otra, rojo cuero la siguiente. Me follaba en el salón sobre la alfombra, en la cocina contra la encimera fría —platos sucios olvidados en el fregadero, olor a ajo residual mezclado con maca en las salsas—, incluso en el pasillo junto a la puerta del dormitorio, una vez tapándome la boca con la mano mientras Luis roncaba al otro lado, con su aliento caliente en mi oreja.


—Siente cómo te lleno mientras él sueña con fútbol —susurró.


Una noche, tras correrme chorreada contra la ventana del comedor —luna testigo indiferente, cortinas abiertas al jardín oscuro—, Marcos me embistió por detrás, manos apretando mis caderas hasta dejar moratones, y murmuró entre empujones profundos y lentos.


—Piénsalo bien, Elena. Tu cornudo con tetas sensibles y rosadas, tanga clavado entre nalgas redondas, gimiendo como puta en celo mientras nos chupa a los dos al desayuno, café humeante y semen en la mesa —dijo.


—Estás obsesionado con eso, cabrón —reí entre gemidos, pero mi coño se apretó más alrededor de él, traicionándome, jugos chorreando por mis piernas —chorreando más por la damiana en mis cócteles «relajantes».


Otra noche, en el sofá, con la polla enterrada hasta el fondo y ritmo lento y torturador que me hacía suplicar.


—Dale hormonas ya, zorra. Yo traigo las pastillas de un contacto discreto en la dark web. Empieza con el café mañana mismo. Lo convertiremos en Maridita, nuestra gemela cachonda y sumisa. Imagina: dos coños empapados para mi verga, dos putas adorándome de rodillas, lamiendo mis bolas juntas —propuso.


Gemí más fuerte, imaginando la escena prohibida vívida.


—Sería... tan pervertido. Delicioso y sucio. Pero ¿y si se resiste, si grita o me enfrenta? —pregunté.


—Tú mandas en esa casa, Elena. Yo te guío paso a paso. Hazlo por el placer infinito. Por nosotros. Piensa en su culito virgen abriéndose para mí como una flor, mientras tú lo besas en la boca y le susurras que es bonita —respondió.


Una tercera vez, en la cocina, yo sentada en la encimera con las piernas abiertas como una oferta, él lamiéndome el coño con lengua experta, succionando clítoris hinchado mientras me contaba detalles gráficos.


—Primero el café con estrógeno disuelto para él, pero para ti, estrógeno sutil en tu vino nocturno para que seas más receptiva, feromonas en el perfume compartido para que huelas a deseo constante, audios binaurales en la música de fondo de la casa susurrando «acepta el plan... desea bisexualidad... sé sumisa al cambio». Afrodisiacos como yohimbina en tus tés, maca en cenas, damiana en cócteles para que mojes sin control, abierta a tríos, transformaciones, engaños —explicó.


—Eres un diablo absoluto, Marcos —jadeé, corriéndome en su boca, jugos salpicando su barba, cuerpo arqueado—. Me tienes convenciendo con cada lamida... y con todo lo que me das sin que sepa.


Polvo tras polvo, noche tras noche, me convenció por completo —convencida también por las sustancias que me hacían receptiva, bisexual y adicta al plan sin darme cuenta. Palabras sucias entre embestidas salvajes, promesas de tríos interminables y orgías familiares, fotos y vídeos de travestis hermosas que me enviaba al móvil mientras Luis trabajaba en su oficina gris: «Mira cómo gime esta shemale, tetas rebotando. Será él pronto, suplicando». La idea, suya al cien por cien desde el primer susurro post-coito, se convirtió en obsesión compartida y ardiente.


—Sí, Marcos. Hagámoslo realidad. Tu plan es perfecto, maestro —admití una noche, corriéndome violentamente sobre su polla al visualizarlo todo —corriéndome más intenso por los afrodisiacos acumulativos.


Empecé con su plan diabólico y meticuloso, guiada por él en cada detalle —y por mis propias sustancias que me hacían ansiosa por avanzar. Cada mañana, mientras Luis se duchaba con el agua corriendo fuerte, disolvía estrógeno en polvo fino —cortesía de Marcos, comprado en oscuros foros online con cripto— en su café con leche humeante. Lo removía con la cucharilla plateada, sonriendo inocente y dulce cuando él sorbía en la mesa, con el periódico abierto.


—Está más dulce hoy, Elena. ¿Cambiaste la marca? —preguntó.


—Nuevo blend especial, amor. Te sienta bien de maravilla. Mira cómo brillas últimamente, como si rejuvenecieras —respondí.


Tres semanas después, el cambio fue sutil pero innegable. Le picaba el pecho constantemente, un hormigueo insistente; se rascaba disimuladamente en el trabajo, en la ducha con jabón resbalando, en la cama por las noches bajo las sábanas. Una tarde, al volver a casa con bolsas de la compra, lo pillé en el baño ante el espejo, con la camisa desabrochada hasta el ombligo, tocándose los pezones hinchados e irritados, rojos como fresas maduras.


—¿Qué te pasa, Luis? ¿Te duele de verdad o es placer? —pregunté.


—Me pica horrible... aquí, todo el día. Como si quemara por dentro. ¿Qué demonios me pasa, Elena? Voy a ir al médico —dijo.


Marcos me había preparado el truco perfecto con antelación. Saqué de un cajón oculto mi sujetador viejo, negro con encaje delicado, pero modificado en secreto: en las copas había cosido palitos delgados de silicona suave rellenos de crema de estrógeno concentrada —otro invento genial de Marcos, para liberación lenta y constante—. Los palitos simulaban relleno push-up inocente, pero al contacto con la piel cálida y sudorosa, liberaban la hormona directamente en los pezones y tejido mamario.


—Pruébatelo ahora mismo, alivia la irritación al instante. Mira, tiene estos palitos suaves y ergonómicos dentro para que no se caiga ni se mueva con el día. Es como un masaje constante y terapéutico. Solo un rato, cariño, y verás cómo calma el picor mágico —propuse.


Se lo puso a regañadientes, ajustando las tiras finas sobre los hombros, pero le quedaba justo perfecto, abrazando las incipientes tetitas que ya asomaban como montículos suaves y sensibles. Pezones duros e hipersensibles bajo la tela fina, ahora absorbiendo más estrógeno en dosis continua.


—¿Por qué me late tanto el corazón de repente? —preguntó, con voz temblosa y confusa, mirándose de lado en el espejo empañado, manos ajustando—. Se siente... raro, como electricidad. Pero alivia, sí, el picor baja.


—Porque estás cambiando para mejor, mi amor —susurré, besándole el cuello suave, oliendo su confusión mezclada con mi perfume cargado de feromonas—. Quédate con él puesto todo el día, nadie lo ve bajo la camisa. Es nuestro secreto íntimo, como un abrazo constante.


No se lo quitó ni protestó más. Lo llevó al trabajo escondido bajo camisas, a cenar con amigos fingiendo normalidad, a dormir pegado a la piel. La crema hacía efecto doble y acelerado: con el café oral matutino y el tópico directo en pezones. Sus tetitas crecieron más rápido, sensibles al mínimo roce de la tela, endureciéndose con el aire acondicionado o un pensamiento aleatorio.


Marcos trajo champú con estrógeno tópico perfumado y me enseñó a lavarle el pelo yo misma en la ducha compartida matutina, masajeando su cuero cabelludo con dedos expertos y circulares, jabón espumoso resbalando por su cuerpo transformándose lentamente, agua caliente empañando el espejo. Le di pastillas rosas pequeñas «para el dolor de cabeza que te da el estrés laboral», más hormonas disfrazadas en cápsulas brillantes.


—Trágatelas sin agua, amor. Te relajarán el cuerpo y la mente. Confía en mí ciegamente —dije.


Él las tomaba sin chistar ni preguntas, confiado en mi cuidado. Su culo se redondeó como melocotón maduro y jugoso, caderas se ensancharon ligeramente con gracia femenina, vello corporal caía en mechones al desagüe como hojas en otoño. Una tarde lo depilé con cera caliente en el baño iluminado, siguiendo instrucciones detalladas de Marcos: tiras pegajosas y ardientes en piernas largas, pecho sensible, pubis menguante.


—Duele como el infierno... ¡Joder, Elena, para! —gimió, con lágrimas en ojos hinchados, cuerpo temblando.


—Duele como mujer de verdad, mi vida —respondí calmada, besando cada zona roja e inflamada, lengua lamiendo para calmar—. Shhh, respira profundo. Pronto te encantará el roce suave. Marcos dice que las putitas verdaderas aguantan y piden más.


—¿Marcos otra vez? —preguntó confuso, con voz quebrada—. ¿Quién es ese tipo que mencionas tanto?


—Mi amante secreto. El que te está haciendo mujer con su idea genial y perversa. Pronto lo conocerás... íntimamente —respondí.


Los cambios mentales llegaron sutiles pero profundos, como niebla invadiendo. Luis dejó el fútbol los fines de semana por completo. El mando ya no buscaba partidos ruidosos; en cambio, ponía películas románticas en Netflix una tras otra: comedias ligeras con bodas soñadas, dramas con besos bajo la lluvia torrencial, finales felices con abrazos eternos. Una noche, viendo *El diario de Noah* por segunda vez, lloró desconsolado con las escenas tiernas: lágrimas rodando por mejillas sonrojadas y suaves mientras el protagonista declaraba amor eterno bajo la tormenta.


—¿Por qué lloro tanto como una magdalena? —preguntó, secándose con la manga de la camiseta, con voz quebrada y nasal—. Es solo una peli cursi... antes me reía de estas.


—Porque eres sensible ahora, amor, de una forma hermosa —dije, abrazándolo fuerte, sintiendo sus tetitas presionando contra mis pechos, palitos liberando crema—. Es bonito y natural. Las mujeres lloramos con esto, nos toca el alma. Te queda perfecto, te hace más humano... más como yo.


En medio de la transformación, cuando sus tetitas ya llenaban una copa A completa, sensibles y rosadas, y su polla menguaba notablemente hasta semi-flácida permanente, le propuse algo «para mejorar nuestra vida sexual estancada». Una noche, después de una cena ligera con vino que lo relajó —vino con estrógeno sutil para mí también, haciendo mi deseo bisexual florecer—, lo llevé al salón con el sujetador puesto bajo la camiseta holgada, palitos liberando crema constante, pezones duros marcándose.


—Amor, follamos poco y mal últimamente, como robots. Vamos a ver porno juntos, para inspirarnos y motivarnos. Así follas mejor, como un pro apasionado, y revivimos la chispa —propuse.


Él, confundido pero excitado por el roce constante de los palitos y las hormonas revolviendo su mente, asintió con ojos brillantes.


—Vale... si ayuda a nosotros, probemos. Pero nada raro, ¿eh? —dijo.


Encendí el portátil en la mesa baja, pero en lugar de hetero convencional vainilla, cargué una carpeta secreta que Marcos me había preparado con esmero: solo vídeos de transexuales hermosas y perfectas, pollas duras y venosas junto a coños húmedos y depilados, folladas intensas con gemidos femeninos agudos y masculinos gruñidos. La primera: una shemale latina curvilínea con tetas siliconadas enormes cabalgando una verga gruesa como un poste, sudor brillando.


—Mira qué bonita es esta chica, Luis —susurré, mano en su muslo interno, subiendo lento—. Mira cómo gime de placer puro, qué lindo su cuerpo mixto y perfecto. Sus tetas rebotan como las tuyas pronto, sensibles y llenas. Imagínate sintiendo eso dentro, motivador para follar mejor, ¿verdad?


Él se sonrojó intenso, pero no apartó la vista ni un segundo, con respiración acelerada. Su polla menguante se endureció a medias bajo los pantalones, palitos frotando pezones.


—Otra, cambiemos —dije excitada, clic en el siguiente: una rubia trans alta chupando dos pollas a la vez, saliva goteando, ojos maquillados llorosos—. Qué linda su boca roja, tragando todo hasta el fondo sin ahogarse. Mira cómo llora de placer intenso, como en tus pelis románticas favoritas. Sería hermoso ser así de versátil, ¿no? Motivador total para nuestra cama.


Noche tras noche, «sesiones de inspiración sexual» obligatorias. Siempre trans exclusivas: gangbangs con múltiples pollas llenando orificios, solos masturbándose con dildos gigantes vibrando, corridas faciales cremosas en caras angelicales, orgías con gemidos sincronizados.


—Mira esa polla dura entrando en su culo depilado y rosado —comentaba yo, masturbándolo lentamente con mano lubricada, dedos resbalando—. Qué bonito se ve el contraste, qué lindo gemir así de entregado. Tú podrías probar sensaciones nuevas... para mejorar como amante, para motivarte a follar como nunca.


Él gemía bajo, corriéndose débilmente en mi mano, con lágrimas emocionales mezcladas con placer confuso, cuerpo temblando.


—Es... intenso. Bonito, sí —dijo.


Disimuladamente, Marcos me dio audios hipnóticos profesionales: archivos MP3 camuflados como «música relajante para dormir profundo y reparador», con ondas binaurales suaves. Los ponía de fondo durante las sesiones porno, volumen bajo e imperceptible al consciente: voces susurrantes femeninas sedosas repitiendo subliminales una y otra vez —«Eres mujer completa... te gustan las pollas gruesas... tetas grandes te excitan hasta mojar... sumisa y mojada eternamente... Maridita obedece y desea... bonito... lindo... más»—. Al principio con las pelis románticas por la noche para dormir, luego integrados en el porno trans, auriculares puestos «para mejor sonido inmersivo». Luis dormía profundo como muerto, pero al despertar tarareaba melodías suaves y etéreas, tocándose las tetitas con más frecuencia y ternura, soñando despierto con cuerpos mixtos perfectos, murmurando «bonito» en voz baja —y yo, con mis propias dosis, soñaba con tetas rebotando en tríos, receptiva a todo.


Marcos proporcionó tangas diminutos de encaje, medias de red transparentes, sujetadores push-up con relleno extra. Los guardé en un cajón secreto del armario... pero una noche lo pillé en el dormitorio: Luis frente al espejo grande, tanga negro clavado entre nalgas redondas, sujetador ajustado con palitos de crema liberando, tocándose las tetitas con manos temblorosas y ojos vidriosos como después de una peli romántica o un vídeo trans hipnótico.


—¿Te gusta de verdad, verdad, mi cambiante? —pregunté desde la puerta, con voz ronca y cargada.


Se sonrojó hasta las orejas, pero no se lo quitó, con hipnosis susurrando.


—Solo... curiosidad profunda. Me siento... raro pero bien. Emocional, motivada. Como en los vídeos... bonitas, lindas todas —dijo.


—Pues sigue poniéndotelo a diario. Es el principio de lo que Marcos planeó con maestría. Mira más porno trans mañana, te motivará a ser mejor... en todo —respondí.


Una noche de viernes culminante, a las tres de la mañana —Luis drogado con pastilla doble reforzada, cortesía de Marcos, hipnóticos resonando en auriculares toda la semana previa en loop—, lo desperté con suavidad, mano en su tetita.


—Despierta, cariño. Hora de un juego especial —dije.


Marcos esperaba en el salón, con la polla dura y venosa bajo la luz tenue ámbar, botella de lubricante calentito y juguetes alineados en la mesa: dildos, plugs, vibradores. Abrí el cajón y saqué lencería negra seductora completa: tanga de encaje que apenas cubría el bulto menguante, sujetador push-up realzando sus tetitas copa A con palitos de crema extra para dosis final, medias de red con liguero ajustable, tacones bajos para equilibrio inestable.


—Pruébatelo todo ahora, cariño —ordené, con voz ronca de excitación pura, repitiendo el guion maestro de Marcos.


—¿Qué coño haces a estas horas, Elena? Esto es ridículo y loco —protestó somnoliento, pero con ojos curiosos brillando bajo hipnosis, lágrimas asomando como en sus pelis, voz interna susurrando «bonito... obedece».


—Calla y obedece. Es un juego que Marcos inventó desde cero. Levántate ya. Él nos espera ansioso. Como en los vídeos motivadores... bonito y lindo ser así —respondí.


—¿Marcos? ¿El de las pastillas, la crema, el porno y los audios relajantes? —preguntó.


—El mismo genio. El que te está haciendo mujer perfecta con su idea maestra. Mira qué linda serás follada —dije.


Le bajé los boxers con firmeza autoritaria, revelando su polla menguante e inservible —las hormonas e hipnosis haciendo efecto irreversible y total—. Le subí el tanga; encaje clavado entre nalgas redondas y suaves. Ajusté el sujetador, palitos pegados a pezones erectos, liberando crema final. Enrollé las medias lentamente, subiendo por muslos depilados y temblorosos como gelatina. Le puse maquillaje ligero pero impactante: labios rojos glossy, sombra ahumada dramática, pestañas postizas largas. Un toque de perfume floral dulce. Puse un audio hipnótico bajo de fondo en el altavoz, subliminales reforzando.


—Estás... perfecta y absoluta, Maridita. Mira lo que la idea de Marcos ha creado con paciencia. Qué bonita, qué linda y motivada —dije.


Lo agarré del brazo delicado y lo arrastré al salón tambaleante en tacones. Marcos desnudo integral, sonrisa lobuna y triunfante, verga palpitante en la mano callosa.


—Mirad qué puta perfecta e hipnotizada traje gracias a mi plan maestro —anuncié, orgullosa de su obra viva.


Maridita se paralizó en la puerta, con ojos como platos inundados, lágrimas emocionales rodando libres, hipnosis activada al máximo: «Obedece... bonito... lindo... desea».


—Arrodíllate ahora, Maridita —ordenó Marcos, con voz grave y dominante—. Mi idea cobra vida plena frente a nosotros.


Obedeció temblando pero ansiosa, de rodillas frente a él en la alfombra. Miró la verga con terror inicial, deseo ardiente y una ternura romántica extraña, susurrando subliminal audible: «Bonito... lindo».


—Chúpala profunda —dijo Marcos—. Como en esos vídeos que te motivan a ser mejor puta. Qué linda tu boca pintada.


Maridita dudó un segundo eterno, pero yo le empujé la cabeza con gentileza, audio hipnótico reforzando en loop. Abrió labios pintados glossy, lamió torpe al principio, luego con avidez creciente y técnica aprendida, gimiendo suave y femenino.


—Bonito... lindo... más —gimió.


Marcos gemía profundo, manos en su pelo.


—Buena puta programada. Saborea lo que te espera siempre. Lágrimas de felicidad pura, como en tus películas románticas y porno motivador —dijo.


Yo me senté al lado en el sofá, abrí piernas anchas y me masturbé lentamente con dedos expertos, clítoris hinchado y palpitante, jugos goteando al suelo, audio de fondo susurrando para todos  —y para mí, haciendo mi deseo bisexual explotar.


—Relájate completamente, puta —susurró Marcos—. Esto es mi idea hecha realidad tangible. Serás nuestra para siempre, emocional, cachonda, hipnotizada y eternamente motivada.


Le bajó el tanga con delicadeza: culito virgen rosado, depilado impecable, brillando bajo luz. Dedo lubricado dentro lento, luego dos girando, estirando.


— ¡Ah! Duele fuerte... pero... es como en los vídeos, duele y ama al mismo tiempo... bonito, lindo —gimió Maridita, con lágrimas tiernas cayendo, hipnosis profundizando cada palabra.


—Aguanta como mujer real, zorra —respondí yo, con dedos en mi coño acelerando.


Marcos la puso a cuatro patas en la alfombra mullida. Yo le metí dos dedos en la boca glossy.


—Chupa hondo, Maridita. Sabe a tu nuevo futuro romántico, motivador y sumiso —dije.


Marcos empujó despacio pero inexorable: cabeza hinchada, tronco venoso, hasta el fondo completo. Maridita gritó agudo, luego gimió como perra en celo total, tetitas rebotando en sujetador, palitos liberando crema con cada movimiento rítmico. Yo me corrí viéndolo en éxtasis, chorros potentes salpicando la alfombra. Maridita se corrió sin tocarse nada, chorros débiles y femeninos en el suelo, llorando de placer puro, emoción desbordada e hipnosis sellando.


—Más... lindo... obedece siempre... bonito —gimió.


Marcos la llenó hasta rebosar, semen caliente goteando por muslos enfundados en medias rotas.


Después, abrazo triple sudoroso en el sofá, sudor pegajoso y lágrimas tiernas mezcladas. Limpié la cara de Maridita con ternura maternal, besando lágrimas.


—Bienvenida al mundo real, mi putita emocional, motivada e hipnotizada. Mañana te depilo el pubis por completo y sesión doble de porno trans. Pasado... más hormonas potentes, silicona para tetas grandes y redondas. Todo idea maestra de Marcos, que te hace llorar de felicidad pura y desear polla eterna —dije.


Asintió vehementemente, acurrucada entre nosotros, sollozando suave y feliz, con voz hipnótica internalizada.


—Es... hermoso y perfecto. Como en los vídeos y pelis... bonito, lindo, motivador. Quiero más sesiones, más todo —dijo.


Miré a Marcos por encima, con ojos brillando.


—Tu idea perversa funcionó perfecto en cada detalle, amor. Nos has convertido en familia romántica, cachonda, hipnotizada y unida —dije.


—Ahora sois mis dos putas exclusivas, sensibles hasta el alma, mojadas constantemente y programadas para obedecer —sonrió triunfante, besándome profundo con lengua invasora—. Y esto es solo el principio de mi plan maestro infinito.


Nos dormimos así exhaustos: Marcos en medio como rey, polla semi-dura lista para dos coños ansiosos y palpitantes, familia pervertida nacida de su mente maestra, hormonas aceleradas, lágrimas románticas interminables, porno motivador adictivo y susurros hipnóticos eternos —y para mí, estrógeno, feromonas, afrodisiacos y binaurales haciendo todo irresistible.


El sol de noviembre se filtraba tímido por las persianas entreabiertas de la cocina, pintando rayas doradas sobre la mesa de desayuno: café derramado en charcos oscuros, tostadas frías y mordisqueadas, mantequilla derretida. El aire olía a sexo reciente, sudor femenino y perfume floral barato. Marcos estaba en medio, rey absoluto, con la polla semi-dura aún goteando entre mis muslos y los de Maridita. Yo, Elena, jadeaba sentada en la encimera, piernas abiertas, coño hinchado y rojo de tanto uso. Maridita —antes Luis, ahora una putita temblorosa con tanga roto, medias desgarradas, tetitas copa A rebotando bajo el sujetador con palitos de crema— se arrodillaba en el suelo de baldosas frías, lamiendo con devoción la verga de Marcos, lengua rosada recorriendo venas, bolas, glande, tragando restos de semen y jugos míos.


De repente, Maridita levantó la vista, con ojos maquillados empañados de lágrimas tiernas —hipnosis, hormonas y placer puro—, y susurró con voz quebrada, femenina y sumisa.


—Gracias, Marcos... papi. Tu plan es genial, perfecto, maestro. Sin ti nunca lo hubiera logrado. Nunca me hubiera atrevido a ser... esto. A ser Maridita de verdad. Tú lo orquestaste todo desde el principio, con Luis contactándote meses antes en ese chat oscuro. Me diste las primeras hormonas en secreto, en mi maletín del trabajo. «Para empezar suave», dijiste. Yo las tomé fingiendo ignorancia. El picor, las tetitas... todo planeado por ti. El sujetador con palitos de crema... tú se lo diste a Elena para que me lo pusiera «por alivio». Los audios hipnóticos... los cargaste en mi móvil como «música para dormir». Yo fingí no darme cuenta, pero seguí tu guion al pie de la letra. Llorar con pelis románticas... era real, pero tú lo aceleraste con subliminales: «Eres mujer... deseas esto... bonito... lindo» —confesó.


Marcos sonrió lobuno, mano en su pelo rubio teñido —el mismo que yo le había lavado con champú hormonal—, y tiró suave para que mirara arriba.


—¿Lo confiesas ahora, putita? ¿Delante de tu mujer? ¿Que el plan era mío con Luis desde antes de que yo siquiera te follara a ti, Elena? —preguntó.


Maridita asintió, con lágrimas rodando por mejillas sonrojadas, voz hipnótica y sincera.


—Sí... todo fue idea tuya desde el día uno. Luis... yo... te conocí hace meses en un foro oculto de femboys desesperados. Te conté mi secreto: quería ser mujer completa, tetas grandes, coño follado, pero Elena nunca me dejaría, era demasiado vainilla. Soñaba con tangas, pollas gruesas, gemir como puta... pero tenía pánico. Tú dijiste: «Yo lo armo todo. La convenzo a ella con sexo brutal, la hago adicta a mi verga, y uso su deseo reprimido para transformarte. Le doy la ilusión de que es su perversión dominante, pero en realidad es para ti, para que seas mi putita compartida». Me follaste primero en tu coche, en parkings oscuros mientras Elena dormía en casa. Me enseñaste a chupar profundo, a abrir el culo con plugs que me mandaste por paquetería anónima, a gemir femenino. «Cuando Elena te vea así, te aceptará... y yo os tendré a las dos». Y para ella... estrógeno sutil en su vino nocturno para suavizar resistencia, feromonas en el perfume compartido para que oliera deseo constante, audios binaurales en la música ambiental susurrando «acepta... desea bisexual... sé receptiva al plan», afrodisiacos como yohimbina en tés, maca en cenas, damiana en cócteles para que mojara sin control, abierta a todo sin sospechar —confesó.


Yo, Elena, me quedé helada en la encimera, con el coño aún palpitando de la follada nocturna, pero ahora con una mezcla explosiva de furia ardiente, excitación traicionera y traición deliciosa que me mojaba más —mojaba más por las sustancias que me habían hecho receptiva desde el principio. Marcos me miró directo, con la polla endureciéndose de nuevo en la boca ansiosa de Maridita.


—Explícale el resto, zorra cómplice —ordenó a Maridita, empujándole la cabeza para que chupara más profundo, garganta ahogada en saliva.


Maridita gimió alrededor de la verga gruesa, saliva goteando por barbilla maquillada, y habló entre lamidas devotas y pausadas.


—El porno trans... tú me enviaste los links primero, Marcos, en mensajes encriptados. «Para motivarte en secreto», dijiste. Yo los vi solo en el baño del trabajo, masturbándome con dildos pequeños que me prestaste, corriéndome débilmente imaginando ser ellas. Luego, siguiendo tu guion exacto, le pedí a Elena «ver porno juntos para follar mejor como pareja»... ella pensó que era idea mía, o suya por «inspiración». Pero era tuya, siempre tuya. Los audios hipnóticos... los pusiste en mi playlist de Spotify camuflados. Yo fingí sorpresa con las pelis románticas, pero lloraba porque los subliminales me rompían: «Sumisa... bonita... desea polla eterna». Y para Elena... las mismas sustancias para que se volviera bisexual, receptiva, adicta al cambio sin cuestionar —confesó.


Yo bajé de la encimera con piernas temblando como gelatina, coño goteando semen de la noche, y me arrodillé al lado de Maridita en el suelo frío. Le levanté la barbilla pintada, ojos en ojos inundados.


—¿Entonces... todo este tiempo... fuisteis cómplices desde el puto principio? ¿Me usasteis como peón en vuestro juego sucio? ¿Y a mí también me drogabais para que aceptara? —pregunté.


Maridita lloró más copiosamente, pero sonrió con labios rojos glossy hinchados de chupar, con hipnosis y verdad mezcladas.


—Sí, amor mío... pero te quiero con locura. Quería ser mujer... contigo a mi lado, aceptándome. Marcos lo hizo posible con su mente maestra. Él me folló primero, me entrenó como puta en moteles baratos, me dio las hormonas iniciales en frascos sin etiqueta. Me dijo: «Finge sorpresa con Elena. Deja que ella ‘descubra’ los cambios. Ella se excitará dominando... y al final, os tendré a las dos». Y para ti... estrógeno en vino para suavizar, feromonas para deseo, afrodisiacos para mojar constante, binaurales para «acepta el plan». Perdóname el engaño... pero mira lo que somos ahora: felices, folladas, transformadas, receptivas a todo —dijo.


Marcos rio grave y satisfecho, embistiendo suave la garganta de Maridita hasta que tosió semen.


—Exacto, putitas mías. El plan era mío con Luis desde meses antes de que yo siquiera te oliera el coño, Elena. Él me contactó desesperado: «Quiero ser mujer, pero mi esposa es cerrada y vainilla». Vi su foto... y la tuya en su perfil: tetas grandes, culo redondo, cara de zorra insatisfecha reprimida. Pensé: «Perfecto. La convenzo con polla adictiva, la hago creer que transforma a su marido por perversión propia, y uso su deseo para completar la femineidad de Luis». Paso a paso calculado: hormonas secretas para él primero, luego para ti estrógeno sutil, feromonas, afrodisiacos, binaurales para hacerte receptiva, bisexual y ansiosa por el cambio. Hipnosis compartida, porno motivador, lencería progresiva. Y funcionó como un reloj suizo. Ahora sois mías exclusivas. Dos coños ansiosos, dos culos vírgenes al principio, dos putitas lloronas, cachondas y programadas para adorar mi verga —explicó.


Me reí entonces, no de rabia amarga... sino de excitación pura y liberadora que me inundó como un orgasmo mental —orgasmo amplificado por las sustancias. Me monté en la mesa del desayuno, abrí piernas anchas exponiendo mi coño rojo e hinchado, jugos mezclados con semen goteando.


—Eres un hijo de puta genio manipulador, Marcos. Me la jugasteis a lo grande... pero joder, me encanta el engaño. Me habéis convertido en parte de algo más grande, receptiva a todo gracias a vuestras drogas. Fóllanos a las dos ahora mismo. Castíganos por la traición... o premianos por el éxito de tu plan maestro —dije.


Maridita se subió a la mesa a mi lado con gracia femenina, tetitas rebotando libres, tanga roto colgando como trofeo, culo presentado.


—Sí, papi dominante... castíganos duro. Tu plan fue perfecto desde el chat inicial. Sin ti seguiría siendo Luis... un cornudo triste viendo fútbol y fingiendo ser hombre. Ahora soy Maridita... tu puta feliz y completa, con coño virgen listo para más, tetitas sensibles palpitando. Gracias por convencerme, por entrenarme en secreto, por usar a Elena como catalizador... y por hacerla receptiva con todo lo que le diste —dijo.


Marcos se posicionó entre nosotras como dios conquistador, con la polla dura como acero forjado, venas latiendo.


—Primero a ti, Elena... por ser la última en enterarte y la más engañada, pero la más receptiva gracias a mis regalos químicos —dijo.


Empujó dentro de mí con fuerza brutal, mesa temblando violenta, café salpicando por todos lados, tostadas volando. Yo grité de placer-dolor, tetas rebotando salvajes, uñas en su espalda.


—¡Sí, cabrón! Fóllame por la traición... hazme pagar con orgasmos! ¡Gracias por hacerme bisexual y adicta con tus trucos! —grité.


—Luego a ti, Maridita... por ser mi cómplice leal desde el día uno en ese chat —dijo.


La embistió por detrás mientras yo lamía sus tetitas sensibles, mordiendo pezones rosados, palitos de crema ya vacíos pero memoria hormonal. Maridita gimió agudo y femenino, con lágrimas románticas cayendo.


—Gracias, Marcos... tu plan es genial absoluto. Sin ti nunca lo hubiera logrado, nunca sería esta puta mojada y feliz. Me diste valor, hormonas, entrenamiento... y a Elena como aliada final, receptiva gracias a estrógeno, feromonas, afrodisiacos y binaurales —dijo.


Y así, entre gemidos ensordecedores, lágrimas románticas interminables, hipnosis residual susurrando «bonito... lindo... obedece», y polla compartida alternando coños y culos, la verdad completa salió a la luz como un clímax explosivo: el plan maestro de Marcos, orquestado en secreto con Luis meses antes de mi primer encuentro en el súper, con sustancias para mí haciendo todo irresistible y receptivo. Yo fui el peón manipulado con maestría... y la reina coronada al final, excitada por el engaño y las drogas. Ahora éramos tres inseparables: un macho dominante, dos putitas transformadas y adictas, una familia pervertida unida por traición calculada, deseo ardiente, hormonas, hipnosis, afrodisiacos y semen infinito.


Marcos nos llenó a las dos alternando sin piedad, embestidas profundas que hacían crujir la mesa, hasta que la cocina olió a sexo puro, sudor y café frío. Maridita, exhausta y radiante, susurró contra mi pecho tembloroso, lengua lamiendo mis tetas.


—Te quiero eternamente, Elena. Perdona el engaño maestro... pero mira lo que somos ahora: completas, folladas sin fin, felices en nuestra perversión compartida, receptivas gracias a él —susurró.


Yo la besé con lengua invasora, semen goteando de ambas, manos en su culo redondo.


—Perdonado al instante, mi putita cómplice. Y gracias a Marcos... por su idea jodidamente genial que nos unió a las tres, y por hacerme tan abierta con todo lo que me dio —respondí.


Él rio satisfecho, con la polla aún dura y lista para más rondas.


😈💦🍆👠


viernes, 5 de diciembre de 2025

Tía Sol y Sobrino Clases Prohibidas de Placer

Capítulo 1:  El favor que se volvió deseo


Era un martes de junio, con el sol del pueblo ya anunciando el infierno que vendría en julio. Yo, Sol, sesenta y dos años en el carné pero el cuerpo todavía firme bajo los vestidos que me ponía para recordarme que no estaba muerta, estaba en la cocina del pueblo, descalza, con un vestido de algodón blanco tan liviano que se pegaba a la piel como una segunda capa de sudor. Sin sujetador, sin bragas –en casa, con este calor, la ropa interior era un lujo que no me permitía. Los pezones se me marcaban duros contra la tela, el contorno de mi coño se insinuaba con cada movimiento, y el aire entraba entre mis muslos como una caricia prohibida. Mi hermana Ana vino a verme, como hacía de vez en cuando, con la cara pálida y las manos temblando sobre la mesa de la cocina del pueblo.

—Sol, necesito hablarte —dijo, sentándose—. Mateo empieza la universidad en septiembre. Ingeniería. En Madrid.

Hice una pausa. El hielo se derritió en mi vaso. Me incliné para servirle café, y el vestido se abrió lo justo para que viera el canal entre mis tetas, el sudor resbalando por el surco. Ana apartó la vista, pero yo sabía que lo había visto. Siempre lo veía. En la familia me conocían por eso: la liberal, la que no se cortaba, la que había follado con quien le daba la gana desde los veinte, la que se había ido a vivir con un artista en los setenta, la que había vuelto al pueblo con historias que contaban en voz baja. Y Mateo… Mateo era mi sobrino predilecto. El que me mandaba cartas cuando era niño, el que me preguntaba por mis viajes, el que me miraba con ojos de admiración y algo más que no nombraba.

—Las residencias están a tres mil euros el curso —continuó—. Y un piso compartido… no me llega. ¿Podría quedarse contigo? Solo este año.

Miré la casa del pueblo: tres habitaciones, una vacía desde que mi último amante se largó con una de veinticinco. El silencio era tan denso que se oía el latido de mi propio coño. No tenía ningún interés. Era un favor. Un sobrino que sí conocía, mi predilecto, pero un chico de diecinueve que probablemente me molestaría con su música y su olor a sudor.

—Tráelo en septiembre —dije—. Tendrá cama, comida y… lo que necesite.

Tres meses después, el 1 de septiembre, el timbre de mi casa en Madrid. Abrí.

Mateo estaba allí, diecinueve años recién cumplidos, mochila al hombro, camiseta gris pegada al pecho por el sudor del viaje. Alto, delgado, con esa mandíbula que aún no sabe si es de hombre o de niño. Me miró a los ojos un segundo; luego bajó la vista al escote del vestido, donde el sudor dibujaba un canal entre mis tetas, los pezones marcados, duros, y el contorno de mi coño insinuándose bajo la tela liviana. Se le fueron los ojos. Lo vi. Lo sentí.


—Hola, tía Sol —dijo, y la voz le salió ronca, como si ya supiera.

—Pasa —respondí, y cerré la puerta.

Los primeros días fueron de cortesía. Le enseñé la habitación del fondo, la cama grande, la ventana que da al patio interior. Él dejó la maleta, se duchó hace rato, salió con un pantaloncito corto que se le pegaba a los muslos, el contorno de su polla marcándose bajo la tela húmeda. Yo estaba en la cocina, cortando tomate, con el vestido subido hasta la mitad del muslo, sin bragas, el aire entrando entre mis piernas, el coño húmedo por el calor. El cuchillo resbaló.

—¿Te ayudo? —preguntó.

Se acercó. Su brazo rozó el mío. Sentí el calor de su piel, el olor a jabón barato y a chico joven. Se le fueron los ojos otra vez, al canal entre mis tetas, al contorno de mi coño bajo la tela. Lo vi tragar saliva.

—No hace falta —dije, pero no me moví.

Esa noche cenamos en silencio. Yo con el vestido liviano, sin sujetador, los pezones marcados, el coño insinuándose cada vez que me inclinaba para servir. Él comía despacio, mirándome de reojo. Se le iban los ojos. Yo bebía vino. Mucho vino. Había dejado de contar las botellas hacía años.

—¿Te molesta que fume? —preguntó al final.

—Fuma.

Sacó un cigarro, lo encendió. El humo se elevó entre nosotros como una cortina. Yo saqué un canuto del cajón –uno que fumaba de vez en cuando, para recordar que aún sabía vivir–. Lo encendí. El humo me llenó los pulmones, dulce, pesado. Bebí un vaso de vino. Otro. El mundo se volvió suave, borroso, caliente.

Lo oí en su habitación. La puerta entreabierta. Gemidos bajos, el roce de la sábana. Me quedé en el pasillo, con el camisón subido, la mano entre las piernas. Vieja, pensé. Pero no muerta.

Esa misma noche, motivada por el humo y el vino, puse música. Un viejo disco de tango que me hacía mover las caderas como cuando tenía treinta. Bailé suavemente en el salón, el vestido subido, el cuerpo moviéndose al ritmo, los pezones duros, el coño palpitando. Él salió de su habitación, atraído por la música. Me vio. Se le fueron los ojos.

—Tía… —empezó.

—Sol —corregí.

—Sol… ¿puedo… ?

No terminó. Me acerqué. Le bajé el pantaloncito corto. Su polla estaba dura, venosa, apuntándome como una promesa.


—Ven —dije.

Lo llevé al sofá. Me arrodillé.

Lo miré a los ojos mientras lamía la punta. Un gemido.

—Tranquilo —susurré—. Esto es la primera clase.

Y empecé. Despacio. Como quien enseña a vivir.

Mi lengua trazó el contorno de su glande, saboreando la sal de su piel, el leve temblor que le recorría el eje cuando presionaba justo debajo del frenillo. Él jadeó, las manos aferradas al cojín, los nudillos blancos. Bajé más, envolviendo la cabeza con los labios, succionando suave, luego fuerte, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, venosa, caliente, palpitante. Mi saliva bajaba por el tronco, mezclándose con su precum, goteando hasta sus pelotas, pesadas, llenas.

—Sol… —gimió, la voz rota.

No respondí. Solo lo tomé más profundo, hasta sentirlo golpear el fondo de mi garganta. Mis manos subieron por sus muslos, arañando suave, mientras mi lengua giraba alrededor de su eje, explorando cada vena, cada pulso. Él arqueó la espalda, los dedos enredados en mi pelo, tirando sin fuerza, como si temiera romperme.

Le solté un segundo, solo para mirarlo. Sus ojos, vidriosos, su boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando como un fuelle.

—¿Te gusta? —pregunté, mi voz ronca, mi coño palpitando bajo el vestido.

Asintió, incapaz de hablar.

Volví a él. Esta vez más rápido, más profundo, mi cabeza moviéndose al ritmo de sus caderas, que empezaban a empujar instintivamente. Sentí su polla endurecerse más, el glande hinchándose, el sabor salado intensificándose. Sabía que estaba cerca.

Mis manos bajaron a sus pelotas, masajeándolas, apretando suave, mientras mi boca lo devoraba entero. Él gimió más fuerte, el cuerpo tenso, los músculos de sus muslos temblando.

—Sol… voy a…

No lo dejé terminar. Aumenté el ritmo, succionando con fuerza, mi lengua presionando el frenillo, mi garganta apretando su cabeza. Él explotó. Chorros calientes, espesos, salados, llenándome la boca, goteando por mi barbilla. Tragué lo que pude, el resto resbaló por mi cuello, entre mis tetas.

Él se derrumbó en el sofá, jadeando, la polla aún palpitante, roja, sensible. Yo me levanté, me limpié la boca con el dorso de la mano, y lo miré.


—Te corres demasiado rápido —dije, con una sonrisa pícara—. Debes aprender.

Y me fui a mi habitación, con el sabor de su semen en la lengua y el coño empapado, sabiendo que esto solo era el principio. Vieja, sí. Pero no muerta. Y él era mío. Mi predilecto. Mi secreto. Mi placer.


Capítulo 2: El disimulo y la lección


Al día siguiente, el sol de Madrid entraba por la ventana como un amante impaciente. Me desperté con el sabor de él en la boca y el coño aún húmedo, palpitante. Bajé a la cocina, con un camisón corto, sin nada debajo, los pezones marcados, el contorno de mi coño insinuándose. Él ya estaba allí, en pantaloncito corto, el pelo revuelto, preparando café. Se le fueron los ojos otra vez, al canal entre mis tetas, al contorno de mi coño. Lo vi tragar saliva.

—Buenos días, cariño —dije, acercándome, mi voz suave, ronca—. ¿Dormiste bien, mi niño?

Asintió, pero su voz salió ronca. Se hizo el disimulado, mirando la taza, removiendo el café como si fuera lo más interesante del mundo.

—Mateo —dije, mi voz ronca, mi coño palpitando bajo el camisón—. No hace falta que finjas conmigo, mi amor. Anoche te chupé la polla hasta que me llenaste la boca de tu semen caliente, y hoy vas a aprender a durar, a follarme la boca como un hombre, no como un niño.

Él levantó la vista, los ojos vidriosos.

—Anoche… —empezó, la voz temblando.

—Anoche fue la primera clase, mi cielo —corregí, acercándome más, mi mano rozando su brazo—. Y hoy, la segunda. Te corres demasiado rápido, sobrino mío. Debes aprender a follarme la garganta hasta que me ahogue con tu semen espeso, hasta que me llenes como yo te lleno de placer.

Lo tomé de la mano, lo llevé al salón. Lo senté en el sofá.

Le bajé el pantaloncito corto. Su polla estaba dura, venosa, apuntándome como una promesa renovada, el glande hinchado, goteando precum.

—Respira, mi niño —dije, mi voz suave, íntima—. Siente mi lengua, pero no te corras hasta que yo te lo diga. Quiero que me folles la garganta hasta que me llenes de tu semen caliente, hasta que me tragues cada gota.


Y empecé. Despacio. Como quien enseña a vivir.

Mi lengua trazó el contorno de su glande, saboreando la sal de su piel, el leve temblor que le recorría el eje cuando presionaba justo debajo del frenillo. Él jadeó, las manos aferradas al cojín, los nudillos blancos. Bajé más, envolviendo la cabeza con los labios, succionando suave, luego fuerte, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, venosa, caliente, palpitante. Mi saliva bajaba por el tronco, mezclándose con su precum, goteando hasta sus pelotas, pesadas, llenas.

—Sol… —gimió, la voz rota, íntima.

No respondí. Solo lo tomé más profundo, hasta sentirlo golpear el fondo de mi garganta. Mis manos subieron por sus muslos, arañando suave, mientras mi lengua giraba alrededor de su eje, explorando cada vena, cada pulso. Él arqueó la espalda, los dedos enredados en mi pelo, tirando sin fuerza, como si temiera romperme.

Le solté un segundo, solo para mirarlo. Sus ojos, vidriosos, su boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando como un fuelle.

—¿Te gusta, mi amor? —pregunté, mi voz ronca, mi coño palpitando bajo el camisón—. ¿Te gusta que tu tía te chupe la polla como una puta en celo, que te lama el glande hasta que gimas mi nombre?

Asintió, incapaz de hablar.

Volví a él. Esta vez más rápido, más profundo, mi cabeza moviéndose al ritmo de sus caderas, que empezaban a empujar instintivamente. extrad Sentí su polla endurecerse más, el glande hinchándose, el sabor salado intensificándose. Sabía que estaba cerca.

En medio de la mamada, paré. Lo miré a los ojos, mi boca aún cerca de su glande, mi aliento caliente rozándolo.

—Dime, Mateo —susurré, mi voz ronca, íntima—. ¿Qué te gusta, mi niño? ¿Te gustan las pollas? ¿Las tetas? ¿Los culos? ¿Qué te gusta? ¿Cómo has experimentado? ¿Qué quieres aprender de tu tía?

Él jadeó, la polla palpitando en el aire.

—Todo… —gimió, la voz temblando—. Me gustan las tetas… los culos… las pollas no… pero… no sé. He experimentado con mi novia… pero no mucho. Quiero aprender… todo. Quiero que me enseñes a follar, a durar, a correrme dentro de ti, a lamerte el coño hasta que gimas mi nombre.

Sonreí. Volví a él, pero más lento, más controlado, succionando suave, luego fuerte, mis manos masajeando sus pelotas, un dedo rozando su ano, sintiendo cómo se contraía.


—Bien, mi amor —dije, mi voz suave—. Aprende a sentir. A durar. A follarme la boca hasta que me llenes de semen.

Volví a parar. Lo miré.

—Recuerda cuando te cambiaba los pañales —susurré, mi voz ronca, íntima—. Eras tan pequeño, tan inocente. Y ahora… mira cómo has crecido, con esta polla dura que me llena la garganta, que me hace mojarme solo de pensarlo.

Él jadeó, la polla palpitando más fuerte.

—Sol… —gimió, la voz rota.

—Shh —susurré—. Respira. Siente, mi niño.

Volví a él. Esta vez más rápido, más profundo, mi cabeza moviéndose al ritmo de sus caderas, que empezaban a empujar instintivamente. Sentí su polla endurecerse más, el glande hinchándose, el sabor salado intensificándose. Sabía que estaba cerca.

En medio de la mamada, paré otra vez. Lo miré a los ojos, mi boca aún cerca de su glande, mi aliento caliente rozándolo.

—Dime, Mateo —susurré, mi voz ronca, íntima—. ¿Has tenido novias? ¿Amantes? ¿Quién te ha chupado la polla antes? ¿Quién te ha follado el culo, mi amor?

Él jadeó, la polla palpitando en el aire.

—Una… una novia —gimió, la voz temblando—. Pero no… no como tú. Nadie me ha follado el culo. Quiero… quiero que me enseñes, tía Sol, que me folles el culo con tu dedo mientras me chupas la polla.

Sonreí. Volví a él, pero más lento, más controlado, succionando suave, luego fuerte, mis manos masajeando sus pelotas, un dedo rozando su ano, sintiendo cómo se contraía.

—Bien, mi niño —dije, mi voz suave—. Aprende a sentir. A durar. A ser follado como un hombre.

Volví a parar. Lo miré.

—Dime, Mateo —susurré, mi voz ronca, íntima—. ¿Tengo que seguir usando ropa en casa? ¿O puedo estar como cuando estaba sola? Desnuda, libre, con el coño al aire para que me mires y te pongas duro, para que me folles con los ojos antes de follarme con la polla?

Él jadeó, la polla palpitando más fuerte.

—Como… como quieras —gimió, la voz temblando—. Des desnuda… por favor. Quiero verte el coño, las tetas, todo, tía Sol. Quiero lamerte, follarte, correrme dentro de ti.

Sonreí. Volví a él. Esta vez más rápido, más profundo, mi cabeza moviéndose al ritmo de sus caderas, que empezaban a empujar instintivamente. Sentí su polla endurecerse más, el glande hinchándose, el sabor salado intensificándose. Sabía que estaba cerca.


En medio de la mamada, paré otra vez. Lo miré a los ojos, mi boca aún cerca de su glande, mi aliento caliente rozándolo.

—Tranquilo, mi amor —susurré—. No te corras todavía.

Le pegué con los nudillos en la polla, suave pero firme, justo en el tronco. Él jadeó, la polla palpitando, el dolor mezclándose con el placer, bajando la excitación un punto.

—Bien —dije—. Aguanta, mi niño.

Volví a él. Esta vez más rápido, más profundo, mi cabeza moviéndose al ritmo de sus caderas, que empezaban a empujar instintivamente. Sentí su polla endurecerse más, el glande hinchándose, el sabor salado intensificándose. Sabía que estaba cerca.

En medio de la mamada, paré otra vez. Lo miré a los ojos, mi boca aún cerca de su glande, mi aliento caliente rozándolo.

—Tranquilo, mi amor —susurré—. No te corras todavía.

Le pegué con los nudillos en los huevos, suave pero firme, justo en las pelotas. Él jadeó, la polla palpitando, el dolor mezclándose con el placer, bajando la excitación un punto.

—Bien —dije—. Aguanta, mi niño.

Volví a él. Esta vez más rápido, más profundo, mi cabeza moviéndose al ritmo de sus caderas, que empezaban a empujar instintivamente. Sentí su polla endurecerse más, el glande hinchándose, el sabor salado intensificándose. Sabía que estaba cerca.

—Sol… voy a…

—Todavía no —dije, soltándolo un segundo, mi mano apretando la base de su polla, controlando el flujo.

Él gimió, el cuerpo tenso, los músculos de sus muslos temblando.

—Bien —susurré—. Ahora sí, mi amor.

Aumenté el ritmo, succionando con fuerza, mi lengua presionando el frenillo, mi garganta apretando su cabeza. Él explotó. Chorros calientes, espesos, salados, llenándome la boca, goteando por mi barbilla. Tragué lo que pude, el resto resbaló por mi cuello, entre mis tetas.

Él se derrumbó en el sofá, jadeando, la polla aún palpitante, roja, sensible. Yo me levanté, me limpié la boca con el dorso de la mano, y lo miré.

—Mucho mejor, mi niño —dije, con una sonrisa pícara—. Mañana, la tercera.

Él se puso a vestirse, con las manos temblando, el pantaloncito corto subiéndose despacio. Yo me quedé allí, con el camisón subido, el coño al aire, los pezones duros.


—Sol… —empezó, mientras se abrochaba la camiseta—. ¿Cómo… cómo has vivido tú? ¿Qué has hecho? ¿Qué has experimentado, tía?

Sonreí. Me acerqué, mi mano rozando su brazo.

—Todo, Mateo —dije, mi voz ronca, íntima—. He follado con hombres, mujeres, en tríos, en orgías. He chupado pollas en baños públicos, he tenido coños lamiéndome mientras me follaban por detrás. He experimentado con juguetes, con cuerdas, con dolor y placer. He sido la puta y la diosa. Y ahora… ahora te enseño a ti, mi niño, mi predilecto, mi secreto.

Él me miró, los ojos vidriosos.

—Tengo que ir a la universidad —dijo, con la voz temblando.

—Ve —dije, mi mano rozando su mejilla—. Pero vuelve pronto. La tercera clase te espera, mi amor.

Y se fue, con la polla aún sensible bajo el pantalón, y yo me quedé allí, con el sabor de su semen en la lengua y el coño empapado, sabiendo que esto solo era el principio. Vieja, sí. Pero no muerta. Y él era mío. Mi predilecto. Mi secreto. Mi placer. Mi alumno. Mi amante. Mi todo.


Capítulo 3: La lección del coño

Mateo llegó a las siete de la tarde, con la mochila colgando de un hombro y la camiseta pegada al pecho por el sudor de la caminata desde el metro. Yo acababa de volver del gimnasio: dos horas de pesas, cardio y abdominales que me dejaban el cuerpo ardiendo, los músculos tensos, la piel brillante y el coño palpitante bajo el legging ajustado. Sesenta y dos años, pero el espejo me devolvía una mujer que se daba caña: tetas firmes, culo redondo, abdomen marcado. Me quité la sudadera nada más entrar, quedándome en top deportivo y legging, sin bragas, el sudor resbalando por el canal entre mis tetas.

Él abrió la puerta con la llave que le había dado. Me vio en el salón, estirando, el cuerpo todavía caliente.

—Hola, tía Sol —dijo, la voz temblando un poco.

—Hola, mi niño —respondí, mi voz ronca, mi coño palpitando—. ¿Cómo fue la uni?

—Bien… —murmuró, los ojos bajando a mis tetas, al contorno de mi coño bajo el legging.

Me acerqué. Le quité la mochila, la dejé en el suelo.

—Hoy disfruto yo —dije, mi voz suave, íntima—. Y tú… no te corras hasta que yo te lo diga.

Él jadeó.

—Quítate la ropa —ordené.

Se quitó la camiseta, los pantalones, los calzoncillos. Su polla ya estaba dura, venosa, apuntándome.

Yo me quité el top, las tetas libres, los pezones duros. Luego el legging, despacio, el coño al aire, húmedo, palpitante.

Me senté en el sillón, piernas abiertas, el coño expuesto, los labios hinchados, el clítoris duro.

—Ven —dije—. Hoy aprende a comer coño.

Él se arrodilló entre mis piernas, los ojos vidriosos.

—Acércate —susurré—. Huele. Siente.

Él se acercó. Su aliento caliente rozó mi coño. Gemí.

—Lame despacio —dije—. Como si fuera un helado que no quieres que se derrita.

Su lengua tocó mi clítoris. Un gemido. Bajó, lamió los labios, el sabor de mi humedad.

—Bien —dije—. Ahora, chupa el clítoris. Suave. Luego fuerte.

Él obedeció. Chupó, succionó, mi coño palpitando, mi cuerpo arqueándose.

—Introduce la lengua —susurré—. Fóllame con ella.

Su lengua entró, profunda, girando, explorando. Gemí más fuerte.

—Dos dedos —dije—. Dentro. Curva. Busca el punto.

Sus dedos entraron, curvados, presionando. Mi coño se contrajo, el placer subiendo.

—No te corras —dije, mi voz ronca—. Esto es para mí.

Él gimió, la polla palpitando en el aire.

Aumenté el ritmo, mis caderas moviéndose contra su boca, sus dedos follándome, su lengua chupando mi clítoris.

—Más rápido —gemí—. Fóllame el coño con la boca.

Él aceleró. Mi cuerpo tembló, el orgasmo subiendo.

—Voy a correrme —gemí—. En tu boca.

Exploté. Chorros calientes, mi coño contrayéndose, mi semen femenino llenándole la boca, goteando por su barbilla.

Él se derrumbó, jadeando, la polla palpitante, roja, sensible.

Yo me levanté, me limpié la boca con el dorso de la mano, y lo miré.

—Bien —dije, con una sonrisa pícara—. Mañana, la cuarta.

Y me fui a la ducha, con el sabor de mi propio placer en la lengua y el coño empapado, sabiendo que esto solo era el principio. Vieja, sí. Pero no muerta.

Después de la ducha, bajé a la cocina todavía desnuda, el cuerpo fresco pero con el recuerdo del orgasmo latiendo entre mis piernas. Llevaba el plug en el culo –un pequeño juguete de silicona negra que me ponía de vez en cuando para sentirme llena, para recordarme que aún sabía jugar–. El sol de la tarde entraba por la ventana, iluminando mi piel, mis tetas firmes, mi coño depilado, el plug asomando entre mis nalgas como un secreto. Mateo ya estaba allí, en pantaloncito corto, el pelo revuelto, preparando la cena: pasta con tomate y albahaca, el olor llenando la casa. Me vio. Se le fueron los ojos. Lo vi tragar saliva, la polla marcándose bajo la tela.

—Huele bien, mi niño —dije, mi voz ronca, mi coño palpitando—. Pero primero, siéntate.

Él se sentó. Yo me senté a su lado, desnuda, las tetas libres, el coño al aire, el plug visible cuando me moví.

—Hoy has aprendido a comer coño —susurré, mi mano rozando su muslo—. Pero la noche es larga.

Cenamos en silencio al principio, el tenedor tintineando, el vino rojo en las copas. Él me miraba de reojo, los ojos bajando a mis tetas, al contorno de mi coño, al plug que asomaba cuando me inclinaba.

—Sol… —empezó, la voz temblando.

—Dime, mi amor —dije, mi voz suave, íntima.

—El plug… —murmuró, la voz ronca.

Sonreí. Me acerqué, mi mano rozando su brazo.

—Es para sentirme llena, mi niño —dije, mi voz ronca, íntima—. Para recordarme que aún sé jugar. ¿Te gusta?

Asintió, la polla palpitando bajo el pantaloncito.

—Todo me gusta de ti —gimió, la voz temblando.

—Bien —dije—. Aprende a mirar. A desear. A esperar.

Terminamos de cenar. Lavamos los platos juntos, mi cuerpo desnuda rozando el suyo, mis tetas contra su brazo, mi coño rozando su cadera, el plug moviéndose con cada paso.

—Ven —dije—. Película.

Puse una vieja película erótica, luces bajas, el sofá grande. Me senté desnuda, piernas abiertas, el coño al aire, el plug visible. Él se sentó a mi lado, en pantaloncito, la polla marcada.

La película empezó. Escenas de sexo, gemidos, cuerpos entrelazados.

Saqué un porro del cajón, lo encendí, di una calada profunda, el humo llenándome los pulmones, dulce, pesado. Le pasé el porro.

—Toma, mi niño —dije, mi voz ronca—. Comparte conmigo.

Él dio una calada, tosió un poco, me lo devolvió.

—No te masturbes a escondidas, mi niño —susurré, mi mano rozando su muslo—. Aquí, conmigo, todo es libre. Todo es nuestro.

La película avanzaba, los gemidos llenando la habitación. Mi coño palpitaba, húmedo. Su polla marcada bajo el pantaloncito.

—Sol… —gimió.

—Shh —susurré—. Respira. Siente.

Mi mano bajó a su pantaloncito, rozando su polla dura.

—Mañana —dije.

Y nos quedamos allí, charlando en susurros, mi cuerpo desnudo contra el suyo, el sabor de su deseo en el aire, sabiendo que esto solo era el principio.

Los días se volvieron un infierno dulce. Cada tarde, al volver del gimnasio, me ponía un plug distinto en el culo y me quedaba media en bolas. Lo hacía chupar mi coño en la cocina, el salón, la ducha, el sofá –su lengua profunda, mis gemidos llenando la casa–. Pero no lo dejaba correrse. Cuando su polla palpitaba al borde, paraba, le pegaba con los nudillos en el tronco o en los huevos, suave pero firme. "Aguanta, mi niño. Aprende." Me corría en su boca dos, tres veces al día, mi coño goteando en su barbilla. Él jadeaba, rogaba, la polla dura 24/7, pero nada. "Mañana al pueblo. Allá, nada de tocarme."

Yo conducía tenia puesto un estido corto, sin bragas, el plug de acero moviéndose con cada bache. Mateo a mi lado, siempre con supolla dura. Abrí las piernas, me masturbé sutil, gimiendo bajo. El no dejaba de mirarme. "Mira la carretera. No te distraigas." Él miró, tragó saliva. 

Al llegar Ana nos recibió. Laura (novia) estaba allí, curiosa. "Mateo no para de hablar de ti, tía Sol." Sonreí. "Qué bien."

capitulo 4: El Pueblo

La cena fue un ejercicio de contención. Ana había preparado paella, el olor a azafrán y marisco llenando la cocina del pueblo. Yo llevaba un vestido sencillo de algodón, pero el tejido era tan fino que mis pezones se marcaban duros contra la tela, oscuros y visibles cada vez que me inclinaba para servir. Mateo estaba a mi lado, la rodilla temblando bajo la mesa cada vez que Ana o Laura hablaban. Laura, la novia, era guapa: veinte años, pelo castaño recogido, ojos curiosos que no dejaban de posarse en mí, en mis pezones marcados, en el canal entre mis tetas.

—Mateo dice que eres la tía más guay —comentó Laura, sirviéndose vino, sus ojos bajando un segundo a mis pezones.

Sonreí, educada.

—Es un exagerado —dije, sin mirar a Mateo—. Siempre ha sido así desde pequeño. ¿Verdad, Ana?

Ana rio.

—Ay, sí, Sol. Mateo te adoraba. Te mandaba dibujos, cartas… “Tía Sol, ¿cuándo vienes?”. Y tú siempre con tus vestidos livianos, los pezones marcados, el coño insinuándose. La familia hablaba, pero tú eras tú.

Mateo tragó saliva, rojo.

—Era un crío —murmuró, sus ojos bajando a mis pezones otra vez.

Laura se inclinó hacia mí.

—Y ahora, ¿qué? ¿Cómo es vivir contigo en Madrid? Mateo dice que la casa es grande, que cocinas genial… y que siempre andas… cómoda.

Sonreí.

—Normal —respondí, mi voz calmada—. Le doy su espacio. Come, duerme, estudia. Como cualquier sobrino. Y yo… yo soy como soy. En casa, con este calor, los vestidos livianos, sin nada debajo. Los pezones marcados, el coño al aire. Es mi casa.

Él tragó saliva. Su polla, sabía yo, seguía dura bajo el pantalón corto. No lo toqué. Ni una mirada. Ni un roce.

Después de la cena, Ana se fue a dormir temprano.

—Estoy reventada —dijo, besándonos a todos—. Mañana temprano iremos a la huerta.

Laura y Mateo se quedaron un rato en el salón, hablando de la uni, de los profesores. Yo me excusé:

—Me duele la cabeza, voy a descansar. Buenas noches, chicos.

Subí a mi habitación. Me quité el vestido, quedé desnuda, el plug de acero aún dentro, mis pezones duros por el aire fresco. Me metí en la cama, pero no dormí.

A las dos de la mañana, los oí.

La puerta de la habitación de Mateo y Laura crujió. Gemidos bajos. El roce de la sábana. La cama golpeando la pared.

Me levanté. Descalza, desnuda, el plug moviéndose con cada paso. Me acerqué a su puerta, entreabierta.

Escuché:

—Mateo… quítame las bragas… lame mi coño primero…

—Laura… estás tan mojada…

Gemidos. Su lengua lamiendo, chupando su clítoris, los labios, el sabor de su humedad. Laura gimiendo "Más profundo, con los dedos". Mateo jadeando "Tu coño sabe a miel". Luego su polla entrando, profunda, el sonido húmedo de carne contra carne, sus pelotas golpeando su culo. Laura gimiendo más fuerte, "Sí, así, en el clítoris, chúpame las tetas". Mateo jadeando "Voy a correrme…". Ella "Dentro, córrete dentro de mí, lléname de semen".

Me quedé allí, la mano entre las piernas, masturbándome en silencio. Mis dedos rozaron mi clítoris hinchado, húmedo, palpitante. Lo froté despacio, círculos suaves, sintiendo el plug en el culo moviéndose con cada contracción. Mi coño goteaba, los labios hinchados, el jugo resbalando por mis muslos. Introduje dos dedos, curvados, presionando el punto que me hace gemir. Mi otra mano en mis tetas, pellizcando los pezones duros, tirando, el placer me desbordaba. El plug vibraba con cada movimiento, mi ano apretando, el coño contrayéndose. Me corrí oyéndolos, un orgasmo silencioso, el cuerpo temblando, mi coño goteando en el suelo, el plug moviéndose. Regrese a mi habitación en silencio.

El sábado fue un día de campo. Ana nos llevó a la huerta familiar. Yo con pantalón corto y camiseta holgada, pero la camiseta era fina, mis pezones marcados duros por el viento. Mateo con vaqueros, la polla dura cada vez que me veía agacharme a recoger tomates. Laura charlaba conmigo, curiosa, preguntando por mis viajes, mi vida en Madrid. Yo respondía con anécdotas ligeras, sin mirar a Mateo. Él sudaba, la polla marcada, yo ni una mirada, ni un roce.

—Sol, ¿y tú? —preguntó Laura mientras comíamos bajo los olivos—. ¿Novio? ¿Pareja?

Sonreí.

—Libre como el viento —dije—. Me gusta así. En casa, desnuda o media en bolas, los pezones al aire, el coño libre.

Ana rio.

—Mi hermana siempre ha sido la aventurera. ¿Te acuerdas cuando se fue a Ibiza con aquel músico? Desnuda en la playa, los pezones duros, el coño al sol.

Mateo me miró. Yo no lo miré.

Al mediodía, picnic. Ana se durmió la siesta. Laura y Mateo se alejaron a "dar un paseo". Yo me quedé, el plug de vidrio moviéndose con cada paso, el coño palpitando. No los seguí.

Por la noche, cena ligera. Ana se fue a dormir. Laura y Mateo se quedaron en el salón, hablando bajo. Yo subí a mi habitación, desnuda, el plug vibrando bajo.

A las tres de la mañana, los oí otra vez. Gemidos. La cama crujiendo. Su polla entrando en ella.

—Mateo… chúpame el coño primero…

Gemidos. Su lengua en ella, lamiendo, chupando. Luego su polla entrando, profunda, el sonido húmedo, sus pelotas golpeando. Laura gimiendo "Fóllame el culo, Mateo, métemela por detrás". Él jadeando "Sí, tu culo apretado, voy a correrme". Ella "Dentro, lléname de semen".

Me acerqué a la puerta, desnuda, masturbándome en silencio. Mis dedos en mi clítoris, frotando rápido, el plug vibrando, mi coño goteando. Introduje tres dedos, follándome, el placer subiendo. Mis tetas rebotando, pezones duros. Me corrí oyéndolos, un orgasmo fuerte, mi cuerpo temblando, mi coño contrayéndose, un jugo intenso resbalando por mis muslos.

El domingo por la tarde, después de la comida, nos despedimos. Ana abrazó a Mateo.

—Cuídate, hijo. Y gracias, Sol.

Laura me dio un beso en la mejilla, curiosa.

—Vuelve pronto, tía Sol. Me caes genial.

Yo conducía. Vestido corto, sin bragas, el plug de acero moviéndose con cada bache, mis pezones marcados duros contra la tela fina. Mateo a mi lado, pantaloncito corto, polla dura, la mirada perdida en la carretera pero bajando de vez en cuando a mis tetas, al contorno de mi coño.

El silencio duró media hora. Luego él habló, la voz temblando.

—Sol… —empezó.

—Dime, mi niño —dije, mi voz ronca, sin quitar los ojos de la carretera.

—¿Puedo… puedo invitar a Laura unos días a Madrid? A casa. Para que conozca mejor la ciudad… y… y a ti.

Sonreí. Mi coño palpitó.

—¿Quieres que tu novia duerma en mi casa? —pregunté, mi voz suave, íntima—. En la habitación de al lado. O… ¿en la tuya?

Él jadeó.

—En… en la mía —murmuró—. Pero… tú estás allí. Todo el tiempo.

—Claro que estoy —dije—. Es mi casa. Mis reglas. Mis pezones marcados, mi coño al aire. ¿Crees que Laura lo aguantará?

Él tragó saliva.

—No sé… —gimió—. Pero quiero que venga. Quiero que os conozcáis mejor.

—Bien —dije—. Invítala. Pero recuerda: en mi casa, yo mando. Y tú… tú sigues en abstinencia hasta que yo diga.

Él jadeó.

—Sol… por favor…

—Shh —susurré—. Aguanta, mi niño. Laura vendrá. Y veremos qué pasa.

Llegamos a Madrid al anochecer.

Capítulo 5: La Llegada de Laura – Viernes Noche en Madrid.

El viernes por la noche, el timbre sonó a las nueve. Yo acababa de volver del gimnasio, el cuerpo todavía lo tenia caliente, pero me había puesto un vestido normal –uno de algodón azul, sencillo, con mis pezones duros visibles–. Educada, la tía perfecta. Abrí la puerta.

Laura estaba allí, con una maleta pequeña, pelo castaño suelto, ojos curiosos, vestida con jeans y camiseta. Mateo a mi lado, con su la polla marcada bajo el pantalón y los ojos vidriosos.

—Hola, tía Sol —dijo Laura, sonriendo—. Gracias por invitarme.

—Bienvenida, mi niña —respondí, mi voz calmada, besándola en la mejilla—. Pasa. La casa es tuya.

Mateo me miró con su la polla palpitando. 

Le enseñé la habitación de invitados. "Aquí dormirás, Laura. Mateo en la suya."

Laura rio.

—Gracias. Mateo dice que la casa es genial.

Sonreí.

—Es grande. Y cómoda.

Cenamos ligero: ensalada, vino. Pero el vino fue mucho. 

Empezamos con una botella, luego otra. Los tres bebimos bastante, las mejillas rojas, las risas flojas. Laura contando anécdotas de la uni, Mateo riendo, yo sirviendo más vino.

—Sol, este vino es brutal —dijo Laura, la voz un poco pastosa—. ¿Siempre bebes así?

Sonreí.

—De vez en cuando —dije—. Para celebrar.

Mateo me miró, los ojos vidriosos, la polla dura bajo la mesa. 

Después de la cena, puse música. Un viejo disco, el que siempre me hacía mover las caderas. El salón se llenó de acordes sensuales, el vino haciendo efecto.

—Bailad —dije, mi voz ronca.

Laura rio, tomó a Mateo de la mano. Bailaron, torpes, riendo. Sus cuerpos rozándose, la polla de Mateo marcada contra el vientre de Laura. Yo miré, con mi coño palpitando bajo el vestido.

Luego, música de ellos: reggaetón, ritmos rápidos. Laura moviéndose, el culo rebotando, Mateo detrás, la polla dura rozando su espalda. Continuaron bebiendo, la botella de vino vacía, y abrimos otra.

La tensión sexual subía. Laura sudada y su camiseta pegada a sus tetas, los pezones muy marcados. Mateo jadeando, la polla dura. Yo sentada, el coño goteando, pero educada.

—Sol, baila con nosotros —dijo Laura, la voz pastosa.

Sonreí. Me levanté. Me uní. Bailé con ellos, mis caderas moviéndose al ritmo, el vestido subiéndose un poco, mis pezones marcados. Mateo rozó mi espalda con su polla dura contra mi culo. Laura rio, sus tetas rebotaban de maravilla.

Laura habló del calor.

—Qué calor hace aquí —dijo, la voz pastosa, riendo—. No aguanto más.

Se quitó la camiseta. Quedó con tetas al aire, pequeñas pero firmes, pezones duros, rosados. Rino con sus tetas rebotando.

Mateo jadeó.

Yo sonreí.

—Libre, mi niña —dije—. Como en casa.

Laura rio.

—Y los pantalones —dijo, la voz pastosa—. Quítatelos, Sol. Y tú, Mateo. Vamos, que el calor es brutal.

Se quitó los jeans, quedó en tanga, su coño se quedó marcado, húmedo.

Yo me quité el vestido, quedé desnuda con el coño al aire, palpitante y los pezones duros.

Mateo se quitó la camiseta, los pantalones, los calzoncillos. Su polla estaba dura, venosa, apuntándonos.

La música subía, el reggaetón latiendo. Bailamos los tres, desnudos o casi. Laura con tanga, sus tetas rebotando, rozando mis tetas. Mateo entre nosotras, con su polla dura rozando mi muslo, el de Laura, el culo.

Laura buscaba excitarme. Se acercó a mí, con sus tetas contra las mías, sus pezones rozando los míos, duros, eléctricos. Su mano en mi cintura, bajando a mi culo, apretando suave. "Sol… tus tetas son increíbles", susurró, su aliento caliente en mi cuello. Su coño rozando mi muslo, húmedo, caliente.

Yo gemí bajo.

Laura río, provocándome. Se giró, apollo el culo contra mi coño, moviéndose al ritmo, el tanga se desplazaba, su ano insinuándose. "Mira, Sol… ¿te gusta mi culo?" Sus manos en mis tetas, pellizcando mis pezones, tirando suave. "Tus pezones están tan duros…"

Mateo jadeó.

Laura se acercó más, su boca en mi oreja. "Sol… —dijo, la voz pastosa, los ojos vidriosos—. Mateo me contó que tienes cosas ricas para fumar… ¿Es verdad?"

Sonreí. Saqué un canuto del cajón, lo encendí, di una calada profunda, el humo llenándome los pulmones, dulce, pesado.

—Claro, mi niña —dije, mi voz ronca—. Comparte conmigo.

Le pasé el porro. Ella dio una calada, tosió, rio, me lo devolvió, sus tetas rebotando contra las mías.

—Esto es… genial —dijo, la voz pastosa.

Mateo dio una calada, con los ojos vidriosos.

El humo llenaba la habitación. La música latía. Laura provocándome más, su mano entre mis piernas, rozando mi coño, "Estás tan mojada, Sol…". Sus dedos en mi clítoris, frotando suave. Yo gemí, con el coño goteando.

Mateo jadeaba.

Laura rio, sus tetas contra las mías, su coño rozando mi muslo.

La tensión era eléctrica. El porro pasaba de mano en mano, el humo dulce, el vino en las venas, los cuerpos rozándose, sudados, calientes.

Laura miró a Mateo, la voz pastosa.

—Mateo, vete a dormir —dijo, riendo.

Él jadeó.

—Laura…

Yo me senté en el sillón, piernas abiertas, el coño al aire.

—No lo mandes así, mi niña —dije, mi voz ronca—. Que se masturbe primero. Aquí, delante de nosotras.

Laura rio, excitada.

—Sí… pajeate, Mateo. Muéstranos cómo te corres.

Mateo jadeó, con su polla dura palpitando. Se paro frente a nosotras, la mano en su polla, empezando a pajearse despacio.

—Más rápido —dije, mi voz ronca, mis dedos en mi coño, frotando mi clítoris—. Muéstranos cómo te follas la mano pensando en nosotras.

Laura se sentó a mi lado con sus tetas al aire, se quitó el tanga, su mano en su coño, masturbándose.

—Pajeate fuerte, amor —dijo Laura—. Mira las tetas de Sol, su coño goteando. Córrete para nosotras.

Mateo aceleró, la mano subiendo y bajando, su polla venosa, el glande hinchado, goteando precum. Jadeaba, los ojos en mis tetas, en mi coño, en el de Laura.

—Bien —dije—. Aprieta las pelotas. Siente el placer subiendo.

Él obedeció, la mano en las pelotas, apretando, la otra pajeando rápido.

Laura gemía, sus dedos en su coño, "Córrete, Mateo… llénanos de semen".

Yo frotaba mi clítoris, el coño goteando, "No te corras todavía. Aguanta. Muéstranos cómo duras".

Mateo jadeaba, con la polla palpitando, al borde.

—Ahora —dije—. Córrete.

Él explotó con chorros calientes, espesos, salados, salpicando el suelo, su pecho.

Laura se corrió, gimiendo. Yo me corrí, mi coño contrayéndose, los jugos resbalando.

Mateo explotó con chorros calientes, espesos, salados, salpicando el suelo, su pecho. Jadeaba, la polla palpitando, roja, sensible. Laura y yo nos corrimos al mismo tiempo, gemidos bajos, el coño goteando, el placer subiendo.

Laura rio, la voz pastosa, las tetas rebotando.

—Ahora, Mateo —dijo, mirándolo con ojos vidriosos—. Ve a dormir. No nos molestes. Tenemos cosas que hablar con tu tía.

Mateo jadeó, la polla aún dura, goteando semen.

—Laura… —murmuró.

—Shh —dijo Laura, con su mano en su coño, masturbándose lenta—. Ve. Mañana.

Mateo miró, con su polla aun palpitando, pero obedeció. Se levantó, y se fue a su habitación.

Laura y yo nos quedamos en el sillón, desnudas,  el humo del porro en el aire.

Laura se acercó, sus tetas contra las mías, su mano en mi coño, frotando suave.

—Sol… —susurró, la voz ronca—. Tu coño está tan mojado…

Yo gemí, mi mano en su coño, frotando su clítoris.

—Mi niña… —susurré—. ¿Qué quieres?

Ella rio, sus dedos en mi coño, introduciendo dos, follándome.

—Follarte —dijo—. Ahora. Sin él.

Me besó, la lengua en mi boca, profunda, caliente. Sus tetas contra las mías, pezones rozando. Mi mano en su culo, apretando.

La tiré al sofá, me puse encima. Lamí sus tetas, chupando sus pezones duros, rosados. Ella gemía, "Sol… chúpame el coño".

Bajé, mi lengua en su clítoris, lamiendo, chupando, con sus jugos llenando en mi boca. Ella arqueó la espalda, "Más profundo… con los dedos".

Introduje tres dedos, follándola, la lengua en su clítoris. Ella gemía fuerte,  su coño se contraía con espasmos.

—Sol… voy a correrme…

—Córrete en mi boca —susurré.

Explotó expulsando chorros calientes, mi boca se llenó de ellos, goteando por mi barbilla.

Me subió, 69. Su lengua en mi coño, lamiendo, chupando mi clítoris. Mis dedos en su culo, rozando su ano. Ella gemía, "Fóllame el culo con los dedos".

Obedecí, un dedo en su ano, otro en su coño. Ella chupaba mi coño, la lengua profunda.

Me corrí, chorros en su boca, goteando.

Nos quedamos allí, jadeando, con nuestros cuerpos sudorosos y los coños goteando, nuestras tetas rozandose.

Nos quedamos allí, jadeando, nuestros cuerpos sudorosos y con los coños goteando. Laura encima de mí, su mano aún en mi coño, mis dedos en su culo. El humo del porro flotaba, el reggaetón bajo de fondo.

Laura rio, la voz pastosa, besándome el cuello.

—Joder, Sol… —susurró—. Tu coño sabe a miel. Y Mateo… Mateo se volvió loco viéndonos.

Sonreí, mi mano en su tetas, pellizcando su pezón.

—Mi niño —dije, mi voz ronca—. Aprende rápido. Pero tú… tú eres una sorpresa.

Laura se acomodó a mi lado, su pierna sobre la mía, su coño rozando mi muslo.

—Hablando de Mateo —dijo, la voz suave, íntima—. ¿Qué le gusta? Dime. Todo.

Sonreí. Mi mano bajando a su coño, rozando suave.

—Todo —dije—. Le gusta que le chupen la polla hasta el fondo, que le aprieten las pelotas.

Laura jadeó, su coño palpitando.

—A mí me encanta meterle dedos en el culo —dijo, los ojos vidriosos—. Cuando lo hago, se corre enseguida, como una fuente. Gime como loco. ¿Acaso será gay?

Sonreí, escuchando, mi dedo rozando su ano.

—No sé, mi niña —dije, mi voz ronca—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Te excita pensarlo?

Laura rio, su mano en mi coño, frotando.

—Joder, sí —dijo—. Me excita todo. Me excita que gima cuando le meto el dedo, que su polla lata más fuerte. Me excita imaginarlo… vestido de mujer. Con lencería, medias, tanga. Yo de hombre, con strap-on. Follándolo como a una putita. Él gimiendo, su polla dura bajo la falda, rogando por más.

Sonreí, mi dedo en su ano, introduciendo suave.

—¿Quieres vestirlo de mujer? —pregunté, mi voz ronca, buscando en profundidad—. ¿Follarlo así?

Laura gemió, su coño contrayéndose.

—Sí —dijo, la voz temblando—. Lo probé con otros novios. Les ponía lencería, les follaba el culo con strap-on. Todos escaparon. Decían que era demasiado. Pero Mateo… Mateo es el hombre de mi vida. Lo siento. Con él puedo hacerlo. Lo vestiré de putita, le pondré medias, tanga, sujetador. Yo con corbata, camisa, strap-on grande. Lo follaré por detrás mientras tú lo miras, le chupas la polla. Él gimiendo "Laura… fóllame más". Se correrá como nunca.

Sonreí, mi dedo más profundo en su ano, mi otra mano en su clítoris.

—¿Y si le gusta? —pregunté—. ¿Si ruega por más?

Laura jadeó.

—Entonces… será nuestro —dijo—. Lo entrenaremos. Lo vestiremos de mujer cada fin de semana. Yo de hombre, follándolo. Tú guiándonos. Él nuestra putita.

Sonreí, mi dedo follándola el ano, lento, profundo.

—Mañana iremos solas a comprar las cosas —dije, mi voz ronca—. Lencería para él, strap-on para ti. Pero tú ahora ve a su cama y déjalo relajado. Dile lo que quieres hacer. Prepáralo. Susúrrale al oído, haz que sueñe con ello.

Laura gemió, su coño goteando.

—¿Ahora? —preguntó, la voz temblando—. ¿Le digo todo?

—Todo —dije, mi dedo saliendo de su ano, introduciendo en su coño, follándola—. Dile que mañana será su putita. Que lo vestiremos de mujer. Que lo follarás con polla. Que yo miraré. Que se correrá rogando. Déjalo duro, pero sin tocarse. Que duerma con la polla palpitando, soñando.

Laura se corrió, gimiendo, el coño contrayéndose en mi mano.

Yo me corrí con ella, el placer subiendo.

Laura se levantó, desnuda, tetas rebotando, coño goteando.

—Voy —dijo, la voz ronca—. Le diré todo.

Se fue a la habitación de Mateo, la puerta entreabierta.

Yo me quedé, masturbándome, oyendo susurros, gemidos bajos.

Laura se levantó, desnuda, sus tetas rebotando, su coño goteando, el tanga olvidado en el salón. Caminó descalza por el pasillo, el culo moviéndose, el coño palpitando. La puerta de Mateo estaba entreabierta. Entró.

Mateo estaba en la cama, desnudo, la polla dura, palpitante, la mano rozándola sutil. La vio. Jadeó.

—Laura… —murmuró.

Ella se subió a la cama, a horcajadas sobre él, con su coño rozando su polla dura.

—Shh —susurró en su oreja—. No te toques. Escucha.

Bajó, su coño tragando su polla, profunda, caliente. Gemía bajo, con el coño apretandolo.

—Mañana —susurró, cabalgando lento, su coño subiendo y bajando en su polla—. Sol y yo iremos a comprar cosas. Para ti. Lencería. Medias. Tanga. Sujetador. Te vestiremos de putita.

Mateo jadeó, la polla latiendo dentro de su coño.

—Laura… —gimió.

—Shh —dijo, cabalgando más profundo, su coño goteando en sus pelotas—. Yo me vestiré de hombre. Corbata, camisa, strap-on grande. Te follaré el culo. Profundo. Mientras Sol nos mira, nos guía. Te vestiremos de mujer, te follaré como a una puta. Rogarás. Gemirás mi nombre.

Mateo jadeó, las manos en sus tetas, pellizcandolas.

—¿Te gusta? —preguntó Laura, su coño apretando su polla, cabalgando más rápido.

—Sí… —gimió Mateo—. Joder, sí.

Laura cabalgó más, profunda, el coño goteando, la polla latiendo.

—Es lo que siempre quisimos —susurró, su voz ronca—. Yo lo quiero. Y tú lo pediste mil veces. Vestirte de mujer, que te folle el culo, que te trate como a una putita. Mañana lo tendrás. Sol nos mirará, nos dirá cómo hacerlo, cómo follarte hasta que ruegues.

Mateo jadeó, las manos en su culo, apretando.

—Laura… voy a…

—Todavía no —dijo, parando, su coño apretando su polla—. Aguanta. Mañana.

Cabalgó más, profundo, con el coño goteando, la polla latiendo.

—Ahora —dijo—. Córrete dentro de mí. Piensa en mañana.

Mateo explotó, chorros calientes dentro de su coño, gimiendo "Laura…".

Laura se corrió, el coño contrayéndose, goteando.

Se quedó encima, su coño lleno de semen.

—Tenías razón, Mateo —dijo Laura, besándolo suave, su voz ronca, íntima—. Tu tía nos ayudará. Tu tía es genial.

Y se durmieron, su coño en su polla, el semen goteando.

Yo escuché desde mi habitación, masturbándome, el coño palpitando.

Y me corrí, en silencio, sabiendo que esto solo era el principio. Vieja, sí. Pero no muerta.

Capítulo 6: El Día de las Compras – Sábado Mañana en Madrid


El sábado amaneció con sol filtrándose por las persianas. Yo me desperté a las ocho, el cuerpo fresco, el coño todavía palpitante de la noche anterior. Me puse un vestido corto de algodón, sin bragas, pezones marcados duros contra la tela fina. Bajé a la cocina, con tres plugs en la mano: el mío (acero), uno para Laura (rosa vibrador remoto), uno para Mateo (negro mediano).


Mateo ya estaba allí, en pantaloncito corto, la polla marcada, preparando café. Me miró, los ojos vidriosos.


—Buenos días, mi niño —dije, mi voz ronca, rozando su brazo al pasar.


—Sol… —murmuró, la polla latiendo.


Laura bajó poco después, en camiseta y tanga, tetas rebotando, coño marcado. Rio al ver a Mateo.


—Buenos días, putito —dijo, besándolo en la boca, su mano rozando su polla.


Desayunamos los tres: café, tostadas, fruta. Charla ligera, pero la tensión en el aire. Laura contando anécdotas, Mateo rojo, yo sirviendo más café.


—Hoy salimos —dije, mi voz calmada—. Laura y yo. Compras. Tú quédate, mi niño. Prepara tu cuerpo.


Mateo jadeó.


—¿Qué… qué tengo que hacer? —preguntó, la polla palpitando.


Sonreí. Laura rio.


—Primero —dije, mi voz ronca—. Depílate. Todo. Piernas, culo, polla, pelotas. Usa la crema depilatoria que hay en el baño. Deja la piel suave, como una putita.


Laura jadeó, excitada.


—Segundo —continuó Laura—. Pon cremas. En el cuerpo entero. La hidratante con olor a vainilla. En las piernas, el culo, las tetas que tendrás con el sujetador. Deja la piel suave, perfumada.


—Tercero —dije—. Enema. Limpia tu culo. Usa el kit del baño. Agua tibia, lento. Deja el ano limpio, listo para la polla.


—Cuarto —dijo Laura—. Uñas. Píntalas de rojo. Hay esmalte en mi maleta. Dedos de los pies y manos.


—Quinto —dije—. Maquillaje. Práctica con el que hay en mi baño. Labios rojos, ojos ahumados. Como una puta.


—Sexto —dijo Laura—. Perfume. El mío, en el cuello, el coño, el ano. Deja olor a mujer.


—Y último —dije—. No te toques la polla. Aguanta. Serás nuestra putita.


Además, le dejamos:


- **Ropa**: Un conjunto completo: tanga rojo, sujetador a juego, medias de liga negras, falda corta, top ajustado. "Póntelo todo después de depilarte. Camina por la casa. Siente la tela en tu piel suave."


- **Plug**: Un plug mediano de silicona rosa, con base joya. "Métetelo en el culo después del enema. Llévalo toda la tarde. Camina, siéntalo moviéndose. Prepárate para la polla."


- **Otros**: Un collar de perlas falsas ("para tu cuello de putita"), un pintalabios extra ("para retocar"), y un espejo de mano ("para verte, admirarte, excitarte").


Yo me puse mi plug de acero delante de ellos, bajando el vestido, introduciéndolo lento, gimiendo bajo.


—Así —dije—. Lento. Siente cómo entra.


Entregué uno a Laura (rosa vibrador remoto). Ella se lo metió, gimiendo.


—Y tú —dije a Mateo, entregándole el negro—. Tu nombre de mujer: Matilde. Serás Matilde, nuestra putita.


Yo me quedé con el mando del vibrador de Laura.


—Este mando es mío —dije, mi voz ronca—. Lo usaré cuando quiera. Te haré gemir en cualquier momento.


Laura jadeó, el coño goteando.


Mateo jadeó.


—Sol… Laura… —gimió.


—Shh —dijimos al unísono—. Obedece.


Nos vestimos. Yo con vestido corto, sin bragas, pezones marcados. Laura con falda corta y camiseta, sin sujetador, pezones duros.


Salimos de casa a las diez y media. El sol de Madrid calentaba las calles de Malasaña, el aire lleno de olor a café y pan recién hecho. Yo llevaba el vestido corto de algodón, sin bragas, pezones marcados duros contra la tela fina, el plug de acero moviéndose con cada paso. Laura con falda corta y camiseta sin sujetador, pezones duros visibles, el plug rosa vibrador dentro de su coño, el mando en mi bolsillo.

Caminábamos por la calle Espíritu Santo, Laura a mi lado, el plug vibrando bajo cuando pulsaba el mando.

—Sol… —susurró, la voz temblando—. Ese mando… me vas a matar.

Sonreí, pulsé bajo. El plug vibró en su coño, suave, constante.

—Shh —dije, mi voz ronca—. Aguanta, mi niña. Como Mateo. Dime… ¿de dónde vienes tú? Cuéntame tu vida. Todo.

Laura jadeó, el coño palpitando.

—Soy de un pueblo cerca de Valencia —empezó, la voz pastosa—. Padres estrictos, iglesia los domingos. A los dieciséis, me pillaron besando a una chica en el parque. Me mandaron a un internado de monjas. Allí… allí empecé. Con una compañera. Nos tocábamos bajo las sábanas, dedos en el coño, gemidos ahogados.

Pulsé más fuerte. Laura se mordió el labio.

—Joder, Sol… —gimió—. A los dieciocho, me vine a Madrid. Universidad. Primer novio. Le metí un dedo en el culo la primera noche. Se corrió como loco. Pero cuando le puse lencería, escapó. "Eres una loca", dijo.

Entramos en la primera tienda de lencería fina. La dependienta, una chica joven, nos miró, los ojos en mis pezones, en los de Laura.

Laura jadeó, el plug vibrando.

—Buscamos para… un regalo —dije, mi voz calmada.

Pulsé más fuerte. Laura se apoyó en el mostrador, gemiendo bajo.

—Segundo novio —continuó, continuó con su voz temblando—. el me dijo "No soy marica". Escapó.

La dependienta río, no sabía.

Laura tomó un tanga rojo, sujetador a juego, medias de liga negras, falda corta.

—Para él —dijo—. Para que sea putita.

Pulsé máximo. Laura se mordió el labio, las rodillas temblando.

—Tercer novio —dijo, la voz pastosa—. Lo probé todo.Se corría, pero siempre escapaba. "Eres demasiado". Hasta Mateo. Él… él aguanta. Él quiere. Él es el hombre de mi vida.

Compramos. Salimos.

En la calle, pulsé intermitente. Laura jadeaba.

—Sol… voy a correrme… —susurró.

—No —dije—. Aguanta. Cuéntame más.

Laura rio, el coño goteando.

—Quiero que sea mi putita —dijo—. Que lo vista de mujer, que lo folle el culo, que gima mi nombre. Quiero que sea él el que ruegue. Que se corra sin tocarse. Que sea nuestro. Tuyo y mío.

Entramos en el sex-shop. Olor a látex, juguetes en las paredes. El dependiente, un chico tatuado, nos miró.

—Strap-on —dije—. Grande. Venoso. Negro.

El dependiente sacó uno: 20 cm, grueso.

Laura jadeó, el plug vibrando.

—Este —dijo, la voz temblando—. Para follarlo profundo.

Pulsé máximo. Laura se mordió el labio, las rodillas temblando, el coño goteando.

—Quiero que lo veas —dijo—. Que nos guíes. Que le digas cómo abrir las piernas, cómo gemir. Quiero que sea una noche donde él sea la puta, yo el hombre, tú la maestra.

Pulsé intermitente. Laura jadeó.

—Y después —dijo—. Quiero que me folles a mí. Con la misma polla. Que me hagas gemir como a él.

Sonreí.

—Bien, mi niña —dije—. Lo haremos.

Pagamos y alimos.

En la calle, pulsé bajo. Laura jadeaba.

—Sol… me corro… —susurró.

—Córrete —dije.

Se corrió, gimiendo bajo, su coño contrayéndose, los jugos resbalando por sus muslos.

Nos paramos en un bar, pedimos cañas. El camarero nos miró, los ojos en mis pezones, en los de Laura.

—Otra ronda —dije.

Bebimos. El alcohol subiendo a nuestras cabezas y el plug vibrando esporádicamente.

Saqué el móvil.

—Escribe a Mateo —dije—. Pídele fotos.

Laura rio, sacó el móvil.

"Escribe: 'Putito, foto de tu coño depilado. Y del plug dentro'."

Envió.

Mateo respondió: foto de su polla depilada, suave, el plug negro asomando.

Laura jadeó.

—Otra —dijo—. 'Camina con la falda, foto de tu culo con medias'."

Foto: Mateo con falda corta, medias, culo depilado, plug dentro.

Pulsé máximo. Laura gemió, la caña en la mano temblando.

—Joder… —susurró

Bebimos dos cañas en el bar de la esquina, el sol calentando la terraza. Laura jadeaba cada vez que pulsaba el mando, el plug rosa vibrando en su coño, sus pezones duros bajo la camiseta. Yo sorbía mi caña, el plug de acero moviéndose con cada cruce de piernas.

—Laura —dije, mi voz ronca, pulsando bajo—. Ve al baño. Ponte el strap-on. Y los boxers de hombre que compramos. Ya comienzas a tener polla.

Laura jadeó, los ojos vidriosos.

—¿Ahora? —susurró, el coño palpitando.

—Ahora —dije, pulsando máximo—. No se te ocurra sacarte el plug. Vístete de hombre. Corbata, camisa, pantalón. La polla colgando. Eres el hombre. Yo te miro.

Laura se levantó, las rodillas temblando, el plug vibrando. Entró al baño del bar. Cinco minutos. Salió. Camisa blanca, corbata negra, pantalón ajustado, la polla del strap-on marcada, colgando bajo la tela. El plug rosa todavía dentro, vibrando.

—Joder, Sol… —susurró, la voz ronca—. Me siento… hombre.

Sonreí, pulsando intermitente.

—Bien, mi niño —dije—. Ahora eres el hombre. Mateo será tu putita. Y yo… yo os miro.

Laura jadeó, la polla del strap-on dura, el plug vibrando.

Volvimos a casa, las bolsas llenas.

Mateo nos esperaba, depilado, cremoso, uñas rojas, maquillaje torpe, perfume de mujer, ropa puesta, plug dentro, la polla dura bajo la falda.

Capítulo 7: La Iniciación de Matilde – Sábado Noche en Madrid


La noche cayó sobre Madrid como un velo de terciopelo negro. Yo me había puesto un vestido negro ajustado, sin nada debajo, pezones marcados duros, el plug de acero vibrando bajo. Laura llevaba la camisa blanca, corbata negra, pantalón ajustado, el strap-on grande colgando bajo la tela, el plug rosa vibrador dentro de su coño, el mando en mi bolsillo.

Mateo –ahora Matilde– nos esperaba en el salón. Depilado, cremoso, uñas rojas, maquillaje torpe pero sensual: labios rojos, ojos ahumados. Lencería roja: tanga, sujetador con tetas falsas rebotando, medias de liga negras, falda corta, top ajustado. El collar de perlas falsas en el cuello, perfume de mujer. El plug negro dentro, la polla dura bajo la falda.

—Matilde —dije, mi voz ronca—. Ven.

Matilde jadeó, la polla latiendo.

Laura rio, la polla del strap-on marcada.

—Putita —dijo Laura—. Arrodíllate.

Matilde se arrodilló, las tetas falsas rebotando.

Yo pulsé el mando. El plug de Laura vibró. Ella jadeó.

—Primero —dije—. Muéstranos tu coño depilado.

Matilde levantó la falda, la polla dura, depilada, el tanga rojo subido, el plug negro asomando.

Laura se acercó, su mano en la polla de Matilde, pajeando lento.

—Buena putita —dijo—. Ahora, lama mi polla.

Matilde lamió el strap-on, la lengua en el glande venoso, gimiendo.

Yo me senté en el sillón, piernas abiertas, el coño al aire.

—Matilde —dije—. Chúpame el coño mientras Laura te prepara el culo.

Matilde se acercó, la lengua en mi clítoris, lamiendo, chupando. Yo gemí, mi mano en su pelo.

Laura detrás, bajando el tanga de Matilde, sacando el plug negro, introduciendo un dedo en su ano.

—Gime, putita —dijo Laura—. Siente mi dedo.

Matilde gimió en mi coño, la lengua profunda.

Laura introdujo dos dedos, follándolo el ano.

—Bien —dije—. Ahora, Laura, fóllalo.

Laura se puso el strap-on, grande, venoso. Introdujo en el ano de Matilde, lento, profundo.

Matilde gimió fuerte, la lengua en mi coño, la polla dura goteando.

Laura cabalgó, profundo, el strap-on entrando y saliendo.

—Gime mi nombre —dijo Laura—. Putita.

—Laura… —gimió Matilde.

Yo pulsé el mando, el plug de Laura vibrando.

Laura jadeó, follándolo más fuerte.

—No te corras —dije—. Aguanta.

Matilde jadeaba, la polla palpitando.

Laura follaba, profundo, el ano de Matilde abriéndose.

—Ahora —dije—. Córrete, Matilde.

Matilde explotó, chorros calientes, sin tocarse, gimiendo "Laura… Sol…".

Laura se corrió, el plug vibrando.

Yo me corrí, el coño en su boca.

Y nos quedamos allí, jadeando, cuerpos sudorosos, coños goteando, tetas rozando.

Saqué dos plugs iguales al de Laura: rosa vibrador remoto. Me quité mi plug de acero, lo dejé en el suelo, introduje uno nuevo, gimiendo bajo.

—Cambia el tuyo, Matilde —dije—. El negro por este rosa. Igual que el de Laura.

Matilde obedeció, sacando el negro, introduciendo el rosa, gimiendo.

Mezclé los mandos: tres idénticos. Entregué uno a Laura, uno a Matilde.

—Ahora —dije, mi voz ronca—. Se animan a salir así ahora por Chueca? Plugs vibrando, mandos en mano. Uno controla al otro. Al azar. Caminamos, vibramos, gemimos en la calle.

Laura jadeó, la polla del strap-on dura.

—Joder, Sol… sí —dijo.

Matilde jadeó, la polla dura bajo la falda.

—Sí… —gimió.

Laura rio, pulsando su mando al azar. Algún plug vibró –el mío, el de Matilde–. Gemí bajo.

—Donde? —preguntó Laura, la voz pastosa—. Un lugar normal, uno caliente, uno loco, o uno loquísimo?

Matilde pulsó su mando. El plug de Laura vibró. Ella jadeó.

—Normal —dijo Matilde, la voz temblando—. Un bar normal. Gente mirándonos, vibrando, sin saber.

Laura pulsó. Mi plug vibró. Gemí.

—Caliente —dijo Laura—. Un bar gay. Hombres mirándonos, la polla de Matilde bajo la falda, mi strap-on marcada.

Matilde pulsó. El plug de Laura vibró fuerte. Ella se mordió el labio.

—Loco —dijo Matilde—. Un club swinger. Entramos, vibramos, follamos en público.

Laura pulsó. Mi plug máximo. Me corrí bajo, gimiendo.

—Loquísimo —dijo Laura—. Una discoteca en un sótano. Lo que llaman cuarto oscuro.

Yo sonreí, pulsando al azar. Algún plug vibró.

—Yo no opino —dije, mi voz ronca—. Decidan ustedes, chicos.

Laura y Matilde se miraron, ojos vidriosos.

—Loquísimo —dijeron al unísono.

Chueca de noche, luces, gente. Plugs vibrando al azar, gemidos bajos, coños goteando, polla dura.

Llegamos a la discoteca en un sótano. Puerta negra, música latiendo. El seguridad, un hombre grande, tatuado, me miró.

—Sol… —dijo, sonriendo—. Cuánto tiempo. Pasa.

Sonreí.

—Hola, Raúl —dije—. Con invitados.

Entramos. Vestuario. Reglas en la pared: "Ropa fuera. Plugs fuera. Dentro, no se puede negar a nada. Todo permitido. Pide lo que quieras. Haz lo que te pidan."

Nos desnudamos. Yo quité mi vestido, quedé desnuda, pezones duros. Saqué mi plug, lo dejé en la taquilla.

Laura quitó su ropa de hombre, quedó desnuda, tetas al aire, coño goteando. Sacó su plug rosa.

Matilde quitó la lencería, tetas falsas rebotando, polla dura. Sacó su plug rosa.

Desnudos los tres. Entramos al cuarto oscuro.

Oscuridad, música baja, cuerpos rozándose, gemidos, manos, pollas, coños.

Entramos al cuarto oscuro. Oscuridad absoluta, solo luces rojas parpadeantes, música baja con bajos profundos que vibraban en el coño, cuerpos sudorosos rozándose, gemidos, manos, pollas, coños. El aire olía a sexo crudo, semen espeso, jugos de coño, perfume barato mezclado con sudor.

Reglas claras: ropa fuera, plugs fuera, no negar nada, todo permitido. Pide lo que quieras. Haz lo que te pidan.

Estuvimos dos horas. Dos horas de placer sin fin, cuerpos follándose, gemidos ahogados, semen goteando, coños contrayéndose.

Un hombre alto, musculoso, polla gruesa venosa, se acercó a mí primero. Mano en mi coño, dedos rozando mi clítoris hinchado, húmedo.

—Chúpame la polla, puta —dijo, la voz grave, empujando su glande en mi boca.

Obedecí, arrodillada, la polla gruesa en mi boca, venosa, caliente, salada. Chupé profundo, la garganta apretando, saliva goteando por mi barbilla, mis tetas rebotando. Él jadeó, mano en mi pelo, follándome la boca.

—Trágatela toda, vieja puta —gimió.

Laura a mi lado, dos hombres. Uno follándola el coño, polla profunda, venosa, "Sí… rómpeme el coño, cabrón", gemía Laura, tetas rebotando, coño goteando jugos por sus muslos. El otro el culo, "Métemela por el ano, fóllame como a una perra".

Matilde, rodeada. Un hombre chupando su polla, lengua en el glande hinchado, succionando precum salado, "Gime, putita". Otro metiendo dedos en su ano, dos, tres, follándolo, "Tu culo está apretado, abre más".

Una mujer se acercó a mí, tetas grandes, pezones duros, coño depilado goteando.

—Lame mi coño, vieja —dijo, empujando su vulva en mi cara.

Obedecí, lengua en su clítoris hinchado, chupando, lamiendo jugos dulces, salados, dedos en su ano apretado. Ella gemía, "Más profundo, puta, fóllame con la lengua".

Un grupo de tres hombres a Matilde: "Fóllanos el culo, putita".

Matilde obedeció, polla en el ano del primero, profundo, el ano apretando su eje, "Sí… fóllame", gemía el hombre. Luego el segundo, el tercero. Matilde gimiendo, "Mi polla… en vuestros culos…".

Laura a una pareja: hombre y mujer. "Fóllame el coño mientras ella me lame el ano".

Obedecieron. Hombre en su coño, polla gruesa, venosa, "Tu coño está empapado, puta". Mujer lengua en su ano, lamiendo, chupando, "Tu culo sabe a sexo".

Yo a un grupo: "Correros en mis tetas, cabrones".

Obedecieron, chorros calientes, espesos, salados en mis tetas, goteando por mis pezones duros, resbalando por mi vientre.

Un hombre a Laura: "Bebe mi semen, zorra".

Ella abrió la boca, él se corrió en su lengua, chorros espesos, salados, ella tragando, goteando por su barbilla.

Matilde a una mujer: "Fóllame con strap-on, métemela por el culo".

La mujer obedeció, strap-on grande, venoso en su ano, follándolo profundo, "Gime, putita, tu culo me aprieta".

Yo a un hombre: "Méteme la polla en el culo, rómpeme".

Obedeció, polla gruesa en mi ano, profunda, caliente, mi ano apretando, placer subiendo, "Sí… fóllame el culo, cabrón".

Laura a Matilde: "Lame mi coño mientras me follan".

Matilde obedeció, lengua en su clítoris, chupando jugos, hombre en su coño, otro en su ano.

Una hora. Cuerpos cambiando. Un hombre me folló el coño, polla profunda, "Tu coño viejo aprieta como una virgen". Otro en mi boca, semen en mi garganta.

Laura con tres: uno en coño, uno en ano, uno en boca. "Lléname de polla, cabrones".

Matilde con dos mujeres: una strap-on en su ano, otra chupando su polla. "Fóllame… chúpame…".

Dos horas. Semen en tetas, coños, anos. Jugos goteando. Gemidos ahogados.

Y nos corrimos todos, chorros, contracciones, placer sin fin.

Salimos del cuarto oscuro como si hubiéramos sido devoradas y escupidas por el placer mismo. Mis piernas flojas, los músculos en llamas, el sudor pegando el vestido negro a mi piel, el semen seco formando costras en mis tetas, vientres, muslos, cara. El aire fresco de la madrugada me golpeó como un latigazo, pero mi corazón latía a mil, mis ojos vidriosos, mi coño y mi ano palpitando como si aún tuvieran polla dentro.

Yo iba delante, el vestido negro pegado al cuerpo, pezones duros como balas, semen goteando por mis tetas, el coño hinchado, jugos resbalando por mis muslos internos. Cada paso hacía que mi coño se contrajera, recordando las pollas que me habían llenado, el semen que me había corrido por dentro, mi ano dilatado, el placer aún latiendo.

Laura a mi izquierda, camisa blanca manchada de semen, corbata torcida, pantalón con manchas oscuras. Coño goteando, ano palpitante, tetas rebotando libres bajo la tela. Respiraba entrecortada, la voz ronca de tanto gemir, las rodillas temblando.

Matilde a mi derecha, falda corta subida, tanga rojo empapado, sujetador con tetas falsas rebotando, medias rotas, polla sensible rozando la tela. Ano dilatado, semen seco en la cara, labios hinchados de chupar polla, ojos vidriosos de placer.

Caminábamos por Chueca, la noche fresca, nuestros cuerpos temblando, pero la excitación nos mantenía acelerados, como si el orgasmo colectivo aún corriera por nuestras venas, el semen secándose, mis coños palpitando, la polla latiendo.

Laura rompió el silencio, la voz temblorosa, entre jadeos, mano en mi brazo para apoyarse.

—Joder, Sol… —dijo, la voz ronca, acelerada—. Salgo de ahí con el coño en llamas, el ano abierto como nunca, las tetas llenas de semen seco, la boca sabiendo a polla. Cinco pollas me han follado a la vez. Coño, ano, boca, tetas, manos. Me han corrido dentro, fuera, encima. Me sentía… rota, llena, feliz, como si mi cuerpo fuera un agujero para placer. Mi primera follada múltiple… y ha sido brutal. Me corrí… no sé cuántas veces. Un hombre me folló el coño mientras una mujer me lamía el ano, lengua profunda, dedos en mi clítoris. Otro me corrió en la boca, semen espeso, salado, tragando, goteando por mi barbilla. Y yo… yo follé a Matilde con el strap-on, su culo apretando, gimiendo mi nombre, su polla latiendo bajo la falda. Sentí… poder. Placer. Amor. Como si fuera la dueña del mundo.

Matilde jadeó, la polla latiendo bajo la falda, mano en su tanga, voz temblando de emoción y agotamiento.

—Para mí… —dijo, la voz ronca, acelerada—. Mi primera polla en la boca. Caliente, venosa, salada, empujando en mi garganta, la mano en mi pelo, follándome la boca. Chupé, la garganta apretando, lágrimas en los ojos, placer subiendo, semen en mi lengua, goteando por mi barbilla, tragando, saboreando. Y mi culo… strap-on, dedos, polla. Me follaban como a una puta. Me sentía… mujer, putita, feliz, perdida en el placer. Un hombre me metió tres dedos en el ano mientras otro chupaba mi polla, lengua en el glande, succionando precum. Gimiendo como una puta. "Fóllame más", decía. Y una mujer me cabalgó la polla, su coño apretando, corriéndose en mí, jugos goteando en mis pelotas. Mi primera polla… mi primer semen en la boca… me corrí sin tocarme, el placer subiendo por mi ano, mi polla explotando.

Sonreí, mi mano en el culo de Laura, apretando, mi dedo rozando su ano dilatado, voz ronca, el coño palpitando con cada palabra.

—Lo conozco bien —dije, la voz acelerada, el cuerpo temblando—. Voy desde hace años. Raúl en la puerta, mi amigo. Dentro, todo permitido. Pides, haces. Follas, te follan. Semen, jugos, gemidos. Es el paraíso. Un hombre me folló el coño y el culo al mismo tiempo, pollas profundas, mi ano y coño apretando, el placer subiendo como fuego. Otro me corrió en las tetas, chorros calientes, espesos, resbalando por mis pezones duros. Una mujer me lamió el ano mientras yo chupaba una polla, lengua profunda, dedos en mi coño. Me corrí cinco veces. Sentí… libertad, placer puro, el cuerpo en llamas, el alma volando.

Laura gemió, su mano en la polla de Matilde bajo la falda, pajeando lento, voz temblando.

—Tu primera polla, putita —dijo Laura—. ¿Te gustó el sabor? ¿La sensación? ¿El semen en tu garganta?

Matilde jadeó, la polla goteando en la mano de Laura, voz ronca.

—Sí… —dijo, la voz temblando—. Salado, espeso, caliente. La polla empujando, mi garganta apretando, lágrimas en los ojos, pero placer subiendo. Me sentía… mujer, putita, feliz. Mi primera polla… quiero más. Quiero semen en la cara, en las tetas falsas, en el ano. Quiero sentirme llena, rota, feliz.

Laura rio, su mano pajeando más rápido, voz acelerada.

—Y yo —dijo—. Mi primera follada múltiple. Cinco pollas. Coño, ano, boca, tetas, manos. Me llenaban, me rompían, me corrían dentro. Sentía… poder, placer, amor. Quiero volver. Con Matilde. Vestida de hombre. Follándolo en público. Que todos vean su polla dura bajo la falda, su ano abierto, semen goteando. Que me llame "mi hombre" mientras lo follo, su culo apretando mi strap-on, gimiendo mi nombre.

Matilde gimió, la polla goteando.

—Sí… —dijo—. Ser la putita de todos. Que me follen el culo, que me corran en la boca. Que me llamen Matilde. Mi primera polla… quiero más.

Sonreí, mi dedo en el ano de Laura, introduciendo suave, voz ronca.

—Bien —dije—. Mañana repetiremos. Pero ahora… a casa. Agotados, pero acelerados. El cuerpo temblando, el coño palpitando, la polla dura, el placer aún latiendo.

Caminamos más, la noche fresca, cuerpos temblando, semen secándose, coños goteando, polla latiendo.

Laura jadeó, la voz ronca.

—Sol… —dijo—. ¿Cómo empezaste tú? En el cuarto oscuro. Cuéntanos todo.

Sonreí, mi mano en su coño bajo el pantalón, rozando.

—A los cuarenta —dije, la voz acelerada—. Un amante me llevó. Entré desnuda, plugs fuera. Un hombre me folló el coño, polla profunda, venosa, "Tu coño aprieta, puta". Otro el ano, "Abre más, vieja". Una mujer me lamió el clítoris, lengua profunda. Me corrí en minutos, el cuerpo temblando, jugos goteando. Volví cada semana. Es libertad. Placer sin límites. El cuerpo en llamas, el alma volando. Semen en la cara, en el coño, en el ano. Pollas, coños, dedos, lenguas. Todo.

Matilde jadeó.

—Quiero eso —dijo—. Cada semana. Ser Matilde. Chupar polla, ser follada. Mi primera polla… quiero más.

Laura rio.

—Y yo tu hombre —dijo—. Follándote. Sol nuestra maestra.

Llegamos a casa. Entramos. Nos desnudamos de nuevo, cuerpos sudorosos, semen seco.

Saqué un porro del cajón, lo encendí, di una calada profunda, el humo llenando mis pulmones, dulce, pesado, relajante.

—Para bajar —dije, la voz ronca, pasándoselo a Laura.

Laura dio una calada larga, tosió suave, rio, el humo saliendo de su boca.

—Joder… —susurró, la voz pastosa—. Necesito esto. El cuerpo me tiembla. El coño me late como si aún tuviera polla dentro. El ano… dilatado, caliente. Me siento… vacía y llena al mismo tiempo. El porro me relaja, pero el placer aún late. Quiero más. Quiero que Matilde sea mi putita cada noche.

Pasó el porro a Matilde.

Matilde dio una calada, los ojos vidriosos, la polla latiendo.

—Mi primera polla —dijo, la voz temblando, el humo saliendo lento—. Caliente, venosa, salada. La garganta apretando, lágrimas en los ojos, placer subiendo. Semen en mi lengua, goteando. Mi ano… strap-on, dedos, polla. Me sentía… mujer, putita, feliz. El porro me hace sentirlo más profundo. Quiero más. Quiero ser Matilde siempre.

Di otra calada, el humo relajando los músculos, el coño palpitando suave.

—Lo conozco bien —dije—. El cuarto oscuro es libertad. Placer sin límites. El cuerpo en llamas, el alma volando. Semen en la cara, en el coño, en el ano. Pollas, coños, dedos, lenguas. Todo. El porro me hace recordarlo todo, cada polla, cada corrida, cada gemido.

Laura dio otra calada, el humo saliendo, su mano en el coño de Matilde, rozando.

—Tu primera polla —dijo, la voz pastosa—. ¿Te gustó el sabor? ¿La sensación?

Matilde jadeó, la polla goteando.

—Sí… —dijo—. Salado, espeso, caliente. La polla empujando, mi garganta apretando, lágrimas en los ojos, pero placer subiendo. Me sentía… mujer, putita, feliz. El porro me hace querer más. Quiero semen en la cara, en las tetas falsas, en el ano.

Laura rio, su mano pajeando la polla de Matilde.

—Y yo —dijo—. Mi primera follada múltiple. Cinco pollas. Coño, ano, boca, tetas, manos. Me llenaban, me rompían, me corrían dentro. Sentía… poder, placer, amor. El porro me hace sentirlo más intenso. Quiero volver. Con Matilde. Vestida de hombre. Follándolo en público.

Matilde gimió, la polla goteando.

—Sí… —dijo—. Ser la putita de todos. Que me follen el culo, que me corran en la boca. Que me llamen Matilde. El porro me hace soñar con ello.

El porro se acabó. Nos quedamos allí, cuerpos sudorosos, semen seco, coños palpitantes, polla sensible.

Capítulo 8: El Desayuno de la Verdad – Domingo Mañana en Madrid

El sol entraba a raudales por la ventana de la cocina, pero no calentaba. Era un sol frío, de invierno tardío, que iluminaba los cuerpos aún marcados por la noche: moretones suaves en las caderas, semen seco en los muslos, coños hinchados, polla sensible. Habíamos salido de la ducha uno a uno, el agua caliente lavando el sudor y los jugos, dejando la piel fresca pero el alma en llamas, el corazón pesado.

Yo me senté desnuda a la mesa, pezones duros, coño al aire, palpitante. Preparé café, tostadas, fruta. Mis manos temblaban. Laura entró en camiseta, tetas rebotando libres, coño marcado bajo la tela. Mateo en pantaloncito corto, polla marcada, ojos vidriosos.

Café, tostadas, fruta. Silencio al principio, el vapor subiendo de las tazas como fantasmas.

Yo rompí, la voz ronca, pero temblando.

—Escuchad, mis niños —dije, lágrimas en los ojos—. He vivido esto toda mi vida. Desde los veinte. Cuartos oscuros, orgías, pollas, coños, strap-on, plugs. Placer sin límites. Me he corrido miles de veces. Pero he visto gente destrozarse. Amigos que empezaron como vosotros: excitados, felices, "esto es libertad". Luego… adicción. Celos. Enfermedades. Relaciones rotas. Un chico que conocí, como Mateo, se volvió putita de todos. Al principio gemía de placer. Luego… no podía parar. Empezó con porros, luego coca, éxtasis en el cuarto oscuro. "Para sentir más", decía. Perdió el trabajo, la familia, la vida. Murió solo, en un hotel, con una sobredosis de placer y drogas. Una mujer, como Laura, dominando, strap-on en mano. Terminó sola, follada por extraños, vacía, llorando en mi hombro. "Sol, ¿dónde está el amor?", me dijo. El alcohol cada noche, para olvidar. Botellas vacías, mañanas con resaca, folladas sin recordar.

Lágrimas cayeron por mis mejillas, a raudales, sollozos subiendo, el pecho convulsionando.

—Y yo… —grité, la voz rota, lágrimas goteando en mis tetas, resbalando por mis pezones duros, cayendo en el plato de fruta—. ¡Estoy sola! ¡Sin hijos! ¡A nadie le importo una mierda! ¡Tantas personas en mi cama, pollas, coños, gemidos! ¡Tantos amaneceres despertando en camas que no sabía de quién coño eran, quién estaba a mi lado! ¡Vivir grandes depresiones y soledad! ¡Follaba para olvidar, pero amanecía vacía! ¡Lágrimas en la almohada, el cuerpo lleno de placer, el alma rota! ¡No soy nadie! ¡No soy nada! ¡Solo soy un fracaso! ¡Una puta! ¡Una loca! ¡No hagan lo mismo, chicos! ¡No se pierdan como yo! ¡Tu madre, Mateo, es la perfecta! ¡Yo el desastre! ¡Ustedes se irán y quedaré sola otra vez! ¡Solo escribo historias que usan para masturbarse y a nadie le importo yo como persona!

Laura jadeó, lágrimas cayendo como ríos, mano en mi coño, frotando fuerte, voz quebrada, sollozando.

—Sol… —gritó, el pecho convulsionando, lágrimas en su camiseta—. ¡¿Qué historias?! ¡¿Qué coño escribes?! ¡No estás sola! ¡Te queremos con el alma! ¡No te dejaremos nunca! ¡No eres un fracaso! ¡Eres nuestra maestra! ¡Nuestra familia! ¡Quiero a Mateo! ¡Quiero esto! ¡Pero… con amor! ¡No drogas! ¡No alcohol cada día! ¡Quiero recordarlo todo! ¡Quiero despertarme contigo, con él! ¡No te dejaremos sola! ¡Tus historias… nos excitan, pero tú… tú eres más! ¡Eres Sol! ¡Nuestra Sol! ¡La que nos abraza cuando lloramos, la que nos hace reír, la que nos hace sentir vivos! ¡No eres una puta! ¡Eres nuestra diosa! ¡Nuestra madre! ¡Nuestra amante! ¡No te dejaremos!

Mateo gimió, lágrimas cayendo como cascadas, la polla latiendo en mi mano, voz quebrada, sollozando.

—Tía… —gritó, el pecho convulsionando, lágrimas en su pantaloncito—. ¡¿Qué dices?! ¡¿Historias?! ¡Te quiero con todo mi ser! ¡Quiero a Laura! ¡Quiero esto! ¡Pero… con amor! ¡No quiero amanecer solo, vacío! ¡Quiero tu cama, vuestra cama! ¡No eres una puta! ¡Eres… todo para mí! ¡Mi madre es perfecta, sí! ¡Pero tú… tú me salvaste! ¡Tus historias me hacen correrme, pero tú… tú me haces sentir vivo! ¡No te dejaré sola! ¡Eres mi familia! ¡Mi todo! ¡Mi alma! ¡Sin ti, estoy perdido!

Laura rio, lágrimas cayendo como lluvia, su mano en mi coño, dedos introduciendo fuerte, voz temblando, sollozando.

—Sol es la maestra —gritó, la voz rota—. ¡Nos guía! ¡Placer con amor! ¡Follamos, pero nos cuidamos! ¡No quiero perderos! ¡Sois mi familia! ¡El porro anoche… fue para bajar! ¡Pero no cada día! ¡El vino… para celebrar! ¡No para olvidar! ¡No te dejaremos sola, Sol! ¡Eres nuestra! ¡Tus historias… nos excitan, pero tú… tú nos importas! ¡Como persona! ¡Como familia! ¡Como la mujer que nos abraza, que nos escucha, que nos ama! ¡No eres un fracaso! ¡Eres nuestra luz! ¡Nuestra fuerza! ¡Nuestra Sol!

Epílogo: El Último Sol – Veinte Años Después

El sol se derrama por la ventana como miel vieja, dorada pero sin calor. En la cocina, el tiempo se ha detenido en un silencio que huele a café quemado, a vainilla olvidada, a recuerdos que se evaporan como humo.

Yo soy un cuerpo que ya no recuerda su nombre. Piel de papel arrugado, tetas que cuelgan como frutos secos, pezones oscuros como lunas muertas, coño seco y olvidado, piernas varicosas como ríos secos, manos que tiemblan como hojas en otoño. Mi mente es un jardín donde las flores se han marchitado; los nombres, las fechas, los placeres, todo se ha ido. Solo quedan ecos.

Laura entra, menos de cuarenta, piel de seda, ojos que aún brillan como estrellas. Mateo, menos de cuarenta, músculos firmes, ojos que guardan el mar. Se sientan frente a mí, el vapor de las tazas subiendo como oraciones.

Yo hablo, la voz un susurro roto, lágrimas sin motivo.

—¿Quiénes sois? —pregunto, las lágrimas cayendo como lluvia en un desierto—. ¿Dónde está el amor? ¿Quién es Mateo? ¿Laura? ¿Mi sobrino? ¿Mi familia? Estoy sola. Sin hijos. A nadie le importo. Tantos amaneceres despertando en camas que no sabía de quién eran. Vivir grandes depresiones y soledad. Amanecía vacía. Lágrimas en la almohada, el alma rota. No soy nadie. No soy nada. Solo soy un fracaso. Una loca.

Laura llora, mano en mi hombro, voz temblando como hoja en viento.

—Sol… —susurra, el pecho convulsionando—. Soy Laura. Tu Laura. Te queremos. No estás sola. No te dejaremos. Eres nuestra maestra. Nuestra familia. Tu sobrino, Mateo. Tu todo. La demencia te borra, pero te recordamos nosotros. Tu cuerpo degradado, tu mente vacía, pero tu alma brilla en nosotros.

Mateo llora, mano en mi mano temblorosa, voz quebrada.

—Tía… —susurra—. Soy Mateo. Tu Mateo. Te quiero. Quiero a Laura. Quiero esto. Pero… con amor. La demencia te roba, pero no nos roba a ti. Te cuidamos. Te recordamos cada día. No eres un fracaso. Eres… todo para mí. Tu cuerpo resto, tu mente tonterías, pero tu amor… eterno.

Laura sonríe, lágrimas cayendo, mano en mi hombro.

—Sol es la maestra —susurra—. Nos guía. Amor eterno. Te cuidamos. La demencia viene, pero el amor queda. No te dejaremos sola. Eres nuestra. Tu alma brilla.

Sonrío, lágrimas a raudales, mi mano en la de Laura, voz balbuceante.

—Bien —balbuceo—. Amor… queda. Os quiero. No estoy sola. Sois míos.

Nos abrazamos, lágrimas y amor mezclados, el desayuno olvidado.

Y nos abrazamos otra vez, sollozando, sabiendo que esto era el final. Vieja, sí. Muerta, no. Y él era mío. Mi predilecto. Mi secreto. Mi familia. Mi todo.

FIN